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Una publicación de la asociación SER

Prolepsis

En el artículo anterior contamos resumidamente una reciente historia ocurrida en EE.UU. con la política de sanidad pública promovida por el ex presidente Barak Obama, el Medicare. Y cómo sus opositores lograron desprestigiarla usando un potente recurso retórico de cuatro palabras: “comité de la muerte”.

Esta palabra según el autor del libro citado en el artículo pasado, Mark Thompson, tuvo el éxito descrito porque en ella resumía distintas dimensiones. Por ejemplo, oposición ideológica, miedo, prejuicios, disgustos acumulados, etc.

Pero el autor sitúa a la frase “comité de la muerte” como un recurso retórico denominado “prolepsis”. Esta que es un recurso de la narración que se utiliza para anticipar una declaración o para realizar una pausa en el presente narrativo y narrar un acontecimiento que tiene lugar en el futuro.

La prolepsis también puede ser una especie de “profecía autocumplida” pero en un sentido negativo, ya que intenta justificar acciones o discursos religiosos, políticos o ideológicos con la finalidad de manipular, torcer la voluntad de la gente; o acrecentar su poder a costa de las expectativas de las personas.  Y, como señalé en mi última columna, en nuestros conflictos sociales del Perú se han consolidado muchas frases de dicha naturaleza, que pretenden advertir el futuro, pero también el presente. Por ejemplo, “agua sí, mina no”, “con mis hijos no te metas”, “ideología de género”. Y quizás palabrejas que no necesariamente tienen que ver con los conflictos sociales como “proterruco” o “caviar”.

Examinemos la frase “ideología de género”, que resume muchos prejuicios que tienen como punto de partida la ignorancia o la falta de información. Y para redondear su potencia se suma un fundamentalismo religioso que es la expresión de fe exagerada e intolerante, que es un modo de vida de muchas personas en el país. Esto logra convertirla en una especie de proclama de guerra santa en contra de aquellos que supuestamente estarían conspirando para destruir “los valores de nuestra sociedad”.

Lo terrible es que se haya usado una legítima preocupación por la enseñanza de valores en las escuelas como un medio para imponer una forma particular de relacionarse con la vida a partir de la fe religiosa. A la vez se usa para afirmar los estereotipos, estigmas y prejuicios en contra de las minorías sexuales, apelando a la desinformación de los padres y madres conjugándola con una supuesta verdad religiosa. Y, por otra parte, se acusa a una política pública de pretender la “homosexualización” de la niñez a partir de una “ideología global” que supuestamente pretendería destruir “el orden natural del mundo puesto por Dios”.

Ahora bien, ¿esto responde solo a ese temor infundado o existen otros motivos? Es posible que sea la mezcla de distintas razones. Como en el caso de EE.UU., el rechazo a las políticas de educación formaba parte de una disputa ideológica entre republicanos conservadores y los demócratas llamados despectivamente como “progres”. En el caso peruano, existe un sector de políticos que ha encontrado en el conservadurismo local un fuerte nicho de seguidores, dispuestos a defender su causa.

Además, creo que a pesar de la desconfianza que existe en la población hacia los discursos políticos, mucho de esta campaña en contra de la implementación del enfoque de igualdad de género tiene como principales defensores a congresistas. Su ventaja es que gracias al recurso retórico “ideología de género” no necesitan apelar a discursos sofisticados para conectar con los receptores de los mensajes.

Por todo lo anterior, el Estado y el gobierno en un primero momento no han sabido cómo replicar las razones, argumentos o versiones distorsionadas sobre el enfoque de género. Quizás esperanzado en la buena fe de las personas o que la vorágine de la coyuntura social de nuestro país diluiría estas resistencias. O suponiendo que “informando” o gracias a los “talleres informativos” se calmarían los cuestionamientos. Pero no comprendió que hay un ejercicio que no solo pasa con informar sino por hacer política.

Como bien se sabe, la política no admite el vacío. Y si el Estado renuncia a ejercer su rol  -de forma inteligente y pertinente- para llevar adelante políticas públicas, serán otros los que ganarán terreno en la ciudadanía,  posicionando sus agendas particulares. Y como lo hemos visto, con unas pocas palabras se ha creado una poderosa frase que ha puesto en  jaque una política pública que era beneficiosa para hombres y mujeres. Evitar el vacío político es una tarea urgente si es que de verdad queremos cambiar las cosas.