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Una publicación de la asociación SER

La ideológica opción de “centro”

María Eugenia Ulfe. Antropóloga

La historia de las ideas nunca es lineal. Las ideas se construyen en momentos específicos, los contextos las nutren. Las torturas infligidas sobre cuerpos durante el conflicto armado interno peruano estuvieron siempre acompañadas de insultos raciales, de género y también del vocablo “terruco” (“terrorista”) como una versión radical de la otredad que se buscaba someter. El insulto apela a anular la identidad de ese otro, a reducirlo a una partícula insignificante. Carlos Aguirre ya ha señalado cómo el vocablo “terruco” devino en insulto y estigma, que utilizado principalmente por miembros de las Fuerzas armadas fue parte de la guerra sucia en los años del conflicto. Además de reconstruir y contextualizar las maneras y usos del vocablo, Aguirre reflexiona sobre el lenguaje y las maneras sobre cómo al usar ciertos términos construimos formas de dominación, exclusión e incluso destrucción. Los insultos buscan precisamente aquello, anular, disminuir, deshumanizar a ese otro. El término “terruco” era un insulto extremo, radical, recibirlo podía provocar que la persona pudiera ser vista bajo sospecha de ciertas militancias extremas. El término tuvo un uso bastante populista en los años noventa, Fujimori lo usó también para acabar con sus oponentes, para anularlos políticamente. Desde esas burdas campañas mediáticas en las que la imagen servía para colocar oponentes al lado del ogro senderista, el uso del vocablo no quedó allí.

Lo encontramos hoy como referencia a “problemático” o “conflictivo”. Quienes protestan por defender sus territorios del avance de proyectos mineros, por ejemplo, muchas veces han recibido este insulto. Pero, ¿qué sucedió en la década del 90 con el vocablo y el contexto político-económico? El vocablo se entrecruzó con el momento y se nutrió de la más ideológica de las ideologías: el liberalismo.

El entrecruzamiento de violencia y liberalismo o neoliberalismo nos dejó sin la posibilidad de opinar políticamente. Opinar políticamente es tener una posición. No significa ser radical, pero si mostrar una tendencia, por ejemplo, respecto al papel del Estado y el mercado. Tantos años de fujimorismo autoritario fueron la semilla de la política fujimorista “sin Fujimori” en el siglo actual, decir que eres de tal o cual, equivaldría a ser “terruco” o extremista radical. Mientras no se interfiera con el mercado, y su referente “el sistema”, todo está bien.  El centro parece que acoge a quiénes quieren oportunistamente -y populistamente- beneficiarse del miedo que el tener una opinión política parece conllevar. Pero, el centro no es una posición vacía de ideología. Al contrario, al promover el libre mercado, se tiene en sí una apuesta política cargada de mandatos económicos, sociales y culturales. La performatividad del sujeto expresada en el convertirse en un sujeto público que se muestre como eficiente, evidente y eficaz. Esa misma performatividad que se pone en juego en la carrera política cuando vemos candidatos repartiendo volantes en mercados o comiendo pancitos con chicharrón.  

El lenguaje no es solo un campo de representación simbólica, sino es también una forma constante de construir significados en las cosas, en las acciones, en las personas. De alguna manera, “ser de centro” implica tener que negociar con quienes están a los lados, especialmente a la derecha. ¿Te vacía ideológicamente? No. Solo es un eufemismo más para decir que todo seguirá igual, sin mayores cambios, porque finalmente “el sistema” así lo requiere.