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Una publicación de la asociación SER

La épica plebeya y el establecimiento de la República

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Gustavo Montoya. Historiador UNMSM

En vísperas del Bicentenario y en medio del desastre, conviene recuperar algunas de las épicas plebeyas que estuvieron en la base del establecimiento de la República, ahora que nuevamente se dirige la atención, a la gran capacidad de  gestión de recursos por parte de colectivos organizados de la sociedad civil. Se trata de la intervención de innumerables pueblos andinos, como proveedores de recursos humanos y materiales durante toda la campaña militar por la independencia. El decisivo triunfo patriota en Junín y Ayacucho en agosto y diciembre de 1824, y con ello el final de la guerra, hubiese sido imposible sin la intervención de los sectores populares. Tanto por su iniciativa y la voluntad colectiva por cimentar un nuevo orden social, como también por proyectar horizontes de sociedad alternativos.

Un brevísimo resumen de la campaña militar entre la llegada de San Martín en setiembre de 1820 hasta antes de la batalla de Junín en agosto de 1824, deja un saldo desfavorable para los intereses de la independencia. Sucesivas derrotas patriotas, o lo que es lo mismo, una seguidilla de triunfos realistas. Derrotas del ejército libertador en Ica (agosto 1822), Torata y Moquegua (enero 1823), ocupación de Lima (junio 1823), Zepita (agosto 1823), pérdida de Arequipa (octubre 1823), invasión de Lima por los españoles (febrero 1824). Sin dejar de mencionar la guerra civil que enfrento a diversos sectores de las elites regionales, la fragmentación y dispersión de las guerrillas republicanas y el apoyo convenido al ejército realista por parte de la clase propietaria, sobre todo en el sur y centro andino.  

Es frente a tal escenario, adverso a la libertad y al establecimiento de la República, que podría -en parte- explicarse el desánimo de las elites limeñas que  habían apostado por la independencia, más como un hecho consumado que por certezas ideológicas. Sin olvidar los patéticos casos individuales de abierta traición y  pusilanimidad, que cualquier historiador medianamente informado conoce. 

Con Lima ocupada nuevamente por los generales españoles, que ahora podían exhibir con orgullo sus victorias y una moral de combate al tope, solo el norte permanecía bajo control de los restos del  ejército republicano. La ex Intendencia de Trujillo fue la gran reserva patriota durante toda la guerra. Había que rehacerlo todo. Y es en estas dramáticas  circunstancias donde emerge el genio de José Faustino Sánchez Carrión, y  de cientos y  miles de hombres y mujeres a los que habría que rendir homenaje. Dejar de insistir en la exaltación de los mismos grandes héroes y próceres que ya tienen lo suyo, que inundan los espacios públicos, parques, calles y avenidas. Y a quiénes las comisiones oficiosas les dedican, de vez en vez,  imaginación, tiempo y recursos públicos. 

Si las naciones modernas son artefactos culturales imaginados, en un país escindido por sucesivos conflictos civiles internos, es un despropósito insistir en los mismos símbolos y emblemas, como una permanente reiniciación republicana desde las alturas. Aún podría añadirse, que dos siglos después, tales iconos no han logrado galvanizar el encono social, étnico o regional del país. Su función de alegorías integradoras aún está pendiente.

Mientras tanto, en el imaginario de cada región, provincia y distrito, los héroes locales parecen aguardar a la sombra. Casi al acecho claman por ser incorporados en ese gran lienzo  simbólico que está copado por alegorías y personajes que responden a contextos políticos y sociales ya superados. Las naciones se reinventan. Sobre todo en países tan antiguos como el Perú y que cobijan memorias sociales paralelas, con sensibilidades estéticas crispadas por el racismo y las exclusiones de toda índole.   

Como si la sospecha no se hubiese instalado hace décadas, justamente entre  esas mayorías descreídas para quienes la República ni siquiera constituye una promesa, habría que preguntarse por qué el héroe más popular de la independencia en toda la selva central es Juan Santos Atahualpa; es una ironía verificar que la rebelión anticolonial que lideró, se inició siete décadas antes de 1821!  

Ese corredor patriota que va desde la región andina de La Libertad,  que pasa por Ancash, Huánuco, Cerro de Pasco, Junín y concluye en Ayacucho, aguarda no solo a historiadores que busquen recuperar esa épica plebeya, sino sobre todo, el entusiasmo de aquellos mismos pueblos y sus representantes.  Recuperar tal experiencia histórica puede, además de fortalecer los vínculos de cohesión, servir de estímulo para buscar salidas colectivas frente a la debacle contemporánea. Si bien no estamos en guerra, a veces da la impresión que para sobrevivir, los pobres y las mayorías sociales tengan que enfrentarse y resistir al Estado, como una condición básica para asegurar su subsistencia.

Si para el establecimiento de la Republica, el concurso de los sectores populares, o los subalternos como ésta de moda identificarlos,  si el pueblo y las multitudes antes hicieron lo suyo, pueda ser que también hoy, en esta terrible coyuntura, en un arrebato de dignidad, sean capaces de recuperar esa riqueza cualitativa de sus tradiciones, emblemas y realizaciones comunitarias. La independencia no fue la única coyuntura de desastre y reconstrucción de la economía y sociedad. Antes, lo fueron la rebelión de Túpac Amaru, y luego la Guerra del Pacífico.

Se ha dicho de mil maneras que las guerras, los desastres naturales y las grandes crisis, traen posibilidades inéditas a los pueblos para desarrollar sus potencialidades.  Volver la vista a lo acontecido para ensayar balances productivos, es una de las grandes posibilidades de la reflexión histórica. De manera que, frente a la amenaza del olvido, también existe cierta sensibilidad histórica  plebeya y  disciplinada, que sabe hurgar con método y sin pausa. Pero a veces, para observar o comprometerse con su movimiento, hay que pisar el lodo y frecuentar esos hervideros humanos.