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Una publicación de la asociación SER

Para conjurar la violencia

Senderos de violencia. Latinoamérica y sus narrativas armadas(Albatros 2015), editado por Oswaldo Estrada, es un esfuerzo por comprender y cuestionar los regímenes de violencia que han afectado las experiencias latinoamericanas en las últimas décadas. Este panorama convierte al libro en un ejercicio de crítica literaria transnacional que permite compartir experiencias con el fin de aprender mutuamente a través de un diálogo de semejanzas, de diferencias y soluciones a la continuidad de la violencia. 

Los trabajos dedicados a la narco-novela en México resultan una introducción a esta conversación para aquellos que por primera vez tienen un acercamiento a este fenómeno, y para quienes son especialistas, este corpus contribuye a un debate sobre los modos de valorar y entender la producción narco-cultural mexicana. El artículo de Juan Villoro, “La alfombra roja: comunicación y narcoterrorismo en México”, enfatiza cómo el narco se ha convertido en el ícono de un imaginario espectacular y consumista, y por lo tanto no es cuestionado. No obstante, esta crítica no solo nos presenta una preocupación ética ante una situación de urgencia, sino que además nos muestra los límites de una posición intelectual-letrada para comprender los trasfondos sociales que giran alrededor del valor simbólico del narco. Una lectura que ahonda más en la complejidad política de esta producción narrativa es el trabajo de Oswaldo Zavala, “Cadáveres sin historia”. Para Zavala, la novela del narco ha desatendido las alianzas entre el Estado y el narcotráfico, silenciando una complicidad por preferir idealizaciones grandilocuentes del narco.

El artículo de Alejandra Márquez, “Allá derecho encuentras algo”, se centra en la violencia que experimentan los cuerpos femeninos en la frontera. Esta lectura destaca por su comprensión de los distintos modos de ejercerse la violencia y en sus consecuencias dentro de contextos de migración. En conexión con estos escenarios fronterizos, José Ramos Ortigas en su trabajo “Heterotopías mexicanas”, incide en la experiencia de los migrantes centroamericanos indocumentados ante violencias simbólicas y concretas.

La segunda sección inicia con un texto de Rodrigo Rey Rosa titulado “La segunda sepultura”. Este trabajo da cuenta de un hallazgo de fosas comunes producto de la represión militar contra poblaciones indígenas en Guatemala. La intención de criticar y comprender lo sucedido, a través de entrevistas a familiares, es una búsqueda del escritor. Sin embargo,  resulta cuestionable el modo en que Rey Rosa aborda la representación del espacio y sus habitantes, manteniendo esa distancia tan propia de los viajeros y que fuera criticada por Clifford en Routes. Estos contrastes los encontramos también en el análisis que Alexandra Ortiz hace de la novela El material humano (2009) de Rey Rosa. Si bien se destacan los hallazgos históricos entre los “archivos del mal”, controlados por fuerzas militares, este proceso es diseñado desde un halo detectivesco que reduce el trauma histórico ante la construcción estética del personaje y la narración.

La tercera sección se abre con un escrito de Diego Trelles, en el que reflexiona sobre la escritura de su novela Bioy (2012). El metacomentario nos permite comprender un contexto de violencia que resulta indecible, inenarrable, pero que es necesario exponer. Un intento por comprender los distintos tipos de aproximación al conflicto armado en Perú, nos lo ofrece el texto de Liliana Wendorff, donde se comparan los trabajos de José de Piérola y Daniel Alarcón. Para la autora, los cuentos de De Piérola en Sur y Norte (2008) consiguen un adentramiento en la psicología de los personajes militares, y de este modo supera representaciones dicotómicas o acartonadas que solo reducen la complejidad de los hechos. Frente a este modelo, la novela de Alarcón, At night we walk in Circles (2013), resulta una visión foránea, donde a pesar de las referencias factuales, el país donde ocurren apagones y explosiones nunca recibe el nombre de Perú. Este artículo de Wendorff nos invita dilucidar sobre la responsabilidad de narrar, sobre los compromisos por entender los hechos –en resonancia con aquella pregunta que se hacía Carlos Iván Degregori acerca del actuar de los terroristas, más allá de estereotipos: “por qué lo hicieron, es decir no las explicaciones generales… sino entender a las personas” – o caer en el aprovechamiento comercial, convirtiendo a la memoria histórica en un producto de consumo neoliberal o de auto-publicidad.

Destaquemos el trabajo de Rocío Ferreira, “Las mujeres disparan” como una forma de dar a conocer la perspectiva de las escritoras sobre el conflicto armado, ofreciéndonos la construcción de un amplio corpus de textos que es fundamental para futuros trabajos. Esta perspectiva significa entonces desafiar la violencia patriarcal militar-senderista e interrumpir un canon sobre el conflicto armando discutido por escritores hombres. Desde testimonios ficcionales, películas o novelas que aspiran a entender nuevas formas de reconciliación, tales como En mi noche sin fortuna (1999) de Susana Guzmán o La voluntad del molle (2006) de Karina Pacheco, la autora presenta los modos de sentir contextos de violencia desde la experiencia de género.

