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Una publicación de la asociación SER

"Mujeres del Perú" y el protagonismo del plural.

Andrea Cabel

Mujeres del Perú (2019) es un libro que reúne crónicas documentales[1] de 22 mujeres peruanas de las tres regiones del país y visibiliza la existencia y relevancia de una saludable comunidad emocional femenina en nuestro país. Una comunidad que Doris Bayly, su editora, ha definido al inicio del libro de la siguiente forma: “…como la hierbabuena/así somos las mujeres/aunque todavía nos digan/hierbamala”. Hierbamala o hierbabuena, el protagonismo lo tiene el plural: “así somos las mujeres”. Lo que sigue a estos versos regados en la página de bienvenida del libro, permiten entenderlo como una constelación en la que su existencia depende de la relación entre unos puntos con otros. Cada perfil es un punto luminoso, un astro, que, junto al siguiente, forma la figura de una comunidad emocional capaz de responder a la gramática de violencia que impera en nuestra sociedad y en nuestra historia marcada por la desigualdad y las injustas jerarquías.

En este marco, en el que –siguiendo a Angélica Motta– es el sistema de género en sí mismo el productor de violencias[2], este libro reúne, como un prisma que descompone, refleja, refracta múltiples perspectivas, el aporte de deportistas, artistas, abogadas, fotógrafas, periodistas, antropólogas, arqueólogas, agricultoras, activistas, que consolidan una narrativa en la que las mujeres se desplazan del lugar de víctima y se consolidan como agentes de cambio, como propulsoras de ideas, como bastiones del equilibrio en nuestra sociedad.

¿Cómo sino entender el testimonio de Filomena Guillén directora un hogar para madres adolescentes que en los últimos 33 años ha recibido a 1,255 niñas? Niñas de entre 12 y 17 años que comparten un perfil: han sido víctimas de violación sexual, están en situación de alto riesgo, y no tienen antecedentes de fuga ni de consumo de drogas.

La crónica documental centrada en Filomena se titula “La niñez interrumpida” y de lo que trata es de las geografías de esa interrupción: las niñas madres no van al colegio, o asisten a primer grado cuando tienen 12 años, y se exponen a las burlas y a las preguntas incómodas, o a ser vistas como “malos ejemplos” (a pesar de haber sido violadas). Más allá de esto, sus cuerpos son la materialización de esa interrupción: muchas no pueden caminar por la cesárea, a otras la leche se les sale cuando les toca hacer educación física, y casi todas no reciben visitas de sus familiares. Algunas, en realidad, solo tres, reciben visitas cada dos o tres meses. Como si todo esto no fuera lo suficientemente cruel, este hogar en Villa María del Triunfo no recibe ninguna ayuda del gobierno ni de ningún ministerio, y se mantiene por donaciones, o por las ventas de sus productos de panadería, artesanía y confecciones que elaboran las niñas internas.

Pero algo más. No es solo el contenido lo que importa en este material. Es la forma. Me explico mejor. Gay Talese, el maestro de los perfiles, señaló en alguna entrevista que a él le interesaban menos lo que sus personajes dicen que lo que sus personajes hacen. Esto es lo que hace María Luisa Del Río: no es rehén ni prisionera de las entrevistas, sino que mira a los personajes en su cotidianidad, y está ahí sin un interés en ser notoria. Ejerce eso que Leila Guerriero, otra grande del periodismo literario, ha llamado “el método de volverse voluntariamente opaco”.  Lo que rescata siguiendo la invisibilidad de la que hablan Talese y Guerriero es impresionante: por ejemplo, lo que hace, más que lo que dice, una líder y artista shipiba, Olinda Silvano. Cito a Del Río:

Olinda tramita con el sobrino, no encuentra sus lentes y dice que no puede trabajar sin ellos. Necesito usar el baño. Se lo pido. El de la familia Silvano está al aire libre, cerca de la cocina, en un rincón del terreno, lleno de trastos. Cuatro postes de madera cubiertos con telas, un papel higiénico grande colgado de un alambre, una bolsa para botar el papel usado y un inodoro blanco, pequeño y limpio. Regreso a la sala. Un televisor Samsung antiguo de cuarenta pulgadas, pesado y plateado corona una mesa donde se almacenan pinturas, cintas decorativas y una serie de brazaletes de mostacillas que Olinda vende a cincuenta soles la unidad. “Quiero una”, le digo, y escojo la roja con negro para combinarla con mi collar de huairuros. No tengo el dinero conmigo, pero le hago una transferencia a través de una aplicación bancaria en el teléfono y le envío el voucher por WhatsApp” (120)

Del Río no ha emitido juicios, sino que ha descrito. Ha mostrado el lugar de la tecnología en un espacio complejo y permite escuchar la voz de Olinda no solo como artista, sino como mujer conectada con el mundo. Nada de paternalismo, ni, evidentemente, de orientalización (pienso en Edward Said) para presentarla. Lo que sabemos de ella solo por este fragmento es ingente, y desarrollarlo sería razón de otro artículo. No obstante, nos sirve para subrayar lo señalado por Talese y Guerriero. Conocer al otro por lo que hace, hacerse invisible, aprender a estar sin manchar la escena. Todo esto también lo entrega la narrativa del libro.

Quisiera terminar con un último apunte referido a la estética del libro: la portada es un diseño elaborado por Pilar Elías basado en los tejidos de las ramas de los algarrobos que crecen en Huerto Tamarindo (Máncora). Es una apuesta estética coherente con la propuesta narrativa del libro: no vemos ninguna figura central, sino que son trazos, vértices que se intersectan. Extremos que se cruzan y que forman un tejido, una red, que leo y siento, como contenedora. Esta interpretación de la portada tiene más sentido si la leemos de la mano de la segunda página en la que encontramos los siguientes versos: “el espacio es tuyo / escribe / deja tu historia / este es nuestro tiempo / hierbabuena / hierbamala nunca muere”. Doris Bayly deja, adrede, como propuesta estética una narrativa inclusiva, una invitación a que, en vez de leer un prólogo, los lectores podamos escribirlo y con ello, podamos ser parte de la propuesta.

Así, a diferencia de Había una vez una peruana (2018) o 20 heroínas peruanas (2018) propuestas pertinentes e interesantes en nuestro contexto nacional, este libro marca una distancia ya que su propuesta no es un intento por reivindicar la contribución política y social de mujeres de nuestra historia, de nuestro pasado, como Micaela Bastidas, Chabuca Granda, Blanca Varela, etc., sino que se centra en las mujeres de hoy y en problemáticas actuales. Se centra, entonces, de deconstruir los diferentes presentes de diferentes mujeres que intentan cambiarlos.

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[1] La idea, siguiendo a Doris Bayly, era elaborar textos que siguieran la propuesta de la bielorrusa Svetlana Alexievich en los que el personaje sea el centro y el periodista se borrara (Conversación Personal). No olvidemos que la es Alexievich la primera periodista que gana el premio Nobel de Literatura en 2015 justamente por sus escritos polifónicos que resaltan el coraje en nuestro tiempo.

[2] Angélica Motta. La biología del odio. Lima: La siniestra, 2019.  

 

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