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Una publicación de la asociación SER

No más eterno retorno: releyendo a Flores Galindo

Cuando uno lee a Alberto Flores Galindo lo primero que destaca es su interés por el diálogo no solo dentro del ámbito académico, sino sobre todo dirigido a la esfera pública nacional. Siguiendo a Carlos Aguirre, se concluye que su labor intelectual enfatizaba un interés en los medios de comunicación de la época como una forma de expandir su mensaje político. Se aprecia así una confianza en el rol intelectual, íntimamente ligado con la política, y que desde sus canteras podía generar un debate nacional. Por esto, Flores Galindo siempre me ha parecido una imagen icónica y un impulso para reformular las responsabilidades éticas y políticas de los intelectuales peruanos, especialmente si consideramos que en los últimos años hemos sido testigo de un repliegue u ostracismo –voluntario o producto de una incapacidad de acción- hacia espacios cada vez más restringidos (centros culturales, universidades, talleres). También hay que considerar aquí el elemento de una alineación oficial a tal o cual partido que, como afirmó Flores Galindo, finalmente paralizaba cualquier acción política en nombre de “ordenes democráticos”.

Haciendo un recuento de sus publicaciones advierto con entusiasmo que cada escrito es una intervención política, que el llamado no es obtener un reconocimiento personal sino activar movimientos sociales, impulsar un proyecto de izquierda capaz de enfrentar los desafíos de la historia a través de una constante reevaluación. Puede que hechos factuales contradigan ahora los esfuerzos de Flores Galindo, pero sus textos son una invitación a seguir problematizando y discrepando con las verdades que se creen evidentes. Es así que su propio pensamiento ejemplifica el límite y la proyección de políticas y análisis de izquierda en el país. Su primer libro, Los mineros de la Cerro de Pasco, 1900-1930 (1974), desde una metodología de cuño marxista, resalta el aspecto humano de los mineros, su condición de hombres en acción tratando de contrarrestar la explotación minera. Posicionado en una línea socialista, este libro no se plantea como una historia abstracta o monolítica sino ante todo vital. Esta vitalidad, en contraste con la rigidez del archivo, va a enfocarse en los cantos y relatos populares de los mineros. Siguiendo a Mariátegui, Flores Galindo resalta a través de las estructuras y métodos de este libro que el socialismo puede tender puentes con colectivos oprimidos y reconocer su función histórica.

Sin embargo, el socialismo también produce dificultades de análisis. Desde la concepción marxista de la historia se pueden distinguir grupos pre-políticos y grupos políticos. Al respecto, Los mineros de la Cerro de Pasco, 1900-1930 reproduce la cerrazón socialista de no reconocer otras modalidades de hacer política que no sean las de la lucha de clases. Flores Galindo considera entonces que las acciones mineras pertenecen todavía a un régimen pre-político que en un futuro pudiera conllevar a prácticas políticas socialistas. En Buscando un Inca. Identidad y utopía en los Andes (1986) advertimos esta misma tensión entre lo andino y el socialismo. Sin lugar a dudas un libro como Buscando un Inca, y el concepto de utopía andina que propone, iluminó la existencia de complejas luchas campesinas, enfatizando su capacidad de resistencia y negociación a lo largo de casi 500 años. Como han precisado Carlos Aguirre y Charles Walker en la traducción al inglés de esta obra, ningún otro libro había asumido hasta la fecha el ambicioso desafío de entender el pasado y el presente de las sociedades andinas.  Hay que resaltar así que uno de los aspectos más sugerentes de la noción de utopía andina es la articulación compleja de temporalidades en oposición a una historia lineal o evolucionista, de aquí la permanencia de la figura del inca siglo tras siglo. Otro punto a destacar es la importancia dada a la violencia en la historia campesina. ¿Cómo entender una tradición andina de resistencias violentas hoy en día en que los afectos son temidos y ante cualquier gesto de violencia se producen represiones o la desaprobación pública?  Sobre la dinámica cultural y uso político de la violencia en los Andes, sería interesante poner en diálogo este libro con la reciente publicación de Juan Carlos Ubilluz, La venganza del indio (2017).

