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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

Ivanka Trump, embajadora del mal

El absurdo de una Cumbre de las Américas —evento ya de por sí notoriamente inútil— dedicada a la lucha contra la corrupción no se le debe haber escapado a nadie. Pero si hubiera hecho falta una imagen que lo resuma, los televidentes la tuvimos enfrente la misma noche de la inauguración en el Gran Teatro Nacional, el viernes 13.

Ahí, mientras Martín Vizcarra proponía a sus oyentes juntarse para formar una alianza regional contra prácticas corruptas, la cámara se deslizó hacia la platea para mostrar las sonrisas satisfechas de personajes como el argentino Mauricio Macri, socio de Odebrecht desde 1998 y propietario junto a su familia de más offshores de las que pueden contarse, y el brasileño Michel Temer, quien intenta indultar a los involucrados en el caso Lava Jato en su país y solo se mantiene en la presidencia porque el Congreso que controla lo blinda una y otra vez ante insistentes investigaciones fiscales. Escuchar al presidente peruano y mirar a su audiencia debe haber producido más de un caso de disonancia cognitiva limítrofe con la esquizofrenia. Y más de una carcajada también.

Pero la verdad es que en este plano de cosas (el de los corruptos de marca mayor que convergen en Lima para la Cumbre), a mí me ha resultado más significativa la presencia de Ivanka Trump, bastante más asolapada pero en muchos aspectos igualmente significativa.

En realidad, no está del todo claro para qué ha venido Ivanka Trump al Perú. Dado que la representación oficial de su país corrió por cuenta del vicepresidente Pence, ella parece estar aquí sobre todo como una suerte de avatar de su padre, su embajadora personal encargada de esgrimir el apellido familiar en su acostumbrado esfuerzo de branding y en una charm offensive a medio vapor, más bien desganada e inane.

Quizá todo lo que quería esta Primera Hija era disfrutar de algunos ciclos noticiosos alejada de Washington, D.C., donde, luego de que el FBI allanara las oficinas y propiedades de su abogado personal, su padre se gastó buena parte de la semana perdiendo los papeles con más estridencia que de costumbre (antes de ordenar el lanzamiento de misiles en el Medio Oriente, comprobada válvula de escape para presidentes estadounidenses en problemas).

Pero si nos ponemos especulativos, no puede descartarse que haya venido para otra cosa y que esté ejecutando una agenda de contactos regionales para la familia. Después de todo, la función que Ivanka Trump ha cumplido en la firma que su padre dirige ha sido esa desde hace muchos años: es una punta de lanza del crecimiento de los negocios. Y eso parece ser también lo que hace en la Casa Blanca.

¿Corrupción, decíamos? Ivanka encaja right in. El presidente Trump hizo todo un espectáculo televisivo de desvincularse de su imperio empresarial y ceder el control a sus hijos Donald Jr. y Eric, pero lo cierto es que sigue en permanente contacto con ellos y el arreglo al que supuestamente llegó está muy lejos de haberlo separado de las finanzas privadas. La familia Trump continúa enriqueciéndose con deals en países donde las decisiones de política internacional que el patriarca toma a diario tienen un efecto inmediato, como Indiay Chinapor citar dos casos notables. Y tienen también varios negocios pendientes en América Latina.

Ivanka, entre tanto, funge en la Casa Blanca como “asesora especial” del presidente, aunque no se sabe exactamente cuáles son las áreas de su asesoría. Ciertamente no está calificada para aconsejar a nadie a ese nivel, pues el único campo en el que tiene una cierta experiencia y algún conocimiento es el de los negocios familiares, así como los suyos propios.

Antes de ser consigliere presidencial, Ivanka estuvo directamente involucrada en la promoción y supervisión de varios proyectos con el sello Trump, incluyendo las (fallidas) torres de Moscú con capitales mafiosos, las del barrio neoyorquino de SoHo (que casi le cuestan una demanda criminal por fraude) y las de Panamá, que apenas este mes de marzo terminaron con el ingreso de fuerzas policiales y la expulsión de la Organización Trump del local, acusada de defraudar a su socio mayoritario.

Este último caso, el de Panamá, es particularmente interesante. Ahí, según detalla una investigación de la agencia Reuters, Ivanka personalmente trajo como inversionista a Alexandre Ventura Nogueira, un brasileño conectado al crimen organizado ruso luego sentenciado por fraude y lavado de dinero, así como de otros actores oscuros (un lavador de dinero colombiano, un ruso convicto de secuestro, un ucraniano acusado de tráfico de personas, y varios más). La cosa es tan seria que algunos legisladores estadounidenses están investigando si toda la operación panameña del grupo Trump —de cuyo liderazgo Ivanka es parte central— no se trata de un mecanismo de lavado de dinero.

Y no es que Ivanka haya hecho siquiera el hueco gesto que hizo su padre de desvincularse de los negocios privados. Al contrario, hace apenas unas semanas la prensa estadounidense reportó que continúa vinculada a la firma familiar, y que recibe de ella —mientras viaja por el mundo representando al gobierno estadounidense— un salario superior al millón de dólares anuales. De hecho, Ivanka está también en la mira de la investigación que dirige el fiscal especial Robert Mueller sobre los vínculos de Trump y su equipo con intereses rusos.

(Mención aparte habría que hacer del esposo de Ivanka Trump, el empresario de bienes raíces Jared Kushner, otro “asesor” de la presidencia cuyas calificaciones para el cargo son más que dudosas, y que parece también estarse beneficiando descaradamente de su cercanía con el poder. Pero eso lo dejamos para otra ocasión).

Ahí lo tienen, entonces. Ivanka Trump no está fuera de lugar en una cumbre con los Temers y los Macris de América Latina. Está en su salsa. Es una perfecta embajadora del nepotismo, del uso de recursos públicos para el beneficio privado, de la estafa y la componenda, y del lavado de dinero en cantidades que pasman.

La deberían nombrar ciudadana honoraria, digo yo.