“Narrar el horror”, de Oswaldo Estrada nos presenta una lectura paralela de Bioy de Diego Trelles y El cerco de Lima (2013) de Óscar Colchado. El objetivo de este trabajo es, por un lado, comprender, a partir de Trelles, los procesos de degradación generados por el conflicto armado. De este modo se habla de “una violencia invisible que actúa en todos los niveles sociales y que es responsable de un generalizado estado de afrenta y agresión, imposición, resentimiento, discriminación”. Por otro lado, se subraya la necesidad de buscar contra-representaciones al discurso hegemónico sobre Sendero Luminoso. En este sentido, a partir de su diálogo con el texto de Colchado, Estrada busca comprender el sentimiento de los senderistas, entenderlos en relación a sus afectos, lo cual permitirá no solo buscar culpables sino entender contextos históricos.

La siguiente sección comienza con el texto “Señales de nosotros” de Lina Meruane. Aquí Meruane nos ofrece una explicación de cómo una de las formas de violencia diseñadas por la dictadura de Pinochet fue crear la indiferencia. Desde su propia experiencia, la autora señala que durante su infancia la norma era no saber lo que sucedía en la realidad chilena de aquellos años, ignorarla en nombre de las buenas costumbres era la ley. Leemos así estas afirmaciones sobre aquel estado: “Era como estar hipnotizados. Era como vivir de espaldas”, “la comodidad del no saber nada en el que vivíamos nosotros”. Frente a esto, la escritura se convierte en una forma de producir otra memoria, otras perspectivas sobre los hechos, para cuestionar y resistir esa imposición del olvido.

En el siguiente texto, “En Estado de violencia”, Dianna C. Niebylski comparados novelas de Diamela Eltit: Impuesto a la carne (2010) y Fuerzas especiales (2013). Lo interesante de este trabajo es demostrar la transición entre la violencia simbólica que gobierna los cuerpos enfermos en Impuesto a la carne y el paso hacia la violencia directa que ejecuta muertes concretas en Fuerzas especiales. Pero, asimismo, se advierte un tránsito desde la anulación de toda resistencia en la primera novela hacia una insurgencia lúdica y virtual en el segundo texto. El trabajo de Ksenija Bilbija sobre el caso de Luz Arce en la dictadura chilena también propone una lectura de contrastes. Para Bilbija, la experiencia de Luz Arce –militante de izquierda que posteriormente serviría al régimen dictatorial– puede entenderse como un testimonio individual que adquiere un valor social para releer críticamente aquellos años de violencia, o como un modo en el que el neoliberalismo ha hecho que la memoria se vuelva una mercancía.

Posteriormente vienen dos trabajos  sobre el terrorismo de Estado en Argentina. Corine Pubill analiza la novela Madrugada negra (2007) de Cristián Rodríguez para entender los procesos de violencia dirigidos por la dictadura de Videla. Al respecto, hay que destacar que Pubill atiende cómo la dictadura convirtió a la ciudad en un eje de control y muerte. Por su parte, Fernando Reati va a detenerse en el tema de la culpa individual de aquellos que fueron indiferentes o tomaron una posición apolítica ante la violencia dictatorial. Pero Reati, agudamente, no quiere comprender una inercia moral, sino el modo en que la dictadura produjo ese comportamiento, anulando toda reacción ante la hegemonía de su poder. Los casos de indiferencia son analizados a partir de una lectura de La culpa (2010) de Antonio Dal Masseto y Una misma noche (2012) de Leopoldo Brizuela. El aprendizaje de callar es una operación estratégica de biopolítica hegemónica, pues como indica un pasaje de la novela de Brizuela: “Cuando una experiencia se calla durante tanto tiempo… ya no puede distinguirse si fue real o imaginaria”.

La sección cierra con una reflexión de Sandra Lorenzano titulada “Cuerpos y ausencias. Por una poética de la memoria”. Lorenzano se detiene en cortometrajes y en exposiciones fotográficas para enfatizar el modo en que la ausencia se hace presente, en que la memoria borrada quiere hacer visible para producir nuevas comprensiones de lo que fue y es la violencia. Si bien en principio los textos fílmicos y las fotos hablan de pérdidas familiares, la autora reconoce que en realidad estas historias íntimas nos hablan de las ausencias “de toda una sociedad”. Frente a esto la escritura se concibe como una forma de decir las palabras de aquellos que ya no están y quieren volver a casa. Cuando se afirma que se escribe “para no ser más que palabras” se resalta el compromiso político que ha de guiar todo acto literario en contextos de violencia.

Senderos de violenciaabre la posibilidad para un diálogo de mayor complejidad a nivel transnacional, apuntala sobre todo esa capacidad para que una experiencia pueda nutrirse y aprender de otra, pero sin caer en una lectura monolítica de la violencia. Historias en común, memorias, traumas, heridas, no han de conducirnos a una pretensión homogénea sino a una alianza de diferencias para que la violencia pueda ser cuestionada más allá de los lugares comunes; para convertir la violencia, su historia excesiva y carnal, en nuevas formas de construir y vivir la historia en Latinoamérica.