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Una publicación de la asociación SER

¿Puede hablar Carmen Taripha?

La ausencia de los informantes en los procesos de recopilación de testimonios o relatos orales confirma nuestra condición colonial del saber. Con ausencia me refiero específicamente al no reconocimiento de una participación activa, autónoma, y al valor de un propio conocimiento, más allá de gestos paternalistas o románticos. La ausencia significa la anulación del cuerpo y la ideología de los informantes, quienes se convierten solo en traducciones lingüísticas, en datos pintorescos, en resignificaciones discursivas, como si su única forma de “ser” consistiera en la inclusión dentro de campos letrados. Este es el caso de Carmen Taripha.

Lo que sabemos de ella nos llega por referencias, por menciones discontinuas. Carmen Taripha fue empleada doméstica del padre Jorge A. Lira, pero sobre todo fue quien le contaba relatos orales andinos. El padre Lira luego recogería y traduciría muchos de estos relatos en su libro Canto de amor (1956) y en otros volúmenes como Tutupaka Llakkta. Las narraciones de Carmen, transcritas por Lira, serán también traducidas por José María Arguedas. Estos relatos que emergen de la experiencia y el conocimiento de Carmen, quien simplemente es relegada a un plano invisible o, a lo más, anecdótico. 

Arguedas, en la primera traducción que hace de “La amante de la culebra” y “El negociante de harinas” (Las Moradas, n. 2, 1947), comenta sobre el método del padre Lira, basado en escuchar a Carmen y transcribir rápidamente. Más allá de algunos problemas metodológicos o dificultades lingüísticas, pareciera que la traducción es un proceso fluido y estrictamente lexical. Es decir, Carmen no importa por su individualidad sino únicamente por ser el receptáculo de una información valiosa para ambos sujetos letrados. Esto se enfatiza en recuerdo de Carmen en El zorro de arriba y el zorro de abajo (1969). Arguedas visualiza a Carmen solo como narradora oral, ciertamente con gran potencia y talento, a tal punto que considera que sus cuentos superan la escritura de García Márquez. Así leemos: “aunque en Cien años hay sólo gente muy desanimalizada y en los cuentos de la Taripha los animales transmitían también la naturaleza de los hombres en su principio y en su fin”.

No obstante, lo que no se ve, lo que se ha borroneado en esta Historia, es la existencia de Carmen como persona. Es aquí necesario enfatizar los factores de clase, raza y género de Carmen y en qué medida dichos factores influencian sus relatos orales. La invitación es dejar de pensar en ella dentro de la generalización de una tradición andina, y más bien evaluar sus condiciones materiales, corporales, a partir de la información parcial que nos ha llegado. Por ejemplo, si consideramos la imbricación de clase y género resulta fundamental analizar su trabajo de criada en el contexto histórico cusqueño en la primera mitad del siglo XX. ¿En qué medida las narraciones orales expresarían la agencia de una mujer andina?   

Otro punto indispensable es analizar la figura de Carmen no solo como narradora sino como autora. En Canto de amor o en la traducción de “El Torito de la piel brillante”, Carmen es una referencia editada, a lo mucho una nota, un agradecimiento, un pie de página. Por ejemplo, en las primeras páginas de Canto de amor encontramos esta dedicatoria: “A la memoria de Carmen Taripha M., excepcional y primera folklorista oral del Sur del Perú, a cuyo aliento le debe la existencia este libro por el cariñoso y decidido aporte que le prestó en todo momento”. Ninguna otra referencia. La superioridad letrada consiste en la autoridad para reconocer quien es o quien no es un autor. Esto queda mucho más claro cuando el relato oral “La amante de la culebra” es incluido en La narración en el Perú (1955), editado por Alberto Escobar, y atribuido a la autoría arguediana.  No obstante, la presencia de Carmen no dejar de esta ahí, marcada, aunque en tinta tenue, recordándonos que hay algo más que los nombres de Arguedas y Lira.

Otro aspecto importante a tener en cuenta es la identidad cultural de Carmen. En el marco de un debate entre el padre Lira y Arguedas en 1956, debido al purismo lingüístico del primero en las traducciones de Canto de amor, Arguedas afirma que Lira eliminaba las palabras en castellano usadas por Carmen al hablar en quechua. En este sentido, Carmen es reducida a un ideal de autenticidad y su habla es homogeneizada. La experiencia de lenguas en contacto, principalmente el hecho de los préstamos del español en el quechua, nos puede brindar luces sobre la relación fluida o tensa de Carmen con el español y otros códigos culturales occidentales.

Escuchar a Carmen tiene dos implicancias: primero, es necesario refutar la violencia de las jerarquías coloniales entre sujetos letrados e informantes. No deja de sorprender el modo en que Arguedas reproduce esta jerarquía cuando solo ve a los informantes como agentes productivos al servicio del afortunado recopilador: “Es posible que, como ocurre invariablemente en estos casos, Uhle [para recopilar los textos de El cóndor y el zorro (1968)] haya tenido la fortuna de encontrar un excelente narrador en quechua en la ciudad del Cuzco, como lo encontró el padre Lira en la Sra. Carmen Taripha, también en el Cuzco (Maranganí) y cómo encontré yo, en Lima, al admirable narrador Luis Gilberto Pérez del pueblo de Lucanamarca, Ayacucho”. Segundo, es indispensable corporalizar la presencia de los informantes, reconocer sus complejidades sociales, culturales, sexuales y afectivas, más allá de lo políticamente correcto o la retórica culturalista. Queda así pendiente comprender cómo Carmen, empleada doméstica, hablante de quechua, mujer indígena, resulta regulada/controlada por discursos letrados. La condición colonial del saber forma parte de un sistema de jerarquías de género, donde Carmen es siempre un cuerpo invisible o espectral.