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Una publicación de la asociación SER

¿Para quién se incendia?

Cuando se acaba la lectura, Incendiar la pradera (La Siniestra Ensayos 2015), de José Luis Rénique, la primera sensación que queda es que la revolución en el Perú fue más un esfuerzo de una clase intelectual que de una real participación popular, campesina o indígena. Por este motivo este libro no solo es el repaso de diversos proyectos de guerrilla, sino un testimonio de la formación letrada del Estado.

Así, considero capital que el libro inicie analizando el pensamiento de Gonzales Prada pues este será la fuente de muchas taras en las sucesivas izquierda. El jaez de los ensayos de Gonzales Prada finalmente define el acercamiento que luego tendrán Luis de la Puente Uceda o Héctor Béjar: la liberación es guiada por un grupo que pertenece a un campo de poder privilegiado, finalmente letrado, que a pesar de sus campañas no deja de articular una concepción “romantizada” o “importada” de la revolución (especialmente cuando se trata de alianzas con el mundo campesino).

De este balance, sin embargo, destacarían las figuras de Hugo Blanco y Juan Velasco Alvarado. El primero, por su contacto y conocimiento de primera mano de la realidad campesina en La Convención (y cuyo proyecto se diferenció de los movimientos del MIR y de la izquierda tradicional). El segundo, ya que realizó un corte radical frente a un Estado de corte oligárquico, lo cual no hizo sino concretar un sentimiento colectivo de intentos precedentes, especialmente las guerrillas del 60’.  

No obstante, el autor no idealiza ninguna figura. Por ejemplo, a la vez que reconoce el radicalismo del primer Haya de La Torre, citando pasajes de su obra que comprueban su temprana filiación con el comunismo, también ofrece un panorama de sus alianzas con Odría y su inclinación hacia una política imperialista, todo lo cual provocó diversos cismas en el APRA. También, el proyecto de Blanco es criticado; asimismo se resumen los principales óbices del gobierno velasquistas. Sobre este último punto vuelve la paradoja de la realidad y el deseo que ha atravesado a los movimientos revolucionarios en Perú. Y con esto quiero indicar el desencuentro entre una praxis social, como fue la del desarrollo agrario, y una Reforma Agraria sobrepasada en su implementación. Esta reflexión se hace ahora más que necesaria si consideramos el coloquio “Nuevas Miradas sobre el régimen militar de Velasco Alvarado” realizado la semana pasada en Lima.   

El libro es una crítica creativa de la izquierda y un recuento didáctico (en su sentido más sobresaliente) de la historia republicana. A lo largo de sus páginas lo que más destaca es lo que se nos plantea como ausencia: la dificultad, por parte de los movimientos revolucionarios (desde el llamado de Gonzales Prada hasta las guerrillas del 65, por ejemplo), de establecer alianzas que no sean jerárquicas, que no impongan representaciones forzadas sobre un socius andino. Y en este punto la obra de José Carlos Mariátegui puede considerarse como lo más cerca que estuvimos de un diálogo entre revolución y campo, entre ciudad letrada y realidad indígena, que luego de su muerte fue difícil comprender y continuar.

Sería interesante poner en relación la perspectiva que Rénique nos ofrece sobre la revolución, y el reciente libro de Marisol de la Cadena, Earth beings (Duke UP 2016), donde se presenta la existencia de un tipo de política no-humana, alternativa a las representaciones izquierdistas o liberales. Frente a una historia de revoluciones sociales, que surgen del pensamiento de una época, tenemos también una resistencia que no solo opera a nivel antropocéntrico y según la cual, por ejemplo, los cerros son actantes políticos. ¿Es posible pensar en una geo-política o política de la tierra que dialogue con la política de la revolución?

Un ejemplo del desencuentro radical fue entre la revolución de Sendero Luminoso y la realidad andino-campesina. Como precisa Rénique, Sendero Luminoso surgió en un contexto de descontento campesino-provincial, como una respuesta que pretendía articular un sentimiento colectivo frente al Estado tradicional. Como parte de su estrategia para ganar el apoyo campesino el autor destaca, por ejemplo, el teatro de Sendero Luminoso que no hacía sino alimentar la imagen del indio como sujeto subalterno que necesitaba de otros para ser liberado.

Con el apéndice “La guerra senderista: el juicio de la historia”, Incendiar la pradera se convierte en una invitación a repensar la formación de Sendero Luminoso, el modo en que su discurso fue una continuidad de anteriores políticas revolucionarias, y sobre las variantes de su estudio. Sobre este último punto el autor resalta los contrastes entre los enfoques de Cynthia McClintock y David Scott Palmer, por un lado, y por otro lado de Alberto Flores Galindo y Carlos Iván Degregori. Frente a cierto sesgo académico americano el autor advierte un sesgo más preocupante, a saber: el modo en que hoy por hoy el país reconoce y comprende lo que significó Sendero Luminoso. Se resalta así que la idea de “Marca Perú” se ha impuesto sobre la reflexión histórica.