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Una publicación de la asociación SER

Muertes sin rituales de despedida por la pandemia del Covid-19

Foto © Luisenrrique Becerra | Noticias SER

Gabriel Gómez Tineo. Antropólogo  de la Universidad Nacional de San Cristóbal de Huamanga.

Una de las modificaciones culturales que está generando el Covid-19 es el cambio de los rituales mortuorios. En nuestras culturas, sea la católica-cristiana, o la andina y amazónica el celebrar el rito de la muerte constituye todo una simbología que representa el paso de un estado a otro. Es decir que cuando morimos  es a través del rito del velorio y el entierro, y todos sus elementos (oraciones, responsos, pedidas de perdón, cantos, chakchada de coca, cigarrillos, agua bendita, misas, acompañamiento a los familiares, etc) que se representa la despedida del difunto que ya se encuentra de viaje al “otro mundo” que será su próxima morada. A través de este rito damos la aceptación y la legitimidad de la muerte como un hecho cultural, a la vez que cerramos la etapa de la vida terrenal, para comenzar otra en el más allá y por supuesto esto contribuye enormemente al cierre del duelo, generando un impacto psicológico positivo de las familias. La característica del Covid-19 es capaz de romper con toda esta práctica sagrada, impidiendo que se realice, debido a su alta exposición de contagio. Según los protocolos del MINSA, la inhumación de personas fallecidas por Covid-19 obliga a que este ritual se deje de practicar.

No queremos imaginar el dolor y la frustración que deben estar sufriendo las familias de las victimas del Covid-19, más aún cuando se trata de ciudadanos creyentes y que los rituales mortuorios constituyen un aspecto fundamental que permite asumir la muerte como un hecho que quizá obedezca a destinos de la divinidad. El no realizar este ritual podría generar un impacto psicológico negativo y traumático para las familias que han perdido sus seres queridos. La negación, la ira, la tristeza y las autoculpas se podrían apoderar en las familias y generar serias complicaciones en la salud mental. 

En nuestro país la mayoría de las regiones se entierra en los cementerios públicos, solo tenemos 11 crematorios en su mayoría en la capital y ciudades grandes. Según los protocolos del MINSA los entierros deben darse con estricto cuidado y bajo cumplimiento, razón por la cual las beneficencias están habilitando lugares alejados de las ciudades para poder enterrarlos. A todo a ello se suma el rechazo de la gente con el temor del contagio.

Todo el dolor que debe generar la muerte de un familiar en el contexto de la crisis sanitaria por el Covid-19, debe tener respuestas del Estado a través de los servicios de salud mental. Si no se responde adecuadamente con la atención pertinente a los familiares de las victimas del Covid-19, podríamos tener impactos psicológicos negativos.

En el caso de Ayacucho, vivimos una situación similar con las víctimas de la violencia política, donde aún no podemos encontrar a nuestros desaparecidos, ni  celebrar el trance de la muerte a través de los rituales de cierre. Por ello, la agenda pública debe atender este problema, la salud mental es un derecho humano, y en esa crisis se necesita más que nunca que se le atienda.

gabo.gomeztineo@gmail.com