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Una publicación de la asociación SER
Abogada, secretaria ejecutiva adjunta de la Coordinadora Nacional de Derechos Humanos

La Cumbre de las Américas desde el llano

Nunca he sabido si las cumbres sirven para algo. Supongo que son solo un puñado de personas que piensa que sí, o que los “espacios de diálogo de alto nivel” lo son en verdad. Por más que leo y releo las noticias o alguno que otro artículo académico, cuando los enfrento con la realidad no veo avances serios desde los Estados ni que hagan todo lo que se pregona en estos eventos.

Esta vez, por circunstancias del trabajo, me tocó seguir el proceso de la Cumbre de las Américas. Vi como desde un principio el gobierno peruano, sí, ese gobierno al que a todas y todos los peruanos nos cuesta bastante mantener, no tenía explicaciones claras sobre cómo sería la participación de la sociedad civil ni la de pueblos indígenas. El 21 de marzo nos explicaron que se escogería de manera aleatoria a un o a una representante para dar la posición de sociedad civil a los jefes de Estado, y que adoptarían las medidas de seguridad necesarias para que no se repitan los incidentes violentos de la cumbre pasada en Panamá. Lo curioso es que, por más que les preguntábamos con insistencia cómo sería esa elección, si vía moneda al aire, rifa, bingo, yan kem po o lo que fuera, nunca hubo una respuesta clara. Menos cuándo se les preguntó por las medidas de seguridad que se irían a adoptar. El silencio y la cara de incertidumbre del funcionario de Cancillería era el vivo retrato del momento de perplejidad de un gobierno con un Presidente de la República que -en ese preciso momento- estaba renunciando y el silencio -hasta ese momento- de quien lo sucedería.

Con el devenir de los días la atención en la cumbre nunca cuajó del todo en el país. Tenemos demasiados problemas, la violencia es latente y, salvo para periodistas e internacionalistas de la academia, este asunto no fue relevante; además estábamos más pendientes en el nombramiento del primer gabinete de Vizcarra y en su flamante primer ministro César Villanueva. Pero las delegaciones empezaron a llegar y no faltaron los partidos políticos ávidos de sacar su tajada de la torta.

Vimos a representantes de movimientos antiderechos -los autodenominados provida, pero para los cuales la vida de las mujeres se reduce a ser incubadoras y las personas LGTBI no tienen derechos- pasearse por la radio y el Congreso de la República, con una tribuna mediática inalcanzable para líderes de comunidades indígenas que son todos los días violentadas en el país. Vimos también a representantes de la derecha radical venezolana increpando al congresista Marco Arana por su posición frente el régimen venezolano. Lo absurdo es que el modo de sermonear cuasi a los gritos de este par de jóvenes, con arengas y panfletos que no daban lugar a respuesta alguna por parte de Arana, hizo que hasta por un momento sienta empatía por la posición del congresista del Frente Amplio sobre Venezuela (pasó rápido ese momento menos mal), porque el fanatismo demostrado por ese par, flaco favor le hace al pueblo venezolano que actualmente vive bajo una dictadura. Eso sí, el modo de hacer callar por parte del congresista a la mujer venezolana también mostró cómo han hecho y siguen haciendo política los viejos dinosaurios.

Y hace un par de días, en el foro de sociedad civil, me tocó ver de cerca cómo la delegación de la sociedad civil cubana intentó frenar el diálogo. Primero gritaban que se vaya Almagro (sí, el secretario general de la OEA que avaló el indulto a Fujimori), este habló entre los gritos de la delegación y se tuvo que ir. Pero los gritos siguieron y no dejaban hablar a nadie. Habló el embajador cubano y se quejó de la ausencia de Maduro, su delegación lo aplaudió. Habló luego el embajador de Estados Unidos, la delegación volvió a los gritos. Y así siguieron los embajadores, con unos gritaban más, con otros menos. En medio de todo esto, el gobierno peruano, vía su ministra Liliana La Rosa, empezó a hablar de diálogo, respeto y democracia. ¿De qué diálogo y democracia puede hablar nuestro gobierno que ese mismo día estaba violando derechos humanos al continuar imponiendo por enésima vez el estado de emergencia preventivo en el corredor minero sur andino? (Y por si fuera poco el único sustento en el que se ampara este terrible estado de emergencia es en un oficio de la Policía Nacional del Perú, sí, esa misma policía que tiene un convenio en el cual “se alquila” como si fuera seguridad privada al servicio de la empresa minera Las Bambas).

