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Una publicación de la asociación SER

La apatía de los jóvenes

Ayer se cumplieron 49 años de la muerte de Javier Heraud en Madre de Dios, abatido por las balas de la Guardia Civil cuando ingresaba al Perú como parte de Ejército de Liberación Nacional (ELN). Coincidiendo con el aniversario de su muerte se ha inaugurado la muestra “Yo no me rio de la muerte” en la sala Luis Miró Quesada Garland, que reúne trabajos inspirados en su obra poética cuyo objetivo principal es atraer la atención de nuevas generaciones.

Siempre me ha interesado la figura de Heraud por su muerte trágica a los 21 años, pero sobre todo, porque vivió esos años como nadie, en los que escribió poesía de alta calidad y se transformó en un revolucionario convencido de que la liberación de la humanidad era posible solo a través de las armas. “Es fácil manejar un fusil, disparar esperanzas, es más difícil contemplar inerme la miseria” – escribió desde Bolivia poco antes de su muerte. Esta fe revolucionaria – tan presente en los “Poemas de Rodrigo Machado” – me resulta particularmente desgarradora por su inocencia y, a la vez, terrible, porque sería aquel convencimiento el que le costaría la vida. De alguna manera la vida y obra de Heraud simbolizan la ilusión de un grupo de jóvenes latinoamericanos que creyeron en la política a sangre y fuego, para los cuales la Revolución Cubana fue el estimulante esencial de su acción política y, acaso, de sus vidas en general.

No he hecho una encuesta, pero sospecho que a pesar de que su poesía forma parte de la currícula nacional, el nombre de Javier Heraud no le dice mucho a la mayoría de veinteañeros. Aunque no creo que la juventud de mediados del siglo pasado haya sido un grupo homogéneo, crítica e inconforme; es innegable que un sector importante de jóvenes participó activamente en la vida política del país hasta finales de los ochenta desde las universidades o los partidos. Ahora el panorama es el opuesto. En términos globales, gracias al  fin de las grandes ideologías que articularon el siglo XX, por lo que felizmente ya nadie está dispuesto a morir por la revolución liberadora. Sin embargo, el caso peruano es particularmente crítico porque son pocos los jóvenes atentos a la política y muchos menos los que participan activamente en ella.

Encuentro dos problemas principales para la acción política de los jóvenes en el Perú. En primer, la ausencia de canales a través de los cuales participar. Como es evidente, no se puede separar a los jóvenes del resto de la sociedad, la cual carece de vínculos con los partidos políticos. El estudiante que quiere participar en política no encuentra espacios para hacerlo más que a través de los “colectivos” de su universidad, los cuales por lo general son grupos precarios sin nexos fuera de los campus universitarios. El único partido con una juventud partidaria activa – el APRA – está conformada en su gran mayoría por hijos o nietos de militantes, donde el linaje es importante para ocupar los cargos dirigenciales. Juvenal Ñique – miembro de la JAP durante la Revolución Aprista de 1932 a quien tuve la oportunidad de entrevistar este verano – critica esta regla informal en el APRA y a sus líderes por hacer de la juventud aprista la última rueda de la estructura partidaria: “sin una juventud aprista hoy, no habrá APRA mañana” – sentenció citando a Haya de la Torre.(1)

En segundo lugar, los que actualmente somos jóvenes hemos crecido en un ambiente fuertemente despolitizado e influenciados por una retórica antipartidaria iniciada por el fujimorato, la cual persiste hasta ahora. Pertenecer a un partido o incluso interesarse en asuntos políticos puede ser mal visto o, en la versión inocua del prejuicio, una excentricidad. No es de extrañarse que en este contexto a pocos jóvenes profesionales les interese involucrarse en organizaciones políticas o en lo que pasa en el país fuera del distrito en donde viven.

A pesar de que estos dos factores desincentivan la participación, como ha expresado Paolo Sosa en un artículo reciente, hay algunos indicios de cambio. Durante las elecciones presidenciales pasadas algunos jóvenes tomaron posturas claras de uno y otro lado del espectro político. Desde el desborde multicolor “ppkausa” hasta el 26M, grupos de jóvenes, en su mayoría de la clase media limeña, participaron en las elecciones como hace décadas no se observaba. Sin embargo, es apresurado pensar que estas manifestaciones marcan un nuevo rumbo. Para hacerlo, tienen que dejar de ser explosiones coyunturales y organizarse más allá de una página de Facebook. Las “redes sociales” han logrado involucrar personas antes desconectadas de asuntos políticos, pero sus límites son evidentes.  Hace falta más calle y más cerro.

Si bien la historia de Javier Heraud es el extremo del compromiso y, claro está, del fanatismo político; el otro extremo, el de la inacción y la apatía, también es dramático. Que los jóvenes salgan del letargo  es importante para una tener democracia más saludable y formar nuevas elites políticas que asuman los viejos y nuevos problemas del país. Veremos cómo nos va. 

Nota:
1)    Entrevisté  a Juvenal Ñique el 28 de enero de este año en Trujillo.