Ahora, haciendo eco del llamado de Flores Galindo a discrepar, hay que precisar que la utopía andina es un concepto que se va diluyendo y perdiendo horizonte como opción política. Esto no quiere decir, en absoluto, que los colectivos andinos hayan dejado de producir expresiones de poder, pero estas fueron cambiando de acuerdo a nuevas exigencias y agendas históricas. Así, una de las más duras críticas de Carlos Iván Degregori a la publicación de Buscando un Inca fue que este libro no atendía los modos campesinos de hacer política en la actualidad, y por lo cual Flores Galindo no había logrado identificar casos concretos de utopía andina en años más recientes.  Por supuesto, esta crítica no se propone aducir un forzado traspaso de la tradición a la modernidad sino más bien indicar que la tradición es constantemente reescrita a partir de contactos con códigos culturales y políticos occidentales, para complicarlos o fortalecerlos. En este punto la utopía andina, indudablemente, puede ayudarnos a identificar una tradición histórica de resistencias campesinas pero su potencia se ve menguada cuando hay otros factores sociales en juego, especialmente la migración. Más allá de la utopía andina, concepto válido pero finalmente que emerge desde un campo letrado limeño que moldea sus propio traspiés, hay diversas formas en que los campesinos crean su propia política.

Flores Galindo enfatizó que él no proponía una vuelta a la  utopía andina, repitiendo un eterno retorno. De hecho, el epílogo  de Buscando un Inca es una aclaración ante posibles mal entendidos. Para reforzar sus explicaciones, advierte que la utopía andina es una etapa que antecede a la verdadera revolución. En este sentido será superada por el “socialismo moderno”. Frente a la pasión milenarista de la utopía andina se propone “el marxismo y su capacidad de razonamiento”. El tránsito tiene serias implicancias. Primero, reconocer que la utopía andina se aplica solamente a las realidades campesinas en geografías específicas (físicas o mentales). Segundo, el campesino finalmente es parte de un movimiento nacional, por lo tanto su diferencia es reducida ante la construcción de una nación socialista. En este punto, Flores Galindo reitera la lectura mariateguista de lo andino. Para Mariátegui el mundo andino es leído como un colectivo que va a contribuir al socialismo del país. No hay mayor análisis de las tensiones del contacto entre el marxismo y las políticas indígenas, no hay mayor interés por saber si acaso los sujetos indígenas no quieren aceptar el socialismo. Los campesinos y sus modos de cultura y política son reconocidos solo en nombre de la construcción de la nación peruana. Y en este camino, desde la perspectiva indígena /campesina, ¿se pierde la diferencia o cuáles son los retos para mantenerla? ¿La izquierda resulta ser otra forma de asimilación o blanqueamiento? No es que los sujetos indígenas/campesinos no puedan contribuir a nuevas formaciones nacionales, sino que si han de hacerlo hay que respetar su diferencia cultural y política; no hay que imponer agendas intelectuales por encima de sus propias experiencias.

Considerando lo expuesto, reitero que la obra de Flores Galindo es la que mejor nos permite entender la historia y los límites de la izquierda. Si lo hasta ahora expuesto nos ha permitido vislumbrar las tensiones entre movimientos campesinos y socialismo, toca ahora sopesar algunas dificultades internas del socialismo desde la actividad pública y producción intelectual de Flores Galindo. Me gustaría aquí centrarme brevemente en La agonía de Mariátegui (1980). Flores Galindo asume escribir la biografía de Mariátegui como una forma de crítica la izquierda de su tiempo. El libro retrata los últimos años del Amauta, confrontando las presiones de sus compañeros políticos, el acoso de las autoridades y el dogmatismo de la III Internacional o Komintern entre 1927 y 1930. Sin embargo, toda esa historia busca un urgente diálogo con la izquierda en 1980. Partiendo de libro de Osmar González, Señales sin respuesta  (1999), la década del 80 significó una crisis para la izquierda. La vuelta a la democracia luego de los gobiernos militares y la Asamblea Constituyente,  dividió las aguas entre una participación política democrática o, más bien, un afianzamiento de la autonomía en aras de fortalecer una candidatura izquierdista. En el libro sobre Mariátegui, Flores Galindo se va a oponer a un comunismo oficial, que es una crítica a la izquierda que le era coetánea y que buscó acoplarse al institucionalismo democrático. Para él, mantener el credo de Mariátegui es continuar por un socialismo amplio y creativo, que no se restringa a la burocracia (es significativo que frente a la pasión de un Mariátegui contraponga la figura de Eudocio Ravines como la de un hombre que “pretendía realizar la eficacia anónima de una poderosa máquina”).

