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Una publicación de la asociación SER

Granito de arena

El día que vi a Carlos Bruce en la televisión comiéndose el pleito de la unión civil para personas del mismo sexo, sentí que esta idea del país moderno  y próspero que nos venden era un poquito más cierta. Luego escuché a los opositores y vi los sondeos de opinión… moral en cero. Acá la propuesta no pasa, me dije.

Como señala Eduardo Dargent, la propuesta ha empezado cuesta arriba: “Si tomamos la aprobación de la ley en el Congreso como la medida del éxito de la propuesta, entonces hay razones para el pesimismo”. Pero no es solo un tema cultural pues donde se aprueban estas medidas, nos recuerda, no es porque la sociedad sea progresista sino porque los líderes políticos se comen el pleito de discutir la propuesta, de hacerla menos ‘marciana’ para los ciudadanos y así ganar apoyo. Pero nuestros políticos están en otra, sin partidos y sin orientaciones claras es muy poco probable  que se coman el pleito. 

No puedo estar más de acuerdo, pero se me ocurren un par de cosas. La primera es que las leyes en este país no se aprueban solo por su popularidad (¿Bono de representación?). Como señalaba Mauricio Zavaleta hace unos meses, citando a Weber, sin partidos que guíen la conducta de los políticos sobre la base de agendas establecidas, los congresos tienen el riesgo de convertirse en meros mercados de intereses individuales. Entonces la cancha también está, como dice Dargent, en las decisiones de los políticos. No es una oda a la informalidad del Congreso, pero por una vez en la vida podría ser funcional para algo positivo.

Se me ocurre entonces, parafraseando a Los Prisioneros, que podríamos jugar a que vivimos en un país de verdad. No solo digamos que somos ciudadanos, seamos ciudadanos.

Por ejemplo, Vero Ferrari compartió una carta donde firmar a favor de la propuesta (http://chn.ge/1f3jsn4) para enviarla al Congreso, pero también tenemos a disposición los correos institucionales de nuestros congresistas (http://bit.ly/1ToP37). Es decir, puedes entrar, buscar a los congresistas de tu región y escribirles una breve carta dejando constancia de tu intención de apoyo a la propuesta. Ya, es muy probable que no lo revise el o la congresista, sino su asesor. Pero por muy fantasma que sea este asesor, al ver una buena cantidad de correos  de distintos remitentes bajo el título “Apoyo Unión Civil”, estará en la disyuntiva de tomarlo como spam o como un tema relevante. Cualquiera sea su balance, tendrá que comentarlo con su jefe. Si no revisan su correo, bueno pues, pero no perdemos nada.

(Aquí vienen las risitas: “Qué inocente este muchacho”, “qué caviar”, “qué burgués”, qué importa).

Quizás no sea significativo a la hora de votar, pero que sepan que no se trata de un ‘lobby gay’ como llaman despectivamente a la presión de los ciudadanos por obtener sus derechos.  Que la acción colectiva de grupos conservadores no superen a nuestros colectivos. Que los números de una encuesta no escondan la demanda legítima de los ciudadanos que los pusimos ahí. Que nuestra democracia liberal se luzca con sus mecanismos contra-mayoritarios.

La ciudadanía se construye en la calle, y en eso mis respetos a los colectivos LGTBI. Pero también es importante ejercerla, y no solo cuando el tema nos atañe ‘directamente’. Más allá de una actuación reactiva si la propuesta naufraga, tenemos la oportunidad de contribuir con un granito de arena en su proceso previo.

(*) Sí, no he discutido si la propuesta está bien o mal, creo que mejor lo explica Ginno Melgar: http://bit.ly/186yO6Y