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Una publicación de la asociación SER

La difícil convivencia política que se avecina

Tal como van las cosas, es bastante probable que ninguna de las fuerzas políticas que participan actualmente en el proceso electoral logre una mayoría absoluta en el Congreso. Esto quiere decir que la representación parlamentaria estará conformada por varias minorías. Quien finalmente logre las preferencias electorales y asuma la Presidencia de la República enfrentará este escenario complejo, sin contar de partida con los votos suficientes para impulsar su propia agenda legislativa.

En consecuencia, el partido triunfador tendrá que establecer alianzas o acuerdos con otras agrupaciones, lo cual supone incorporar, aunque sea parcialmente, agendas ajenas. Estas agrupaciones, por su parte, tendrán que decidir si colaboran con el nuevo gobierno o si se mantendrán como oposición. Este tipo de negociaciones son propias del tiempo que va desde la proclamación de resultados electorales, normalmente después de la segunda vuelta, hasta la instalación del gobierno entrante, e incluso se pueden extender más allá.

Todo ello apunta a establecer condiciones de gobernabilidad del sistema político. Sin embargo, las características de esta campaña electoral plantean cuestionamientos serios a la posibilidad de una sana convivencia democrática entre las distintas fuerzas. ¿Qué, si no, puede esperarse de políticos que han pasado todos estos meses de campaña adjetivándose mutuamente? ¿Serán capaces de dialogar y cooperar mañana aquellos a quienes vemos hoy descalificando - a veces de mala manera - al resto de contendores?

Tal vez algunos consideren imposible dialogar o establecer acuerdos con determinadas organizaciones a quienes ven en el extremo opuesto de los propios principios, ideología o apuestas políticas. Más allá de declaraciones principistas, en caso obtener los votos necesarios, la presencia en el Parlamento obliga a convivir con aquellos a quienes previamente se ha cuestionado, descalificado y hasta insultado. Y no solo eso, sino que la propia práctica parlamentaria obliga a negociar con las diversas fuerzas políticas. ¿La forma en la que se está desenvolviendo la campaña no atenta contra esa futura convivencia?

Estas características no se reducen solo a las campañas electorales, sino que se extienden en forma más general a nuestra cultura política, donde resaltan más los enfrentamientos y las crispaciones, a menudo con poco argumento de fondo, mientras que resultan minusvalorados los esfuerzos de concertación y consenso. La deriva del Congreso en los últimos años es un claro reflejo de esta situación. Y lo que viene, al menos a juzgar por lo que observamos en esta campaña, parece que no será diferente.

¿Es posible imaginar y desarrollar campañas electorales distintas, donde lo central sea la comunicación de planteamientos a los electores, y la confrontación democrática y alturada de programas políticos, y no la adjetivación y las descalificaciones banales? No se trata, desde luego, de eliminar las críticas que se puedan hacer unos y otros. Tampoco se trata de eliminar las diferencias en procura de un pensamiento homogéneo o único entre las distintas opciones en disputa. Se trata, más bien, de introducir formas de expresar la diferencia con respeto, considerando que los opositores son adversarios y no enemigos, y asumiendo que se tendrá que convivir políticamente con ellos en los siguientes años.

Si bien este planteamiento apela a determinados valores, se basa sobre todo en un criterio realista: partidos diferentes tendrán que convivir en el Congreso, escenario de la discrepancia y el debate, pero también del acuerdo y de muchas decisiones políticas. Y estas, no hay que olvidarlo, requieren votos. En un contexto de múltiples minorías, solo quien sea capaz de aglutinar voluntades será capaz de sacar adelante una agenda legislativa. No esta demás que los partidos y sus representantes asuman algo de este realismo desde la campaña; ya es tarde si este aprendizaje empieza recién cuando se llega al Congreso.