Para Flores Galindo la lectura de ese desencuentro, de la precipitación y el error de relegar el socialismo de Mariátegui por el dogma comunista, tenía una resonancia inmediata en 1980. Más que un libro es una discrepancia política en aras de la utopía. Cuando Flores Galindo articula la noción de una utopía socialista, sin presentarla como horizonte de los movimientos campesinos, es decir, cuando discute la utopía dentro de la historia de la izquierda peruana, es entonces que esa idea cobra importancia para la política del país. Para él la utopía socialista implicaba antes que nada una construcción paciente. Es por esto que fue tan crítico con el nacimiento prematuro del Partido Comunista Peruano y cuya falta de maduración se atestiguaba en los 80s y que se advierte hasta ahora. Hoy en día, considerando las infertilidad de las discrepancias internas de la izquierda peruana, y la premura por organizar partidos, estas palabras de Flores Galindo tienen una alarmante actualidad : “Y por encima de sus posibilidades se vieron obligados a actuar como ´partido´, sin tener la organización, los militantes, el programa y la coherencia necesarios”.

Esas contradicciones históricas que viviera Mariátegui en sus días finales en los 30 se reiteran en los últimos años de Flores Galindo a fines del 80. El discípulo enfrenta de nuevo la agonía del maestro ya que en 60 años la izquierda solo se ha precipitado. La tensión entre “zorros” y “libios”, la crisis del primer gobierno de Alan García, la violencia estatal y de Sendero Luminoso, son el contexto de una producción que podemos catalogar de heroica pues creía en la capacidad política-intelectual para crear esperanza en el país. La carta final de Flores Galindo a sus amigos, “Reencontremos la dimensión utópica” (1989), es un llamado urgente para retomar una misión histórica, especialmente si confirmamos que ahora el intelectual se repliega en la frivolidad o fugacidad de un comentario de Facebook. Esta carta plantea una autocrítica a una generación que terminó “domesticada” en el trasiego de “demasiadas transacciones, consentimientos, silencios, retrocesos”. Por esto mismo en ella se afirma la necesidad de que los jóvenes “asuman lo que no ha podido ser hecho”. Asimismo, se reconoce que es fundamental pensar en otros modelos de dirigentes, pues “seguimos confiando demasiado en la clase media y en su intelectualismo democrático”. Este es un tema capital. Diseñar nuevos movimientos sociales no vendrá desde la clase media, ni será sensu estricto una copia intelectual, pero sobre todo pondrá en juicio a la democracia, pues el orden democrático, -cuando es regulado por una élite se vuelve su herramienta de poder hegemónico-, solo sirve para amenguar los cambios que son necesarios. 

He titulado este breve texto “No más eterno retorno” en referencia al énfasis de Flores Galindo para no entender la utopía andina como un retorno al pasado, pero también ha sido para subrayar que tampoco necesitamos el eterno retorno de una izquierda oficial, de ese tipo de izquierda que “empeñada en participar en las elecciones y en los mecanismos tradicionales de poder” ha desligado moral de cultura y que “es étnica y culturalmente distante de las mayorías populares”. Como sucedió con Mariátegui –cuyo libro final explicaría su posición política en el debate socialismo/comunismo de 1930, pero que nunca fue publicado ya que se perdió– Flores Galindo no pudo darnos un nuevo libro donde acaso ampliara o fortaleciera la noción de utopía. No obstante, su obra sigue instándonos a problematizar la historia peruana, las historias oficiales y las silenciosas. Es una voz que debemos recordar, un pensamiento en el que debemos adentrarnos no para encontrar soluciones al presente sino para hallar pistas, impulsos, alertas y también para embebernos de responsabilidades políticas y éticas. Considerando nuestro clima político ahora, entre la corrupción fujimorista, la renuncia de PPK y la aun tibieza de Vizcarra, releer a Flores Galindo es una invitación a una esperanza creativa (nunca sedativa) para no desistir en la lucha. Como él escribiera sobre Mariátegui: “no encontramos en el mariateguismo esa doliente postración ante los males del país, ni el entusiasmo por la crítica corrosiva, tampoco el desaliento“. Entonces “No más eterno retorno” también quiere decir no retornar al escepticismo y al pesimismo infecundos, que no son sino otras formas de inercia política.