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Una publicación de la asociación SER

¿La historia los absolverá?

El año que está terminando, que duda cabe, ha sido de grandes sobresaltos para las relaciones entre Cuba y los EE.UU. Durante el 2014, la agencia Associated Press, a través de sendos reportajes, documentó una serie de operaciones norteamericanas, llevadas a cabo en la isla, que podrían ser calificadas como “de inteligencia”. Estas operaciones tenían como rasgo común, por un lado, ser organizadas desde la agencia para el desarrollo, USAID, y, por otro, apuntar hacia la sociedad civil. Las operaciones incluyeron el intento de  desarrollo de una red social tipo twitter, que funcionaba a través de mensajes de texto; el intento de financiamiento de diferentes artistas críticos al régimen cubano, y el reclutamiento de jóvenes universitarios proclives a oponerse al régimen.

Sin embargo, esta tensión entre ambos países parece haber quedado en un segundo plano. El día de hoy, miércoles, más temprano y en simultáneo, los líderes de ambas naciones iniciaron el proceso de descongelamiento de sus relaciones. Entre los principales anuncios destacan: La reapertura de sedes diplomáticas de ambas naciones luego de cinco décadas; la liberación de prisioneros de ambas naciones, acusados de espionaje; la facilitación del envío de remesas, de vuelos y de turismo hacia la isla y la revisión del status de Cuba como Estado patrocinador del terrorismo.

Lo anunciado hoy por ambos mandatarios ha sido el resultado de una larga secuencia de negociaciones llevadas en reserva, que han tenido en el gobierno de Canadá y el Papa Francisco a importantes protagonistas, según el relato de ambos mandatarios.

Las condiciones que han permitido este gran paso en la normalización de las relaciones entre Cuba y Estados Unidos son varias. Por un lado, en los últimos años, el bloqueo norteamericano, además de ser absolutamente ineficaz en producir un cambio de régimen en la isla, ha colaborado en el aislamiento de la potencia mundial. Las sucesivas y casi unánimes condenas al bloqueo en el seno de las Naciones Unidas así lo atestiguan. Adicionalmente, las posiciones de Cuba se vieron respaldadas desde que se produjo el giro progresista en América Latina. El embargo se convirtió en un punto ineludible en la agenda entre Estados Unidos y nuestra región. El cambio de signo político favoreció una paulatina reincorporación a las instancias regionales. En el 2009, la OEA, crecientemente debilitada, fue el escenario de una derrota del gobierno norteamericano, cuando se permitió el regreso parcial de la isla. En el 2012, la Cumbre de las América sirvió para que varios de los países latinoamericanos no sólo manifestaran su rechazo a la ausencia cubana, sino que deslizaran la posibilidad de enviar a la congeladora dicha cumbre hemisférica, en tanto Cuba no fuera readmitida.  De hecho, uno de los puntos del acuerdo de hoy contempla la participación de Cuba en la próxima cumbre, a realizarse el próximo año, en Panamá.

Por otro lado, desde hace un buen tiempo, se ha producido un cambio sociológico en el exilio cubano en Miami. Las variaciones demográficas vividas por este han llevado a que la posición a favor del bloqueo carezca de los antiguos apoyos y que el antiguo furioso anticastrismo haya declinado. Pese a este cambio en la comunidad cubana, en el Congreso norteamericano las posiciones a favor del bloqueo son aún ampliamente mayoritarias. Se debe mencionar, además, que el cambio excede a la comunidad cubana, pues una mayoría de la opinión pública norteamericana está actualmente en contra del bloqueo. En los últimos meses, un medio tan importante como el New York Times editoralizó a favor del fin del bloqueo y de un cambio sustantivo en las relaciones con la isla socialista.

El camino para el levantamiento al bloqueo se anuncia no solo largo, sino muy complicado, pues este depende del Congreso norteamericano. Deshacer la maraña legal que este supone será, ciertamente, tarea de una próxima administración, teniendo en cuenta especialmente el actual dominio republicano en ambas cámaras.

Lo que ha sucedido hoy no solo es un acto de justicia con el pueblo cubano, que ha soportado cinco décadas de un brutal bloqueo económico y, al mismo tiempo, ha demostrado una máxima generosidad con algunas de las mejores causas de la humanidad. Ahí están no sólo los miles de médicos cubanos que han trabajado en varias de las peores catástrofes humanitarias, sino también los que con el mejor internacionalismo dejaron su país, cruzaron el Atlántico y combatieron militarmente para escribir una de las últimas páginas del colonialismo en África, o su apuesta por cambiar la inefable realidad de América Latina de los años sesenta.

Es obvio que el pueblo cubano y su gobierno están embarcados en un proceso de transformaciones, ciertamente necesarias. Lo único que me atrevo a decir es que ellas no solo deben ser definidas de manera soberana, sin la presión de los Estados Unidos o la Unión Europea, sino que deben permitir a los cubanos disfrutar de una vida plena en todos sus sentidos.

Cuando, en 1953, Fidel Castro afirmaba que sería la historia la que lo absolvería, le negaba a los tribunales que lo juzgaban en ese momento dicha prerrogativa, y más bien se colocaba en una ruta donde la Historia (con mayúsculas) sería la encargada de realizar su dictamen. Es probable que con esta decisión, Obama sea juzgado por los halcones políticos y mediáticos de su país, pero es probable que dentro suyo la frase de Fidel haga eco.