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Una publicación de la asociación SER
sociólogo, maestro en ciencias sociales por FLACSO-México y doctor en sociología por la UNSAM-Argentina. Profesor de la UNMSM

La deriva del “Partido del Pueblo” (I)

Mucho se ha comentado sobre la actual crisis del partido político fundado por Víctor Raúl Haya de la Torre allá por el año 1930: el Partido Aprista Peruano. Algunos comentarios han puesto el énfasis en el liderazgo ejercido por Alan García Pérez; otros en el giro programático que significó su segundo gobierno. Sin desconocer estos dos elementos, consideramos que la actual “deriva aprista” releva también cuestiones más profundas, que involucran a su propia identidad política. Veamos. 

El segundo gobierno de Alan García (2006-2011) supuso una particular adaptación de la “doctrina aprista” a los requerimientos del capitalismo globalizado. En comparación a su primer gobierno, en esta oportunidad el APRA se encontró con un país profundamente diferente en lo socioeconómico, lo cultural y lo político. Y esto porque los tempranos años noventa significaron para el Perú un momento refundacional, de ascenso del proyecto neoliberal.[i]

A contracorriente de lo que ocurría en la región por aquellos años, en donde diferentes gobiernos -adaptando esa vieja tradición política latinoamericana denominada “nacional-popular”- ensayaban políticas post-liberales (el Frente para la Victoria en Argentina o el Partido de los Trabajadores en Brasil por señalar tan solo dos ejemplos)[ii], el gobierno de Alan García buscó más bien legitimar la profundización del modelo de desarrollo aplicado en el Perú desde los noventa, redefiniendo (nuevamente) el pensamiento y la ac­ción política del partido de Haya de la Torre.

El discurso político del segundo gobierno aprista revela esta apuesta legitimadora. Por ejemplo, si nos detenemos en el rol que se le asignó al Estado en la promoción del desarrollo nacional, encontramos que  se apeló a un nuevo protagonismo de éste reivindicando no un rol como propietario (como se había hecho en el primer gobierno aprista y como lo planteaba el aprismo auroral de las décadas del 20 y del 30 del siglo pasado), sino como promotor de mayores inversiones privadas. En este discurso, la reforma del Estado fue asumida tomando a la empresa privada como paradigma, priori­zando la eficiencia para la realización de sus distintas funciones y la consecución de sus metas. La reforma que planteó Alan García apuntó a dos ob­jetivos que consideraba fundamentales: el crecimiento económico y el aumento de la inversión, ambos orientados por la apuesta en el libre mercado. En consonancia con lo anterior, la apelación a la de­mocracia social –componente de la “doctrina aprista”– ya no implicó un Estado de Bienestar (sostenido en la gramática de los derechos sociales y eco­nómicos), sino más bien la ejecución de programas de lucha contra la pobreza y la promoción de inversiones en infraestructura. No ahondaremos en este aspecto porque resulta el más evidente de la “derechización” del APRA.

Este cambio programático del partido aprista comprometió algo más profundo, vale decir, su imaginario político, en otras palabras, su identidad. Y esto lo entendemos así ya que, coincidiendo con diferentes investigadores, ubicamos al APRA dentro de la tradición nacional-popular latinoamericana.[iii] Lo nacional-popular antes que un contenido ideológico, supone una lógica política, una forma de razonar lo político, caracterizado por: una partición de la comunidad política, en donde el Pueblo (como identidad imaginaria) constituye un sujeto político privilegiado que se enfrenta a una oligarquía; tiene una pretensión hegemónica (representar a la comunidad política en su conjunto); y se caracteriza por un juego regeneracionista (todo el tiempo expulsa y admite al adversario en el campo político legítimo). Esto último posibilita la tensa relación entre partición y pretensión hegemónica, al permitir a todo proyecto nacional-popular redefinir sus relaciones con sus adversarios políticos.[iv]

Ahora bien, si tenemos en cuenta que toda identidad política se constituye y transforma en tensión con la tradición de la que forma parte[v], podemos caer en cuenta de las importantes consecuencias que puede generar la forma en que se procesa esta tensión. En el caso del segundo gobierno aprista, la respuesta política que dio a la hegemonía neoliberal implicó un distanciamiento de la tradición nacional-popular. Incluso el discurso político del APRA luego de su segundo gobierno mantiene la misma estructura. Profundizaremos en esta idea en una siguiente columna.

 

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[i] Ver: Pease y Romero, 2013; Poole y Rénique, 2018.

[ii] Arditi, 2009.

[iii] En esta tradición podemos identificar también al peronismo en Argentina, al varguismo en Brasil, al cardenismo en México, entre otros. De paso vale la pena señalar que el aprismo no inauguró esta tradición política en el Perú. Recientes estudios de Osmar Gonzales (2017) muestran como Billinghurst fue el iniciador de esta tradición en nuestro país.

[iv] Aboy Carlés, 2010 y 2013.

[v] Aboy Carlés, 2001.