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Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

La soledad de Martín Vizcarra

Pedro Pablo Kuczynski renunció a la presidencia del Perú y su primer vicepresidente, Martín Vizcarra, asumió el cargo. ¿Hemos empezado a salir de “la crisis”? ¿Se acercará esta “transición” a resolver la maraña de conflictos, impasses y atolladeros que han marcado la vida política del país en los años recientes?

No lo creo.

Incluso si ignoramos por unos momentos la presión acumulada por innumerables conflictos sociales y territoriales no resueltos, y hacemos a un lado la realidad de una economía cuyos principales porristas no tuvieron más remedio que describir como “mediocre” al terminar el 2017 (y no está mejorando), la verdad es que no encuentro demasiadas razones para ese optimismo.

Ninguna de las causas fundamentales del problema político peruano se va de la escena con el fallido “presidente de lujo” o se diluye con el ascenso de su sucesor, y lo más probable es que la inflamación regrese tras un breve reacomodo de los actores.

En términos de las relaciones entre el Ejecutivo y el Legislativo, es posible que esta nueva circunstancia atenúe los efectos de la profunda animadversión personal que Keiko Fujimori parece haber sentido contra Kuczynski, quien le quitó inesperadamente de la boca el caramelo del poder absoluto cuando creía tenerlo asegurado. También es verdad que Keiko se encuentra hoy en una posición relativamente debilitada, y que en el camino a las elecciones municipales y regionales el fujimorismo en general tiene por delante algunos meses de trabajo interno de reparación o de guerra a muerte (fuera del psicodrama familiar de los Fujimori, cómo se resolverán las cosas a nivel partidario es algo que no está claro). Pero nada de lo anterior augura necesariamente un deshielo duradero.

Los incentivos que han llevado a Fuerza Popular al obstruccionismo desde el Congreso continúan en su sitio (escribí sobre eso aquí). Sin una auténtica agenda legislativa, sin un programa que promover y defender, y sin otro objetivo que capturar los recursos y dineros del Estado, el fujimorismo no puede permitir que el gobierno central despliegue con eficacia sus capacidades y establezca alianzas viables en las regiones, o que las utilice para quebrar la disciplina de su bloque parlamentario.

Fuerza Popular tampoco puede permitir que el oficialismo recupere la iniciativa en sectores visibles de la vida pública que fueron la promesa inicial de Peruanos por el Kambio, como la lucha contra la corrupción, la formalización de la economía, o la reforma de la justicia y la educación. En todos esos terrenos, y en muchos otros, la única estrategia posible para el fujimorismo es la intransigencia más cerrada. Tienen demasiado que perder para arriesgarse a lo contrario.

Por su parte, dado el control absoluto del keikismo en el Congreso, Martín Vizcarra se encuentra ante la misma disyuntiva imposible que su predecesor intentó sortear, y en aun peor posición. La disyuntiva siempre ha sido clara: confrontar o echarse. No hay punto medio ni arreglo ni componenda. No hay negociación, y no por cuestión de principios (ya quisiéramos que exista tal cosa en la política peruana), sino, sobre todo, porque Keiko Fujimori no quiere o no puede permitirlo. Y aun si el Ejecutivo escogiera la confrontación, tendría que hacerlo sabiendo que no puede ganar, y que su única recompensa será la de haber dado la batalla sin terminar aplastado.

Kuczynski escogió echarse. Lo hizo repetidamente a lo largo de su trunco mandato y solo entró a la pelea para salvarse de la primera tentativa de vacancia. Lo logró, pero a punta de mentiras y traiciones tan severas y tan burdas que terminaron de dejarlo sin margen de maniobra, sin defensa posible y sin prestigio que valga mencionar, prisionero además de Kenji y Alberto Fujimori. Y al cabo fue para nada: igual lo defenestraron al segundo intento y hoy está no solo fuera de Palacio, sino con medio pie en la cárcel.

El rango de opciones es esencialmente el mismo para el nuevo presidente. Y este tiene muy pocas armas en la mano para confrontar a la mayoría parlamentaria, menos aún que las que tenía Kuczynski en un inicio, ya bastante escasas. Es muy difícil imaginar a Vizcarra tomando una decisión distinta a la de PPK en tales circunstancias.

No es nada más, como algunos analistas han notado, que Vizcarra carezca de un partido que lo respalde, de una bancada sólida en la cual apoyarse o de operadores políticos. Su orfandad es aun más profunda. En la política peruana, Martín Vizcarra no representa a nadie. No habla por nadie ni ha llegado a la presidencia sobre una ola que pueda identificarse con los intereses o deseos específicos de determinados actores. No es un agente de los poderes fácticos ni tiene vínculo alguno con los movimientos sociales. Ni siquiera representa, como fue el caso de PPK por un par de días, el “mal menor” antifujimorista: su ascenso es el resultado de una victoria política de Keiko y sus escuderos, no de ninguna forma de movilización política. Nadie ha votado por él. No hay nadie detrás suyo. En última instancia, no tiene quién lo defienda.  En todos los sentidos que cuentan, está al descubierto.

Las cosas están tan mal que hay quienes ven en tanto vacío una oportunidad para Vizcarra y para el país. Yo no. Yo veo un receptáculo que por necesidad se llenará de contenidos ajenos, y sé quién tiene hoy el poder para colmarlo.

Entre las vaguedades y los lugares comunes de su discurso de toma de mando, Vizcarra  anunció que priorizará la lucha contra la corrupción y que hará del tema educativo un pilar de su mandato. ¿Alguien puede creer que el Congreso fujimorista está dispuesto a permitírselo? Si alguna vez fuera a darse en este país una lucha seria y efectiva contra la corrupción, Keiko Fujimori terminaría encarcelada (y junto a ella, no pocos figurones de la CONFIEP, además de Alan). Y en el sector Educación, entregado de manera tan abyecta por Kuczynski a sus enemigos políticos, el fujimorismo y algunos de sus ocasionales aliados parlamentarios representan precisamente a quienes se benefician de manera directa del status quo, y bloquearán como han hecho hasta ahora cualquier tentativa de cambio. El negocio es demasiado grande y no van a soltarlo. Y así en todo.

En suma, no existe mayor posibilidad de que Martín Vizcarra cumpla con la vaga promesa que ha insinuado. Si tuviera que hacer un pronóstico, diría que este nuevo gobierno, como el anterior, defraudará las esperanzas de quienes las tengan, por mínimas que sean. Nada se refundará, nada se formalizará, nada saldrá reforzado de su paso por Palacio. Martín Vizcarra no confrontará al fujimorismo y sus cómplices. No tiene ejércitos para esa batalla, y ni siquiera está muy claro que entienda que debe darla.

Quizás eso sirva para algo. Quizás así se vuelva consenso la noción de que lo que necesita el Perú no es un nuevo presidente o un nuevo Congreso, una nueva administración, un nuevo abanico de políticas públicas, o cualquiera de esas cosas en las que se nos pide que cifremos nuestras expectativas y nuestras esperanzas. Quizás también, al final de esta nueva ruta que se inicia, tras el que intuyo será su inevitable fracaso, nos demos cuenta de que las transformaciones que se requieren son mucho más radicales y profundas, y que la forma de lograrlas no pasa por los lugares en los que nos inducen a buscarlas. Quizá sabremos, por último, que cambiando tantas cosas no cambiamos nada.

Pero después se me pasa. Tampoco creo que suceda eso. Lo más probable es que toquemos fondo una vez más, solo para descubrir que aún se puede seguir cayendo. Tal vez también para nosotros, la única esperanza viable es no terminar totalmente aplastados.