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Una publicación de la asociación SER

Los limeños no entienden la región

Foto: Luisenrrique Becerra

Susana Aldana Rivera. Historiadora

Quizás porque siempre han creído a pie juntillas ese cliché que, se dice que dijo Abraham Valdelomar hacia 1918: “El Perú es Lima, Lima es el Jirón de la Unión, el Jirón de la Unión es el Palais Concert y el Palais Concert soy yo”. Una frase dicha en los años de la República aristocrática -cuando se afirmaba que existía una nación única y homogénea- que quedó grabada en el corazón de los limeños a pesar de provenir de un migrante pisqueño, mulato, modesto de familia, burlón e irrevente literato que le gustaba llamarse el Conde de Lemos y que no era muy aceptado en la sociedad de la Belle Epoque peruana a la que buscaba pertenecer. De allí su frecuentar del Palais Concert, café de moda de aquella época y expresión del fuerte afrancesamiento de Lima y la vocación social capitalina por un nacionalismo extrovertido.

Porque aunque el limeño no se de cuenta, la percepción de que “Lima es el Perú” termina constituyendo un comportamiento capitalino que el “diferente” de la región no comprende y siente como agresión. Pero es que todos los limeños han sido educados para pensar y ver el Perú desde la homogeneidad de la nación. Esta idea convierte a Lima en ejemplo y modelo de vida para todos los  peruanos y supone equivocadamente que todos tienen oportunidades unívocamente semejantes a las capitalinas. Lima, además, tiene el monopolio de las facilidades estatales y de la cultura por cuanto en ella se encuentra el Estado y eso la convierte en el punto de encuentro con el mundo.

Y eso que Lima siempre una ciudad de migrantes. En la ciudad capital de 1940 apenas llegábamos a cerca de medio millón de habitantes y Lima terminaba en la Plaza San Martín. De pronto y al compás de la historia, en los años de 1950 comenzó a llegar gente de todo el Perú y finalmente se terminó por imponer el modelo urbano de vida. Con ello, Lima se fue expandiendo y urbanizando hasta convertirse para fines del siglo XX en una verdadera megalópolis. Los estudios del proceso son interesantes, desde el clásico trabajo del arquitecto Emilio Harth- Terré, pasando por los de Jürgen Gölte y Los caballos de Troya de los invasores: estrategias campesinas en la conquista de la gran Lima, hasta  José Matos Mar y sus estudios sobre el desborde popular y las diferentes Limas.

Pero Lima es la capital republicana porque se construyó como tal y no solo porque heredó la condición que tuvo desde el virreinato. La homogeneidad social es una necesidad contemporánea mientras que el virreinato era un reino entre otros reinos y con una sociedad diversa, jerarquizada y sistémicamente establecida en base a pactos y no contratos. A semejanza del rey en Madrid, Lima era la capital porque allí vivía el virrey y si para el siglo XVIII estaba definitivamente asentada como tal, también para esa misma época le surgieron competidoras poderosas y bastante autónomas como Trujillo y Arequipa. Basta ver la Plaza de Armas de Trujillo para darnos cuenta de su poder y prestancia y en el caso de la Ciudad Blanca la poca necesidad que tenía del Callao, sobre todo por la inversión del sentido del tráfico comercial marítimo que postergó la ruta de Panamá y prefirió la del Estrecho de Magallanes, para llegar a España.

El fin del virreinato con el proceso de independencia posibilitó la emergencia de múltiples actores como las regiones y sus grupos sociales. Sobre todo los señores (re)cobraron fuerza y directamente cuestionaron el poder limeño: como el piurano marqués Fernández de Paredes que simplemente cerró su hacienda y cada vez que una autoridad republicana se acercaba, lo sacaba a latigazos (claro que después descubrió las ventajas de ser señor en un estado y se convirtió en férreo republicano). De allí que Castilla y el guano sean claves para la construcción de país aunque sentados en Lima y sin mirar la región no se comprende que la riqueza falaz trajo la construcción de las bases burocráticas del estado-nación. Es épico que este país tan diverso se construyera como uno solo a lo largo del siglo XIX a diferencia del destino de los otros virreinatos sudamericanos que dieron origen a varios países. Ellos se dividieron, nosotros nos unimos; el modelo centralista castillista supuso el control de los señores, prácticamente se convirtió en un virrey -como le achacaban en la época- para negociar con cada uno de los sectores sociales y sus regiones. Y si lo pudo hacer fue porque la plata del guano lo permitió.

Así se sentaron las bases del hipercentralismo que hoy nos caracteriza: Trujillo y Arequipa, mal que bien se adecuaron aunque las batallas y negociaciones entre los señores y el Estado se dieron a lo largo del todo el siglo XIX. El estado que construye Castilla hace que Lima -como capital- se convierta en el punto de encuentro republicano de las tendencias centrífugas de un espacio organizado como virreinato; un ordenamiento político territorial exitoso porque había readecuado las diferentes territorializaciones prehispánicas de muy antiguo cuño.

Progresivamente y en el devenir de la historia, el éxito del modelo centralista iniciado por Castilla, solventado por la explotación guanera, convierte a las fuerzas centrífugas en centrípetas, potenciando la nación e invisibilizando  -pero no eliminando- a la región. Por ello, aunque son los limeños los que se beneficiaron de este proceso, tuvo que ser un migrante provinciano el que dijera que “el Perú es Lima”.