Skip to main content
Una publicación de la asociación SER
Poeta y periodista

Razones para el pesimismo: un colofón brasileño

El domingo pasado publiqué aquí una columna titulada “Cambio climático: razones para el pesimismo”. En ella dije, entre otras cosas, que la lucha contra el calentamiento global y el cambio climático ha sido hasta ahora un rotundo fracaso, y que su fracaso revela los casi inconcebibles extremos a los que el capital y la clase capitalista están dispuestos a llegar, a cambio de proteger la tasa de ganancia y extender el ciclo de la acumulación.

Para lograrlo, no dudarán en hacer trizas las instituciones de la democracia liberal y descartar su carcasa cuando haya dejado de serles útil. En ese esfuerzo arriesgan de manera  intencional la continuidad de los ecosistemas que nos sustentan, el futuro de la civilización e incluso la supervivencia de la especie, sin importar el sufrimiento que ello cause (que será atroz, y ya está sucediendo).

Sé que esto suena exagerado. No lo es. Me parece que mirar desde ese ángulo lo ocurrido en Brasil puede ayudar a entenderlo.

No hay ningún escenario en el que será posible contener los efectos más destructivos del cambio climático sin proteger los bosques tropicales de la región amazónica. Si no se detiene la acelerada deforestación en curso (más de 30 millones de hectáreas perdidas en los últimos 20 años), no tenemos ni siquiera una mínima esperanza de evitar la catástrofe. Y Brasil es el principal protagonista de esa lucha, pues tiene no solamente la mayor área de bosques primarios en la región, sino el ritmo más elevado de pérdidas.

Ciertamente, el historial medioambiental del Partido de los Trabajadores es mixto y cuestionable en muchos aspectos. Y en términos de detener la deforestación de la Amazonía, los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff no lograron gran cosa. Pero de ninguna manera la elección de Jair Bolsonaro, enemigo declarado de las políticas de protección del medioambiente, es un avance. Es todo lo contrario.

Bolsonaro —quien hace pocas semanas declaró que “Brasil no le debe nada al medio ambiente”— está desmantelando a paso acelerado las políticas de sus predecesores, generando un rápido aumento de la tala e insistendo en ofrecer sus territorios amazónicos a la explotación industrial, en alianza con los capitales globales. Sus políticas están diseñadas para favorecer a los sectores poderosos ganaderos y agroindustriales, principal motor de la deforestación en todos estos años.

Esos grupos, que dominan históricamente la derecha brasileña, estuvieron detrás del “golpe institucional” que derrocó a Dilma Rouseff y puso a Michel Temer en la presidencia. Hoy junto a ellos la gran banca y los más importantes medios de comunicación están detrás de Bolsonaro, cuyo ascenso apoyaron directamente o al menos vieron con beneplácito.

Hoy tenemos confirmación irrefutable de que ese ascenso se produjo por medios ilegítimos. Gracias a revelaciones del periodista Glenn Greenwald en The Intercept, se ha puesto en evidencia que el encarcelamiento de Lula y la prohibición por mandato judicial de que participe en las elecciones se logró ilegalmente: el juez y los fiscales encargados del caso coordinaron de forma sistemática para potenciar las pobrísimas pruebas en contra del expresidente, algo explícitamente prohibido en la legislación brasileña.

Lula, hay que recordarlo, iba camino a una nueva presidencia cuando lo sacaron de carrera. Si ya el viciado y espurio impeachment de Dilma significó un duro golpe contra la institucionalidad democrática de su país, la cruda maniobra destapada esta semana muestra el vaciamiento y la torcedura de esas instituciones en su real dimensión.

Por supuesto que el tema medioambiental no fue el centro del debate político brasileño en la campaña electoral, y sigue sin serlo hoy. Del lado del poder, otros proyectos largamente reclamados desde la derecha e inviables bajo el PT, como la liberalización del empleo y la reducción del gasto social, ya están en marcha. Del lado de la ciudadanía, la inicial popularidad de Bolsonaro entre los votantes no se basó en su programa anti-ambiental, que sin duda ocupó un lugar secundario en la conciencia ciudadana. No lo eligieron por eso.

Pero ese es precisamente el problema. Para repetir lo que escribí en mi columna previa: el medioambiente tendría que haber estado en primerísima línea, muy por delante de cualquier otro tema. Lo que está en juego ahí, muy en el corto plazo y sin exageraciones, es la viabilidad misma de la vida humana. Ese tendría que ser el caso en todas nuestras conversaciones y debates políticos, en todas partes del mundo, y es poco menos que suicida que no lo sea.

En resumen, entonces: para librarse de las ya de por sí insuficientes políticas de protección del medioambiente puestas en marcha en Brasil por el Partido de los Trabajadores, esos núcleos del capital, junto a sus aliados del sector financiero y las comunicaciones, han promovido el ascenso al poder de alguien que les garantiza mayor libertad de maniobra y mayores ganancias. Y según lo que sabemos desde esta semana, eso se logró vía recursos ilegales que socavan de forma quizá irreparable la ya maltrecha democracia liberal de la mayor potencia sudamericana.

Lo que han conseguido con todo ello es un ritmo más acelerado de tala en la hoya del Amazonas. Tendrán más hectáreas para sus pasturas y sus plantíos de soja. Y destruirán así el ecosistema planetario del que dependemos todos, pero eso, desde el punto de vista de la lógica del capital, qué importa.