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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

Puerto Rico: ¿gatopardismo o vientos de cambio?

Para muchos, Puerto Rico solo era sinónimo de música y alegría hasta hace pocos años. Era una rareza mencionar a la isla cuando se hablaba de política latinoamericana. Vista más como una colonia de los Estados Unidos en la práctica, su imagen no estaba asociada a los problemas comunes que tienen sus vecinos en la región. Los medios de comunicación contribuyeron a la construcción de ese relato.

Esa visión parece haber cambiado en este siglo. La crisis económica que vive hace más de una década y el escándalo político que originó la renuncia del gobernador Ricardo Roselló, son hechos que han puesto a Puerto Rico en el escenario internacional actual.

Comencemos por el final. Roselló se vio obligado a renunciar luego de masivas protestas contra su gobierno, debido al escándalo del Telegramgate. El exgobernador se expresó en un chat grupal con ofensas de tinte machista y homofóbico contra políticos de oposición, e incluyó en sus insultos al astro musical Ricky Martin. También amenazaba a la prensa y se burlaba de las víctimas del huracán María, que dejó más de 4 mil muertos hace dos años.

Esta revelación generó una ola de indignación nunca antes vista en la historia de Puerto Rico. Residente, el famoso integrante de Calle 13, apuntó al gobernador y pidió su renuncia. Su tema Latinoamérica, además de sus ideas independentistas, han visibilizado su tendencia de izquierda. Otros artistas menos politizados, como Bad Bunny y el propio Ricky Martin, también pidieron la dimisión de Roselló, que se concretó el pasado 2 de agosto. La popularidad de los mencionados, que además representan una hegemonía cultural en América Latina con el reguetón como estandarte, contribuyó a la caída del gobernador al colocarse al frente de las protestas.

Roselló se fue, y su sucesor, Pedro Pierluisi, solo estuvo cinco días en el cargo tras ser rechazado por el Senado puertorriqueño. Ambos eran del Partido Nuevo Progresista. Cercano al Partido Demócrata de los Estados Unidos, esta agrupación postula que Puerto Rico ya no sea un Estado Libre y Asociado, sino un Estado Federal como lo son Texas y California. Que cambie todo para que no cambie nada, frase del gatopardo, parecía ser la idea.

A fines del siglo XIX, Puerto Rico era, junto a Cuba, una de las dos colonias que le quedaban a España en el Caribe. Esta nación sostuvo una guerra con Estados Unidos en 1898, que terminó en victoria de estos últimos. El saldo fue la cesión de ambas islas a la futura potencia, que ya comenzaba a construir su hegemonía.

Mientras que Cuba se mantuvo como una república títere hasta la victoria de la revolución de los hermanos Castro en 1959, a Puerto Rico se le concedió la condición de “Estado Libre y Asociado” a los Estados Unidos en 1952. Ahora podía tener su bandera, su constitución y elegir su gobernador por voto popular. Sus ciudadanos eran reconocidos como estadounidenses e incluso adoptaron el dólar como moneda. En contraparte, Estados Unidos podía tomar decisiones en temas de defensa, migración y economía. Una especie de mancomunidad británica a lo yanqui.

Estados Unidos brindó por décadas incentivos fiscales a las empresas que invirtieran en Puerto Rico. Gracias a esto, el nivel de vida del puertorriqueño promedio superaba al de cualquier país latinoamericano e incluso de Europa. Pero los movimientos independentistas nunca cesaron en el siglo XX.

A partir de 2005 todo cambió. El gobierno de George W. Bush eliminó estos incentivos y Puerto Rico entró en recesión. La deuda externa superó los 70 mil millones de dólares y el país se declaró en bancarrota en 2015. Al año siguiente, el presidente Barack Obama implementó medidas de austeridad, como despidos, recortes en jubilación y salud y hasta cierre de escuelas. El huracán María de 2017 fue la cereza de esa torta fea.

Si bien la caída de Roselló es un logro político, lo cierto es que por ahora nada parece salir del statu quo que manda que esta nación siga siendo una colonia. Esta posición parece ser mayoritaria por ahora, porque aún con los recortes de Washington, el puertorriqueño promedio prefiere no perder lo poco que tiene a cambio de una autonomía incierta. Sin embargo, ya hay un descontento con esta situación, a lo que se suma el factor Donald Trump y su rechazo hacia los migrantes latinoamericanos, muchos provenientes de la isla.

La nueva gobernadora, Wanda Vásquez, ya ha dado algunas señales a favor de ese descontento, pese ser del partido de Roselló. No ha cedido a las presiones de su propia agrupación para dejar el cargo en favor de una protegida del exgobernador; y ha descartado la propuesta del Estado federal. Ha anunciado que su prioridad es atender las razones de las protestas de julio, que por cierto, llevaban en alto la bandera puertorriqueña y no la estadounidense. El tiempo y la articulación política de la indignación dirá si esto será otro gatopardismo como la recordada Primavera Árabe o es el inicio de vientos de cambio.