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Una publicación de la asociación SER

Reconciliación artificial

PPK ha distorsionado la idea de reconciliación, apropiándosela para su propio beneficio. Después que no fuera aprobada la vacancia presidencial, PPK dio señas de lo que vendría cuando señaló que el Perú debía darse “la oportunidad de una sincera reflexión y de abrir una nueva etapa. Reflexión y reconciliación”. Desde entonces el discurso del gobierno ha subrayado la necesidad de reconciliarnos como país. Este argumento ha sido la base para justificar el indulto al ex dictador Alberto Fujimori.

La reconciliación de PPK es resignación y olvido. Resignación ya que se quiere imponer un “borrón y cuenta nueva” a la fuerza, un “pasar la página” en nombre del bienestar del país. Olvido en tanto que este indulto y las gracias presidenciales pretenden borrar toda la serie de crímenes cometidos por Fujimori. La reconciliación quiere desaparecer una etapa de nuestra historia, anular reclamos y resistencias utilizando un discurso del perdón, de la paz. Mercedes Aráoz, fiel como siempre a sus principios políticos, lo aclara como sigue: “hay que comenzar a conversar, a recuperarnos y a olvidar”. De esta manera, esta reconciliación no es solo una falta de respeto a las víctimas de Barrios Altos y La Cantuta, sino una doble muerte, ya no solo física sino histórica.

Esta reconciliación reduce la importancia de la violencia interna en nuestro país. Decir que ahora toca perdonar a Fujimori implica que ya hemos logrado reconciliarnos con los años del terrorismo senderista y estatal. Así, hablar de reconciliación como hace PPK reduce las complejidades sociales y emocionales de los procesos históricos. En el periodo de la violencia interna se entrecruzan problemáticas ideológicas y afectivas entre el senderismo, las fuerzas militares, las muertes y la participación civil, tal como lo comprueban los trabajos de Carlos Iván Degregori, José Carlos Agüero y los documentos de la CVR. La dificultad y el desafío de este tipo de reconciliación se debe a que los hechos no pueden reducirse a “buenos” y “malos”, y es la superación de esa dicotomía la que debe guiarnos hacia nuevas comprensiones.

Este no es el caso de los crímenes de Fujimori. El ex dictador, a nivel discursivo y práctico, ejecutó asesinatos para perpetrarse y eternizarse en el poder, sin importar los costos y las víctimas. El fujimorismo mató a sangre fría, con el único objetivo de legitimar la autoridad dictatorial. Por esto mismo, no se puede hablar de reconciliación ante Fujimori. Esto no supone soslayar las responsabilidades del senderismo, especialmente en un contexto en el que Alfredo Crespo, como consecuencia del indulto a Fujimori, ha pedido también indultar a Abimael Guzmán. Es importante enfatizar las diferencias entre la reconciliación ante experiencias y memorias traumáticas y violentas (que no solo involucraron a un partido o a un líder sino a colectivos nacionales) y la imposición para reconciliarnos con un asesino.

Según IPSOS, un 56 % de la población aprueba el indulto a Fujimori, de aquí que la reconciliación de PPK no sea una abstracción. Un lugar común de posturas criticas al fujimorismo es caer en la satanización de ese sector de la población.  Lamentablemente esto evidencia una jerarquía intelectual, ya que, desde esas canteras, los que sí están a favor del indulto, incluidos los fujimoristas, son brutos, descerebrados, y como consecuencia el país está jodido. Tenemos que superar esta lectura facilista y apocalíptica. Es indispensable pensar cuales son los motivos que fundamentan ese apoyo al indulto, desde un análisis sociopolítico, más allá de los apasionamientos. ¿Qué factores entran en juego para que el discurso de “pasar la página” sea mayoritario entre un sector del país? ¿En qué medida y por qué el fujimorismo se ha convertido en una modalidad del “ser” peruano? Si nuestra primera respuesta es apelar a una supuesta “estupidez” seguiremos lejos de una comprensión histórica que ahora más que nunca es necesaria.

La reconciliación de PPK no es el disparate de un “abuelo bondadoso”, acaso manipulado por hordas fujimoristas. Su reconciliación es una jugada política de la que ha sabido sacar provecho, tanto de los intereses del fujimorismo de Kenji y de las preocupaciones de una parte del país que considera que reconciliarse es progresar. Por esto mismo, no podemos ser tan ingenuos y creer que PPK se va a quedar solo. La dimisión de congresistas, asesores y ministros va a producir reemplazos con una innegable orientación fujimorista, especialmente en el próximo gabinete de la “reconciliación” (el caso de Vicente Romero como nuevo ministro del Interior es un ejemplo). La reconciliación es la maniobra de PPK para legitimar su gobierno. Habiéndose salvado de la vacancia, su único interés es seguir siendo presidente, sin importar marchas, renuncias, críticas internacionales, que el tribunal de la historia lo juzgue o que muñecos con su rostro hayan sido quemados en la celebración de Año Nuevo. Si Fujimori, como él mismo se autoproclamara, es el arquitecto de la democracia moderna en el Perú, una democracia marcada por la corrupción, la argolla y el neoliberalismo, entonces PPK es su digno sucesor y la reconciliación su estrategia de poder.