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Una publicación de la asociación SER

Los temores de un alcalde

Foto: Jorge Vélez

Michel Azcueta. Presidente de la Escuela Mayor de Gestión Municipal

En las últimas semanas de pandemia, ante la continuidad y aumento de contagiados y de situaciones conflictivas en diversas ciudades del Perú, se ha vuelto la mirada a los alcaldes, ya sea responsabilizándoles de inacción, inutilidad, despreocupación, y lo que es peor, de corrupción en el uso de los recursos públicos. Hay muchos alcaldes muy activos, unidos a sus ciudadanos en la atención a los problemas que conocemos; algunos alcaldes se han contagiado con el virus y hasta fallecido, como es el caso del alcalde de Masisea, Silvio Valles que atendía por los ríos a su población, en su mayoría shipibos, quien se contagió, lo llevaron navegando dos horas en chalupa  a Pucallpa, no lo atendieron como se debía y, al final, sin oxígeno  falleció el pasado 12 de mayo. Por eso es cierto que, en la mayoría de alcaldes  más que despreocupación lo que hay es temor. Temor a no poder responder a los reclamos de sus vecinos, a equivocarse en las decisiones, a que no lleguen a tiempo los recursos prometidos para su pueblo,  a invertir como se debe para que no les caiga la contraloría, a la soledad ante su gran responsabilidad. Se entiende que estoy hablando de la mayoría de los alcaldes distritales, especialmente de aquellos que dirigen las  municipalidades rurales, andinas y amazónicas.

No es para disculparles. Todos reconocemos que el famosísimo coronavirus nos pilló desprevenidos a nivel del Estado y de la sociedad, que no se supo o no se pudo dar una respuesta por la debilidad de los servicios de salud a nivel nacional y por la debilidad institucional que no permite contar con canales rápidos de comunicación; si reconocemos que no ha sido eficaz el uso de las ayudas monetarias ni la distribución de medicamentos e instrumentos sanitarios a los grandes hospitales provinciales, imaginemos cómo ha sido y sigue siendo en los distritos rurales.

En estos dos meses, la atención y la publicidad se orientó a las zonas urbanas como lo criticamos desde el primer momento y a un sector minoritario de la población (a pesar de que lo denunciamos una y otra vez, se vuelve a caer en ello esta semana al publicitar las condiciones básicas y normas que se deben guardar los niños que salgan a pasear… ¡en qué niños están pensando, por favor!) dejando de lado las zonas que comentamos, aunque parece que, con la “explosión huancavelicana” la huida de miles de provincianos hacia sus lugares de origen dejando Lima la horrible, la mirada gubernamental se ha dirigido más a las provincias, convocando a los alcaldes.

En las zonas rurales andinas y amazónicas no hay postas médicas, no hay médico permanente, no hay atención diaria por un técnico sanitario, y no hay los medicamentos básicos necesarios para las enfermedades comunes, de manera que difícilmente se puede responder a la gravedad de la pandemia. En muchos de ellos tampoco hay agencias bancarias para cobrar los bonos que aporta el Estado, y, a veces, no hay pistas ni buenas carreteras para llegar rápido a la capital provincial.

Pareciera que desde Lima no se ha entendido que  la población rural, andina y amazónica, tiene su propio modo de vivir, de relacionarse, de alimentarse, de producir, de gastar el dinero que se recibe ¡Es increíble y triste a la vez que, en pleno  siglo XXI permanezca este desconocimiento de las diferencias existentes en el Perú! ¿Qué significa en pleno ande, en plena selva “enciérrense en su casa”? ¿Qué significa lávense permanentemente las manos con agua y jabón durante 20 segundos? ¿Guarden dos metros de distancia entre las personas?  ¿Al llegar a casa, cámbiense de ropa? Y ahora ¿qué significa en una comunidad andina o amazónica que los niños no salgan con juguetes a la calle?

Los alcaldes distritales tienen otro modo de relacionarse con sus ciudadanos. Es cierto que hay muchas deficiencias. Sí se puede tener un buen padrón de familias y de las actividades que realizan, sí se puede ordenar mejor la educación, sí se puede dar prioridad a pagar al técnico sanitario o a la enfermera o al doctor, sí se puede ordenar mejor los mercados y ferias y cementerios, si se puede trabajar con las organizaciones comunales para asegurar alimentación para todos y para utilizar comunalmente los recursos financieros que llegan desde el gobierno central (por qué no gestionar un bono rural comunal?) y, no sólo en momentos de emergencia, sí se puede llevar un buen registro de la marcha del plan de desarrollo concertado, con los éxitos y las deficiencias que tiene el distrito. Y, definitivamente, sí se puede trabajar con honestidad y no mirar todo el tiempo a ver qué hace el Gobernador Regional o el Presidente de la República. Los alcaldes deben dejar de lado el temor de trabajar con su propia gente.

Y, a nivel nacional, también hay que dejar los temores. El temor al coronavirus, quizás, no es el mayor que deberíamos temer en el Perú. Temamos la indiferencia, la falta de visión y liderazgo, el inmediatismo egoísta, el mal uso de los recursos….y venciéndolos seguro que derrotaremos, una vez más, a toda pandemia que se atreva a venir al Perú.