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Una publicación de la asociación SER
Antropólogo con maestría en ciencia política.

Nuevos tiempos… ¿nuevos políticos?

Manifestantes frente al Congreso. Foto ©REUTERS/Mariana Bazo

Vivimos tiempos de constantes turbulencias políticas. En el escenario hay una crispación casi permanente, las chispas se encienden ante cualquier acontecimiento, usando cualquier excusa. Los adjetivos dirigidos hacia el opositor están a la mano, y se buscan los más agresivos, aquellos que ofendan más. Son tiempos – qué duda cabe – en los que la consigna “que se vayan todos” se extiende en el ánimo de un número cada vez mayor de ciudadanos.

La frasecita en cuestión no hace sino resumir una situación que politólogos y especialistas han analizado hasta la saciedad: la crisis de representación política. Dicho en otros términos, la creciente distancia que los representados (ciudadanos y ciudadanas de este país) perciben respecto a sus representantes. Y en este saco se ubican los congresistas en primer lugar, pero también gobernadores regionales, alcaldes y hasta el propio Presidente.

No pretendo ahora analizar los elementos de nuestro contexto político que explican el escenario turbulento en el que nos movemos. Otros han escrito con propiedad sobre ello. En esta columna me interesa destacar que, además de aquellos factores propios de nuestro contexto particular, en el mundo de hoy hay cambios que afectan profunda y definitivamente las condiciones en las que se realiza la actividad política.

Esta es una de las tesis principales de Daniel Innerarity en La política en tiempos de indignación (Galaxia Gutemberg, 2016). Este autor toma nota de la enorme desafección de la gente por la política – y por los políticos – en las democracias occidentales. Y en su diagnóstico muestra que tal distancia se explica, entre otros factores, por el surgimiento de nuevas condiciones para el ejercicio de la política. El escenario emergente plantea serios desafíos a los actores políticos, y no es difícil adivinar que no todos encuentran una forma eficaz de responder a ellos.

Para Innerarity ha pasado ya la “era de los contenedores”, metáfora que emplea para referirse a “espacios homogéneos, estandarizados, clasificables y gestionables de manera que no quede nada fuera” (p. 47): Estados, iglesias, sindicatos y… partidos políticos. Se refiere, claro está, a los clásicos partidos de masas, hijos del siglo XX, y al producto de su interacción: la “democracia de los partidos”, en la que cada organización se correspondía con (y por eso representaba a) una clase social o a grupos claramente definidos en términos productivos, sociales y culturales.

Este ya no es el escenario de la política en el siglo XXI. Los Estados hace rato que dejaron de ser los soportes de una autonomía nacional, cada vez más perforada por decisiones que se adoptan fuera de sus fronteras, en ámbitos que no siempre gozan de legitimidad democrática. Los medios han transformado los canales de comunicación y las formas en las que se construye la representación, cada vez menos orgánica, cada vez más personalizada. La revolución tecnológica acrecienta la percepción de relación directa y de presencia en el espacio público sin la necesidad de una intermediación partidaria. En estas circunstancias, no resulta extraña la situación de crisis que viven partidos que se formaron en la “era de los contenedores” y continúan operando bajo una lógica que ya no encuentra cabida en el mundo de hoy.

Para enfrentar la novedad, Innerarity señala que los partidos deberían buscar la configuración de “sistemas abiertos, más parecidos a los organismos que a los contenedores, más porosos que cerrados, en diálogo con cuanto les rodea y no protegidos contra su exterior” (p. 53). En el Perú, los debates políticos recientes indican que las opciones de nuestros partidos van en el sentido contrario, insistiendo en fórmulas acabadas, que ya no se corresponden con la sociedad que vivimos. Basta recordar, por ejemplo, los argumentos planteados para criticar la propuesta de primarias abiertas y obligatorias como forma de elección de candidaturas con participación ciudadana. O la impresionante incomprensión sobre el rol de la sociedad civil cuando se critica la participación de “organizaciones que no han sido elegidas” o “que no representan a nadie”. Hoy por hoy, encerrarse dentro del contenedor no parece ser la mejor forma de adaptarse al entorno que condiciona la política en la actualidad. Esto es lo que alimenta la desafección ciudadana respecto a sus políticos.

Pero Innerarity está lejos de postular una solución antipolítica. El autor mantiene su valoración de los partidos, a los que califica como “esenciales para clarificar las opciones que están a disposición de los electores; sirven para formar al personal político, seleccionar a los candidatos, gestionar la circulación de la clase política por las instituciones y controlar a los electos…” (p. 57). Aunque, a decir verdad, poco o nada de estas tareas son realmente ejercidas por los partidos en el Perú.

Sin embargo, a partir de esta valoración, concluye planteando lo que a su juicio constituye el desafío principal para las organizaciones políticas en el presente: “… tras la crisis de los partidos estamos en la encrucijada de o bien hacer mejores partidos o bien ingresar en un espacio amorfo cuyo territorio será ocupado por tecnócratas y populistas, definiendo así un nuevo campo de batalla que sería todavía peor que el actual” (p. 58).

Mirar las discusiones de nuestra coyuntura desde esta perspectiva más general, nos ayudará a apuntalar opciones que nos ayuden a transitar hacia los nuevos escenarios de la política.

 

Twitter: @RivasJairo

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