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Una publicación de la asociación SER

Planificación, política e ideología en Lima.

Foto ©Arlet Silva

Mijail Mitrovic

A propósito de Lima en concreto, una historia en transformación de Yuri Gómez

Como lo declara desde el inicio del libro Lima en concreto, una historia en transformación. Obras públicas, modernización urbana y segregación espacial (1821-1968) -editado por la UCAL en 2019-, al sociólogo Yuri Gómez le interesa explorar el proceso histórico que llevó a que en Lima impere “una lógica de proyecto y no (…) una intrínseca de ciudad, en donde prima la unicidad del proyecto individual con el anhelo colectivo de una aprehensión de la modernidad.” (p. 15) Lejos de que se trate de un problema que se explicaría por un mantra como “aquí nunca hubo planificación urbana”, el libro muestra que la planificación ha estado íntimamente urdida desde mediados del siglo XIX con la política nacional, y sobre todo con las apuestas personalistas de presidentes ejemplares como Castilla, Leguía y Belaúnde. Se trata, entonces, de revelar la planificación efectiva que la política le imprimió a la cuestión urbana hasta 1968, justo antes del golpe de Velasco. Porque podríamos decir que hasta entonces primó una lógica según la cual los cambios en la forma urbana debían realizarse para conservar las estructuras de acumulación, prestigio y privilegio de clase instauradas por la dominación oligárquica desde muy temprano en la República. Al mismo tiempo, se trataron de preservar las dinámicas sociales tradicionales que, en muchos casos, provienen de la sociedad colonial.

Aunque convendría presentar el panorama histórico que recorre Gómez en el libro con la precisión y detalle que amerita, me concentraré en delinear el aspecto que me interesa más del recorrido que propone, a saber, la indagación que busca captar a través de la forma urbana los cambios al nivel de la subjetividad. Más precisamente, intenta dar cuenta de cómo el análisis histórico de la forma urbana nos permite comprender algo así como el inconsciente arquitectónico o urbanístico que articula los proyectos aquí analizados, que a su vez muestra el inconsciente político -diría Fredric Jameson- que imperó en tres períodos de nuestra historia republicana. Que imperó mas no fue reconocido como tal, y en esa incomprensión acaso encontremos pistas para entender mejor nuestra propia percepción actual de la ciudad, y cuán poco se encuentra guiada por su historia política.

En buena cuenta, el enfoque de Gómez trabaja una lectura de la forma urbana como parte de una cultura material que, en términos marxistas, debe ser siempre comprendida como la cristalización de fenómenos económicos, políticos e ideológicos al mismo tiempo. Este último aspecto es clave, pues desde los estudios de Manfredo Tafuri y Jameson podemos reconocer a la arquitectura como una práctica ideológica que, en cuanto tal, expresa los deseos de los individuos que la realizan, así como sus intereses de clase, mientras que, desde otro ángulo, modela al sujeto que supone como usuario ideal de sus construcciones. En esa doble vía, como expresión de clase y como proyección de un uso futuro, utópico o no, la arquitectura y el urbanismo muestran su naturaleza ideológica, lejos de la imagen excesivamente técnica y formal que usualmente encontramos en el comentario arquitectónico a nivel mediático. Desde aquí, paso a reseñar los capítulos del libro de Gómez.

Así, a Castilla lo precede el boom del guano y el llamado caudillismo, mientras a nivel urbano destaca la introducción del discurso del ornato público, que aglutinó valores sociales aristocráticos como la decencia, el recato y las buenas costumbres frente a las capas populares de la sociedad, asociadas con el hacinamiento, la vagancia, la insalubridad, y demás valores negativos. Contra ese telón de fondo, Gómez nos muestra la Penitenciaría de Lima (1862) como caso que condensa las múltiples dinámicas del periodo, y que, además -como lo señaló Jorge Villacorta en la presentación del libro que compartimos-, lleva al autor a ubicar en la Penitenciaría el inicio de la modernización urbana de Lima, en vez de otros hitos icónicos más tardíos, como el monumento al Combate del Dos de Mayo (1872), usualmente señalados como quiebre con la configuración urbana previa.

