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Una publicación de la asociación SER

Los 101 años de “La decadencia de Occidente” (I)

En un reciente artículo periodístico el sociólogo Rafael Roncagliolo, ex-ministro de Relaciones Exteriores durante el gobierno de Ollanta Humala (2011-2016), se ha referido a la percepción de una “decadencia” del poderío norteamericano en el escenario internacional, heredero del predominio europeo anterior a 1945.  Allí se pregunta cuál será la posición que los países latinoamericanos deberán tomar en un futuro no muy lejano, pues hoy ya “asistimos… al resurgimiento de nuevos poderes y nuevos entendimiento no eurocéntricos”.

Es muy cierto que el predominio alcanzado por los países europeos durante el “largo siglo diecinueve” (1750-1914), debido a la Revolución Industrial (desde aproximadamente 1780 en Inglaterra) y a la expansión colonialista (desde 1858 en India y 1880 en África), entró en crisis a partir de la “Gran Guerra” (1914-1918).  Este conflicto, en palabras del historiador marxista británico Eric Hobsbawm [n.1917-m.2012], formaría en realidad parte de la “Guerra de los Treinta y Un Años” (1914-1945), el período de ambas Guerras Mundiales, de la crisis de la economía capitalista mundial (1929-1939), y de las dictaduras fascistas (Italia desde 1922, Alemania desde 1933).  Fueron estas tres décadas de conflictos políticos, económicos y militares los que eclipsaron la supremacía europea, dando paso después de 1945 a las rivalidades entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, las dos “superpotencias” de los años de la “Guerra Fría” (1946-1991).

Es también cierto que los Estados Unidos se han convertido en los defensores y promotores de la llamada “civilización Occidental”, originada en Europa y conformada por ciertas tradiciones políticas (liberalismo) y culturales (secularismo), junto a prácticas económicas (capitalismo industrial) y religiosas (cristianismo).  Lo que es menos claro es cuán deteriorado está hoy en día este “Occidente”, especialmente si nos referimos al orden internacional diseñado por los intereses norteamericanos victoriosos en 1945.  Roncagliolo se ha referido al escritor alemán Spengler y su idea de una “decadencia de Occidente”, anunciada en un libro publicado hace más de un siglo.  ¿Cómo entender la idea de tan prolongado ocaso de un orden internacional que no termina de desmoronarse?

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En la primera mitad del siglo XX dos pensadores europeos, el sociólogo alemán Oswald Spengler [n.1880-m.1936] y el historiador británico Arnold J. Toynbee [n.1889-m.1975], propusieron entender la Historia Universal en función de la evolución de diversas “civilizaciones”, estudiadas comparativamente, para determinar las “leyes” o “principios rectores” que explicarían y dirigirían esa evolución histórica (y que, incluso, permitirían predecir su desarrollo futuro).  Ambos compartían ideas ‘organicistas’ desarrolladas en la segunda mitad del siglo XIX, entre otros, por el filósofo británico Herbert Spencer [n.1820-m.1903].  El organicismo es la teoría que propone que las sociedades humanas son entes semejantes a los organismos vivos, por lo que nacen, crecen, se desarrollan, decaen y, finalmente, mueren.  En su momento, el organicismo pareció “explicar” el desarrollo de la Humanidad, pero luego fue cuestionado y abandonado, por sobre-simplificar la complejidad de los procesos históricos.

Spengler, en ‘Der Untergang des Abendlandes’ (“La decadencia de Occidente”, 2 volúmenes, 1918-1922), identificó ocho “altas culturas” (India, Babilonia, China, Egipto, Arabia, México Antiguo, Greco-romana Clásica y Occidente), que, tras el impulso con el que desarrollaban una compleja vida urbana o “civilización”, perdían su “espíritu” inicial, se corrompían e iniciaban un proceso inevitable de declive.  En otras palabras, las “altas culturas”, cuando alcanzaban el nivel de “civilización”, iniciaban su inexorable decadencia.  Para él eso estaba ocurriendo con la civilización europea de su tiempo.  Al escribir en el contexto de la derrota de Alemania en la Primera Guerra Mundial (1914-1918), su obra se difundió ampliamente, porque parecía darle algún sentido a la sensación de desasosiego generalizado que experimentaban los europeos en aquellos años, ya que los horrores de la guerra habían puesto en duda las ideas de progreso positivo para la Humanidad, propias del siglo XIX.

Por su parte Toynbee, inicialmente especialista en la Historia de Grecia, propuso “ciclos vitales” para las civilizaciones e intentó demostrar la continuidad de la Historia de la Humanidad, concebida como un todo único y cohesionado, en constante evolución.  Publicó ‘A Study of History’ (“Estudio de la Historia”, 12 volúmenes, 1934-1957), donde identificó un total de 21 civilizaciones en la Historia Universal, una de ellas la civilización andina prehispánica ejemplificada por el Imperio de los Incas.  De estas 21 civilizaciones quedarían aún vigentes en el siglo XX solamente cinco: Extremo Oriente, India, Cristiandad Ortodoxa, Islam y Occidente.

Toynbee postuló que las civilizaciones se desarrollaban inicialmente cuando minorías creativas respondían con éxito a los retos del medio geográfico; pero entraban en una fase de decadencia cuando sus líderes no conseguían reaccionar con imaginación ante tales retos (teoría del “reto y respuesta”).  Esta interpretación resaltaba el rol protagónico de las “élites creativas” y minimizaba al resto de la población, vista como tradicional o incluso retardataria.  A diferencia de Spengler, Toynbee consideraba que el fin de una civilización no era inevitable, con tal de que ésta siguiese respondiendo positivamente a los “retos” planteados.

