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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

González Prada, el incendiario

Mi primera experiencia cinematográfica fue traumática. Yo andaba por los tres o cuatro años y fui llevado por mis primas mayores al desaparecido cine “Melgar”, en Cerro Colorado, que en por aquel entonces debía tener un aforo de trescientas personas o más. Recuerdo el entusiasmo con que cloqueaban, hasta que las luces se apagaron de golpe y se iluminó el ecran, mientras se abrían las cortinas gruesas, primero, y las transparentes, después. En simultáneo, apareció la primera imagen aterradora: un hospital se incendiaba. Grandes lenguas de fuego salían de sus ventanas y de pronto saltaba un hombre envuelto en llamas. No se necesitaba ver que las llamas eran de un amarillo rojizo. Sólo recuerdo que mis primas y yo gritamos de espanto.

Desde esa vez y hasta los diez o doce años, aunque me fascinaba ir al cine, no podía ver la pantalla cuando se apagaban las luces, anunciando el comienzo de una película.

El 22 de junio de 2017, Jovi Herrera y Jorge Huamán murieron en el incendio de la galería Nicolini. Ellos, como cada día, habían sido encerrados con candado por su jefe en un contenedor para que trabajasen sin descanso, falsificando la marca de unas lámparas fluorescentes. No pudieron escapar del fuego que demoró varias horas en llegar hasta ellos. Todos vimos por la televisión el mudo pedido auxilio de sus brazos a través de un ventanuco blandiendo un trapo blanco y fuimos informados de la impotencia que sentían los bomberos por no poder llegar hasta ese sexto o séptimo piso para salvarlos. El incendio demoró un día entero y hubo que esperar otros tres, para poder rescatar sus cadáveres. El supuesto empresario les pagaba un jornal de 20 soles diarios por diez horas de trabajo.

Dibujar ese incendio debe haber sido más difícil que fotografiarlo, lo que, de por sí, debió ser muy duro, para un fotógrafo con un mínimo de humanidad que no estuviera buscando el espectáculo y los réditos. El artista debe haber repasado en su memoria reconstruyendo las imágenes para captarlas y fijarlas en el papel. Pero esa reconstrucción no fue instantánea, como lo es el acto de enfocar y registrar la toma. La reconstrucción conlleva una operación selectiva de las imágenes que se recuerdan, del enfoque, la distancia, la apertura del campo visual para centrarse en el todo o en una parte. Cada trazo de la pluma debe haber estado ligado al recuerdo del suceso que terminó en tragedia, del contexto y de su contenido. Y ese trazo debe haberse repetido una y diez veces desde el boceto hasta quedar estabilizado en su forma y sus colores finales que impresionan al espectador. Una coloración tan viva que uno siente, al acercarse, la densidad del humo y la angustia de la asfixia que debieron tener las víctimas.

El dibujo del que hablo está ubicado en una de las salas que alberga la exposición dedicada al homenaje al centenario de la muerte de Don Manuel González Prada en la Casa de Literatura Peruana, en lo que fuera la Estación de Desamparados. Lleva el título de “País de Emprendedores” y es la reacción del artista a una de las raras frases positivas de nuestro ilustre despertador de conciencias “Ya se empieza a comprender que la sangre de un humilde trabajador vale más que la ambición de todos los generales y de todos los políticos”. Curiosamente, en su tiempo, sus adversarios lo motejaron de incendiario.

Pero el dibujo, hecho con tinta china y coloreado con pintura al agua (y más aún el suceso al que se refiere), desmiente la frase optimista de González Prada. El título ironiza el epíteto que tratan de adosarle al Perú y que difunden con entusiasmo marketeros, empresarios, semiintelectuales y politiqueros. Pero es un epíteto pegado con babas. Los últimos burgueses, los que surgen de abajo, los emergentes, los que todavía no pueden ser llamados empresarios porque son don nadies, resultan ser los redivivos pioneros del capitalismo del siglo XIX, sin control alguno del Estado y la prensa modernos; sin política de calidad y su cháchara vacía de premios y certificaciones que bobamente siguen a pie juntillas, algunos funcionarios públicos.

Hay, también, dos dibujos que copian nuestra viva actualidad: hombres del campo que marchan bajo la canícula del mediodía protegidos tan solo de sombreros, gorras y algunos anteojos, llevando su protesta en banderas de un verde desteñido que proclaman “Basta de abusos” o frágiles cartulinas con la frase “El mercado no será más libre que nosotros”.

En contraste, desde las alturas, desde el sillón del poder, con la banda bicolor atravesando su tórax, un presidente enmascarado que sólo deja ver su cuidada dentadura, descarga su batería verbal contra los revoltosos: “SALVAJES!!! Pulpines revoltosos. Perros del hortelano. Ciudadanos de segunda clase. Conspiración caviar. Terrorismo antiminero!”

No es la primera vez que el equipo humano de la Casa de la Literatura nos obsequia con una exposición de primerísima calidad. Fuera de los textos de sus poemas y sus proclamas, de fotografías de la época, uno se entera que Don Manuel tenía una pequeña máquina impresora en la que él mismo publicaba sus libros. La curaduría ha estado a cargo de Yaneth Sucasaca, a quien hay que felicitar no sólo por su inteligencia gráfica y su agudeza a la hora de seleccionar los textos de Don Manuel, sino por su buen gusto.

Simultáneo al homenaje a González Prada, por ejemplo, se exhiben en otra sala fotografías y poemas del eximio José Watanabe. Y hay también una sala donde los colegiales que visiten las exposiciones puedan escribir sus reacciones o contar en una línea de tiempo su experiencia de lectores. En fin, una mañana o una tarde de goce intelectual y espiritual que los maestros pueden hacer disfrutar a sus alumnos o familias que pueden aprovechar de este servicio gratuito que presta el Ministerio de Educación y merece ser sostenido.

Hay también una frase del maestro que a este cronista se le quedó titilando en la mente: “El escritor debe marchar siempre a la cabeza de los insumisos e indisciplinados, tan ajeno a los aduladores del poder como a los cortesanos de la muchedumbre”. Esa parece ser la enseñanza que ha sacado el artista, autor de los dibujos: Santiago Quintanilla Flores.