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Una publicación de la asociación SER

Las palabras también mueren

El 2 de septiembre se incendió el Museo Nacional de Brasil. Tenía doscientos años de antigüedad, y sus veinte millones de piezas (muchas, únicas en el mundo) quedaron convertidas en cenizas. La noticia recorrió el mundo y nos ha afectado a todos. Quiero decir, coincidimos en que esto ha sido una tragedia dolorosa e imperdonable. Ahora, quiero hacer una pregunta que podría parecer retórica, aunque no lo sea[1]: ¿no se parece esto a la pérdida de una cultura completa? Las lenguas no se tocan, no son vestigios materiales sobre los cuales podamos lamentarnos, pero están encarnadas en cuerpos. Y cada hablante es único, igual que cada palabra que emplea y que muta con los años. No obstante, muchas veces no nos interesan lo suficiente esos cuerpos. Alberto Chirif, antropólogo amazonista, señala que “las agresiones contra los pueblos indígenas se han multiplicado en los últimos 20 años y se han vuelto cada vez más feroces” (2009: 219).  Esta realidad la encontramos tristemente reflejada en la opinión de muchos lingüistas, que sostienen que, “al menos la mitad de las 7 mil lenguas actualmente existentes en el mundo desaparecerán durante los próximos cien años” (Mazzotti 2018: 13). Si hacemos números, ¿cuántas palabras mueren cuando una cultura se extingue?, ¿cuántos mundos posibles y cuantas palabras para salvar el que compartimos nos quedan?

Los Iskonawa existen

En este contexto existen, menos mal, maravillosos proyectos que intentan responder a las preguntas formuladas desde acciones positivas. Tradición Oral Iskonawa (2018) recopila seis canciones y ocho cuentos en formato bilingüe, además de veinticuatro versiones libres en castellano de esos y otros cuentos, tomados de un amplio corpus de 30 canciones y 50 relatos Iskonawa. Los Iskonawa, por cierto, han sido llamados “la etnia más desconocida”[2] de nuestra selva, y son los últimos sobrevivientes de un grupo más amplio, los “Remo”, que fueron expulsados del Brasil y que se vieron diezmados por el enfrentamiento con otros clanes, por las matanzas producidas por los dos booms del caucho, y por las exploraciones petroleras que arrasaron su territorio. Con este recuento su forma de autonombrarse tiene mucho sentido: “Isko” es pájaro  y “nawa” es foráneo, extranjero, o, quizás, exiliado[3], aunque en un sentido más actual significa simplemente “gente”. Los Iskonawa entraron en contacto con el resto de la sociedad -no me atrevo a llamar “moderna”- hacia 1950, de la mano de quienes primero se lanzaron a conocer la selva en pos de ganar almas y seguidores. Hablo de los misioneros protestantes, aunque con una particularidad, estos fueron dos norteamericanos y dos shipibos convertidos a la religión. Los shipibos en la historia de la cultura y de la lengua Iskonawa son muy relevantes porque al compartir territorio con ellos, los pocos hablantes del iskonawa, por sobrevivencia, han tenido que ceder y aprender tanto el shipibo[4] como el castellano. Ahora bien, cuando digo “pocos hablantes” me refiero, específicamente, a seis personas: Juana Rodríguez, Nelita Rodríguez, Isabel Campos, Pablo Sangama, y José Pérez. Entre ellos, dos están sordos (Bosquejo: 15).

Es en este contexto que es de absoluta relevancia el proyecto “Documenting and Revitalizing Iskonawa in Perú”, un proyecto interdisciplinario financiado por la National Science Foundation de los Estados Unidos a través de la Universidad de Tufts, en Boston, y la Pontificia Universidad Católica del Perú. Los lingüistas Carolina Rodríguez Alzza y Roberto Zariquiey, junto al académico José Antonio Mazzotti, son los miembros de un equipo[5] que durante 6 años trabajaron en este proyecto y colaboraron en la publicación de tres volúmenes que fungen como bastiones para la pervivencia de los hablantes y del idioma iskonawa. La primera publicación fue el Bosquejo gramatical de la lengua Iskonawa (2015). A esta siguió el Vocabulario iskonawa-español (2017) -que reúne más de 1600 términos iskonawas-. Tanto el Bosquejo como el Vocabulario son de autoría de Roberto Zariquiey. Y a estas dos sigue el tercer libro Tradición oral Iskonawa (2018). Aunque no encontramos todos estos volúmenes en las librerías de Lima (aunque sí en el CELACP Antonio Cornejo Polar), los dos primeros se encuentran en internet[6], y pronto estará en línea el más reciente.

Ahora bien, mencionar a las instituciones que están detrás de este complejo corpus es relevante porque salvar un idioma, además de no ser fácil, es caro. Cuesta 192 mil dólares –aproximadamente-  por un trabajo de tres años[7] y este duró seis, y se hizo con menos dinero. No obstante, todo el esfuerzo vale la pena puesto que se ha recolectado un bagaje impresionante: decenas de horas de grabación en las que se ven danzas, canciones y relatos orales. Sobre estas, subrayo: este trabajo es la investigación más completa que existe sobre los Iskonawa. Al respecto, Mazzotti señala que “hasta la fecha los estudios sobre el iskonawa se centraban en la descripción histórica y cultural, pero nunca a la documental y análisis de la lengua, mucho menos a la recopilación de su tradición oral” (2018: 18, énfasis mío). Queda claro que el vacío enorme, el incendio casi completo de nuestro bosque lingüístico, gracias a estas tres publicaciones y gracias al trabajo de este equipo, está siendo un poco salvado.

 

Iskonawa

 

 

[1]                                     “—Cuando pierdes un idioma —dijo Kenneth Hale, colega de Chomsky en el MIT— pierdes una cultura entera, una riqueza intelectual, una obra de arte. Es como tirar una bomba en un museo”. He tomado mi ejemplo de este comentario, que, a su vez, puede ser leído en este artículo: https://larepublica.pe/archivo/693909-los-ultimos-iskonawas 

[2]                                     http://archivo.elcomercio.pe/sociedad/lima/sobreviviente-etnia-mas-desconocida-selva_1-noticia-1569743

[3]                                     Idem

[4]                                     Del grupo pano originalmente existían 30 lenguas, sobreviven 17, entre las que se encuentran el iskonawa y el shipibo.

[5]                                     Los nietos y los hijos de los seis hablantes del iskonawa también colaboraron, junto a ellos, del mismo modo, líderes de otras comunidades, y un grupo importante de estudiantes de la especialidad de lingüística en la PUCP y de la Universidad de Tufts. Ha sido un extenso proyecto en el tiempo que ha demandado muchas manos, mentes, y corazones. 

[6]                                     https://sites.tufts.edu/iskonawa/files/2015/11/Bosquejo-gramatical-del-Iskonawa-completo.pdf. Ver también, para un inventario amplio de grabaciones, así como los dos primeros volúmenes, el Archive of Indigenous Languages of Latin America (AILLA), de la Universidad de Texas, Austin: https://www.ailla.utexas.org/islandora/object/ailla%3A256718

[7]                                     "La referencia del monto ha sido tomada de: https://larepublica.pe/archivo/693909-los-ultimos-iskonawas"