Tras la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Toynbee cambió su interpretación, destacando más bien el rol de las religiones como el elemento estructural básico de las sociedades humanas, que daba origen a las civilizaciones y que, cuando éstas decaían, podían subsistir en otras civilizaciones posteriores.

Esta explicación constituye en realidad una “filosofía de la historia”, es decir un intento de explicar de manera abstracta y unívoca el complejo proceso del devenir histórico de la Humanidad entera.  Las ideas de Toynbee han sido criticadas por asumir que la historia humana está dirigida por fuerzas espirituales (no sociales, ni políticas, ni económicas), y porque sus conclusiones son más las de un moralista cristiano que las de un historiador.  Los historiadores, en general, tienden a estudiar hechos variables, únicos e irrepetibles, que a menudo forman tendencias o patrones de cambio, pero que no están ligados a una “voluntad divina” accesible al conocimiento del investigador.

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Ya en 1936 el gran historiador francés Lucien Febvre [n.1878-m.1956] criticó las ideas de Spengler y de Toynbee por a-históricas, especialmente las del segundo.

“Toynbee, a diferencia de Spengler, no profesa el pesimismo radical.  Más bien al contrario, enseña lo que podríamos denominar un optimismo cosmológico.  En su opinión, la significación de tantas civilizaciones como han venido al mundo y han desaparecido se revelará en otro mundo.  Respetable creencia, aunque bastante vaga […]; pero no vamos a discutirla, ya que es irrelevante tanto para la historia como para la crítica” (p. 208).

“Una cuestión se plantea para nosotros, aficionados y buscadores de realidades históricas y no de verdades filosóficas: ¿es lícito, metódicamente sano y correcto de procedimiento instituir, entre veintiuna civilizaciones escalonadas de un extremo a otro de la cadena de los tiempos y distribuidas por toda la circunferencia del globo, una serie de comparaciones válidas y fecundas? […] Las veintiuna sociedades tienen en común en todos los casos lo siguiente: son «civilizaciones» y no sociedades primitivas.  Las sociedades primitivas son 650” (p. 209).

“Toda ciencia es constructiva.  Pero no toda construcción es igualmente sólida, leal y lícita. […] Pretender reconstruir de manera válida el pasado con la ayuda de una centena de datos sacados de algunas memorias de especialistas es una audacia.  Pretender hacerlo de tercera mano, siguiendo datos obtenidos en manuales, es una quimera” (p. 214).  “Comparar veintiuna sociedades es querer cometer veintiuna veces multiplicado por veintiuna el pecado capital, el pecado irremisible del anacronismo.  Y de una sola vez” (p. 215).

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Hay que advertir que las ideas organicistas de Toynbee y Spengler, que tan atractivas resultaban en los años 20 y 30, ya desde la década de 1950, han dejado de influir en la investigación histórica a nivel mundial.  La búsqueda de explicaciones al diverso desarrollo de las sociedades humanas en el pasado ha dejado de lado las visiones ‘teleológicas’ (doctrina filosófica sobre las “causas finales” y, en general, toda explicación del universo mediante el recurso a causas finales), que implican un “destino” o final predeterminado.  Aunque los historiadores puedan señalar y estudiar “tendencias históricas” (sociales, políticas, económicas, religiosas, artísticas) en el transcurso del tiempo, no parece posible predecir racionalmente hacia dónde podría dirigirse el destino de la Humanidad.

Sin embargo, la popularidad de numerosas pseudo-explicaciones de carácter teleológico que siguen formulándose hasta la actualidad (“profecías”, “teorías conspirativas”), tienen relación directa con la incertidumbre que los seres humanos experimentan sobre el futuro.  Estas pseudo-explicaciones son una manera concreta y simple --muchas veces simplona-- de darle algún “sentido” a una realidad siempre compleja, para la cual no se tienen todas las explicaciones que serían deseables o necesarias.  Son muy populares y recurrentes en la prensa, en “internet” y en las mal llamadas “redes sociales”, pero no tienen mayor solidez, ni histórica ni científica.

 

Esta historia continuará...

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Referencias:

Rafael Roncagliolo, “¿Decadencia de occidente?”, La República, Lima, sábado 23 de marzo de 2019. <https://larepublica.pe/politica/1435802-decadencia-occidente>

Eric J. Hobsbawm, Historia del siglo XX, 1914-1991 [1994], traducción castellana de Juan Faci, Jordi Ainaud y Carme Castells (Barcelona: Crítica, 1995). <https://uhphistoria.files.wordpress.com/2011/02/hobsbawn-historia-del-siglo-xx.pdf>

Lucien Febvre, “Dos filosofías oportunistas de la Historia: De Spengler a Toynbee” [1936], en: Combates por la Historia [1953] (Barcelona: Ariel, 1971).

Oswald Spengler, La decadencia de Occidente: Bosquejo de una morfología de la Historia Universal [1918-1922], traducido del alemán por Manuel García Morente (Madrid: Calpe, 1923-1927), 4 vols.

Arnold J. Toynbee, Estudio de la Historia [1934-1957], edición con notas al cuidado de Vicente Fatone (Buenos Aires: Emecé Editores, 1951-1968), 15 vols. en 22 tomos.

Arnold J. Toynbee, Estudio de la Historia, compendio de D.C. Somervell [1885-1965], traducción de Luis Alberto Bixio (Madrid: Alianza Editorial, 1959), 3 vols.

 

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