Se trata de un edificio pionero en la consolidación de una arquitectura que se aleja de la colonial, donde también encontramos la aplicación, aunque fallida, de modelos de disciplinamiento provenientes del primer mundo, como el Panóptico. En un segundo nivel, La Penitenciaría vendría a disputar la dominancia paisajística de las Iglesias del centro, instalando dentro de los muros de la ciudad -que poco después serían derribados- una nueva dinámica de control social, asociada a un Estado fuerte, plantea Gómez. (p. 47) Sin embargo, es sugerente que ese disciplinamiento moderno no haya prescindido de la instrucción religiosa, sino que la haya puesto en el centro de la lógica de control social. Entre otras cosas, esto indica cómo las élites buscaron sostener las jerarquías sociales a través de la continuidad de las instituciones tradicionales, mientras la ornamentación urbana al interior del centro reforzaba “los valores de la decencia y el buen gusto”, expresados en “los principios de orden y adorno”. (p. 53)

El segundo momento que el autor presenta instala “nuevos intramuros”, y se refiere a las formas que el control social adquirió gracias al discurso higienista, el que comandó los cambios a nivel de vivienda y de espacio público. De hecho, Gómez sugiere que en este periodo (que va desde fines del siglo XIX hasta el final del oncenio de Leguía) se constituyó el lugar de lo público en oposición a lo privado. Aparecen las diversiones para las élites y los sectores populares, proliferan a mayor escala y número los monumentos, así como los óvalos y plazas como espacios ceremoniales, y las grandes avenidas como vías hacia la modernización, orientada más hacia Europa que a Estados Unidos, vale decir.

La avenida Leguía -hoy Arequipa-, que el autor presenta como caso ilustre de la época, es una buena metáfora del momento entero: mientras la gran avenida, con sus palmeras, arco morisco y demás formas bellas debía conducir a las élites hacia sus nuevos espacios de sociabilidad -Miraflores, San Isidro, etc.-, los terrenos adyacentes a la vía se vieron copados por chalets. En este proceso, la zona residencial empezó a perfilarse como el indicador de estatus, lo que se agravaría con la presión demográfica resultante de la elevación de los estándares de vida y la masiva migración que empezaba a asomar. Esos son los intramuros: los nuevos barrios que definen la dinámica urbana y operan como criterios de diferenciación social. No en vano el de Leguía fue el periodo que inauguró cierto populismo de derecha entre nosotros, que buscaba generalizar la experiencia de la modernidad al todo social, pero manteniendo intacta la base material de la oligarquía -según sugiere Gabriel Ramón-, así como las formas aristocratizantes de sociabilidad. Digo que no es en vano porque contra ese populismo es que surgirán las alternativas del APRA y del comunismo, para comandar ese mismo proceso de modernización de masas hacia otros fines.

El tercer y último capítulo versa sobre el problema de la vivienda social en la época de Belaúnde, pero lo retrotrae hasta los primeros Barrios Obreros de la década del 30, bajo el mando de Benavides y su “orden, paz y trabajo”, asociadas a las políticas raciales que apuntaron a crear un obrero que supere la indigeneidad, como ha sugerido Paulo Drinot. Es curioso que ya en esta época se haya planteado al barrio obrero como una versión popular de la vida de la élite, con viviendas unifamiliares y pautas de sociabilidad orientadas a las buenas costumbres, la decencia, la religiosidad y demás rasgos nuevamente aristocráticos. Además, se trataba de despolitizar a esos potenciales proletarios sujetos de una revolución comunista, por lo que se apuntaba a constituir un sujeto “sin ideologías”, abocado al trabajo y la vida digna de quien se mantiene siempre en su lugar. Esta característica no será del todo subvertida por el desarrollismo capitalista de Belaunde y compañía, sugiere Gómez, y diría que este es el aporte más polémico de su libro.

Ante los desafíos de la migración y la dinámica que iban adquiriendo las llamadas barriadas en la periferia de la vieja Lima, las Unidades Vecinales, así como los Agrupamientos y las Residenciales, estuvieron orientadas a constituir un sujeto de clase media que le muestre los valores de la modernidad (es decir, del capitalismo norteamericano), así como del buen vivir cristiano, a los sectores populares. Con servicio doméstico incluido, como han señalado Elio Martuccelli y Luis Rodríguez Rivero en diversos estudios. Fueron enclaves de una modernidad excluyente, al igual que muchos de los espacios y escenarios en que se desenvolvió la vanguardia plástica de los años 60. Esos enclaves, así como otros en múltiples campos de la sociedad, serían demolidos por el Gobierno Revolucionario de la Fuerza Armada a partir de 1968, con mayor o menor éxito en el largo plazo. En qué medida cabría calificar de “sujeto moderno” a estas subjetividades construidas implícita o explícitamente en estos proyectos a lo largo de la historia, será materia de un futuro debate para el cual este libro constituye un aporte fundamental.

 

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"Lima en concreto, una historia en transformación", será presentada el día martes 21 a las 7:00pm, como parte del ciclo de "Nuevas miradas sobre la Vieja Lima." en el Urban Hall (Jr. Carabaya 501). Ingreso Libre.

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