Lo cierto es que el resto de las delegaciones de la sociedad civil también querían hablar, pero la delegación cubana lo impedía. Por un momento vi a Ketty Marcelo, presidenta de la organización de mujeres indígenas ONAMIAP, pidiendo que se callaran, explicando que las y los indígenas querían presentar sus demandas, pero no le hacían caso. También vi a un delegado colombiano que, al intentar hacer callar a la delegación cubana, fue acusado de mercenario, el hombre tuvo que explicar cómo estaban matando gente en sus comunidades para que los ataques hacia él cesaran. Traté durante todo ese tiempo de no decir nada, pero el silencio parece que también ofende, y alguien también me acusó de mercenaria.

Sé que más atrás los antiderechos estaban también realizando su protesta, vi pasar por ahí carteles que decían: exlgtbi. El caos fue total.

Después de varias horas de retraso, el gobierno peruano optó por retirarnos a las y los voceros para hablar en una sala contigua, donde, en un principio, no se tuvo la participación de todos los representantes de los Estados ni tampoco fue retransmitida, un diálogo en el que solo hablaba una parte, un diálogo cerrado, un no diálogo. La cereza del pastel: cuándo me tocó hablar y dije públicamente que la responsabilidad de esta desorganización era del gobierno peruano y que este no puede hablar de respeto y democracia cuando está imponiendo estados de emergencia que violentan a la gente en el sur, una de las encargadas de la organización vino a decirme que me había excedido en decirle eso al embajador peruano. Esta costumbre tan nuestra de querer que no se digan las cosas por su nombre. Para la próxima ensayaré mis felicitaciones al gobierno cada vez que cometa una nueva violación de derechos humanos.

Y así transcurrió la partecita de la Cumbre que me tocó ver. No sé nada de Ivanka Trump ni me interesa. No sé nada de las congresistas fujimoristas que supuestamente van a hablar sobre corrupción y por ahora tampoco me interesa. Solo sé que mientras se organiza este despliegue de gente, de gastadera de dinero para hablar sobre corrupción, Alberto Fujimori sigue sano, libre y pescando con su hijo Kenji, Keiko anda corriendo maratones en Estados Unidos, sobre Alan García aún no hay investigación fiscal conocida y Salvador Heresi Chicoma es ministro de Justicia y Derechos Humanos. Y, por si fuera poco, despertamos con la noticia del bombardeo a Siria.

Punto aparte, y que sí merece un reconocimiento, es la rápida respuesta del gobierno frente al maltrato que se dio a una mujer trans al no aceptar su nombre, su identidad. Hizo bien en reaccionar y lo del uso de los baños unisex es un pasito chiquito pero importante en materia de igualdad de género. Además, nos sacó una sonrisa, por lo absurdo, ver cómo Juan Mendoza, denunciado por violencia contra las mujeres, se quejaba por esto. Allí te vas dando cuenta de quienes son las personas que no quieren que el statu quo cambie.

PD. Cuando estoy a punto de enviar este texto, veo que la declaración de la cumbre no hace mención a la necesidad de fortalecer el Sistema Interamericano de Derechos Humanos, tampoco hace referencia a la importancia en la lucha contra la corrupción de la necesidad de proteger a las y los defensores de derechos humanos y la obligación de los Estados de implementar mecanismos que los protejan. Lo que sí vale la pena resaltar y felicitar es que en la declaración se señala la importancia de la igualdad de género en las políticas públicas anticorrupción.