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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

Retablo: varias lecciones de lealtad

Grande ha sido la impresión que ha causado Retablo en sus espectadores. La impactante película peruana en quechua de Álvaro Delgado Aparicio no solo ha generado aplausos al final de su exhibición en las salas. Ha dejado también grandes lecciones de lealtad, tanto de sus intérpretes como de su público.

Retablo se desarrolla en un pueblo ayacuchano. Un padre de familia llamado Noé (Amiel Cayo) es un destacado artesano de retablos. Su trabajo es requerido frecuentemente por su comunidad. Noé pretende que su hijo, el adolescente Segundo (Junior Béjar Roca), siga sus pasos. Para ello, lo hace trabajar con él en su taller e incluso lo lleva a lugares donde su arte es requerido. Como compañera tiene a Anatolia, interpretada por la consagrada Magaly Solier. Ella no solo desea que Segundo siga los pasos de papá como retablista; no quiere que sea “un campesino más” en su pueblo.

Sin embargo, Segundo tendrá varios descubrimientos dramáticos. La homosexualidad, la violencia y el machismo se le revelarán todos juntos al mismo tiempo. Y en plena adolescencia. Ante esta realidad que se le ha presentado abrupta, Segundo no solo tendrá que aprender a defenderse, como si fuera un protagonista de La ciudad y los perros de Mario Vargas Llosa. También descubrirá que la lealtad es un valor en un contexto de aislamiento social. Y la pondrá en práctica a pesar del qué dirán, incluida la opinión de su propia madre.

El papel del adolescente Segundo no ha sido la única lección de lealtad en torno a esta película. Los espectadores de Retablo también han hecho su parte. Como ha ocurrido con anteriores producciones peruanas que salen del molde de Asu Mare y de las películas gringas de superhéroes, las multinacionales de cine no la programaron en horarios estelares. La colocaron en pocas salas, esperando acaso que muera por sí sola. La respuesta del público que la vio en las semanas iniciales de su difusión fue avisar a los familiares, a los amigos y a los contactos del Facebook de su existencia. Y como efecto multiplicador, Retablo resiste en los cines peruanos con no pocos espectadores. Y tiene para varias semanas más en cartelera.

Exhibida hace dos años en el Festival de Cine de Lima, Retablo demuestra su superioridad con respecto a otras producciones de corte similar, como La teta asustada, en la que Solier tuvo una actuación destacada. La interpretación de sus protagonistas y su narrativa audiovisual son de alto nivel. No sería descabellado pensar que pueda postularse a grandes premios en festivales internacionales de cine. Y que incluso alcance alguna nominación al Óscar, lo que sería un hito en la historia del cine peruano.

Esa lección de lealtad del público, hecho que se va repitiendo con películas como Retablo, contrasta con la indiferencia de las grandes multinacionales de cine. Felizmente ha sido repelida por un público ávido de producciones que cuenten historias de nuestra realidad.

Pero esa visión de los multicines juega en pared con ciertos opinólogos que se hacen llamar liberales. En un contexto en el que se debate una nueva ley de cine, dicen que no se necesita que el Estado financie las películas nacionales. Sostienen que si un director hace un buen producto, ganará solo su público y por ende financiamiento para sus proyectos. Su propuesta es que un realizador peruano debe hacer la del emprendedor para surgir. Sufre si quieres progresar. Y si no, el pobre es pobre es porque quiere, parecen decir.

Estos señores no toman en cuenta la competencia desigual que las películas peruanas deben enfrentar ante grandes producciones de occidente, ya sean los Avengers o cualquier película europea. Estas últimas cuentan con financiamiento estatal gracias a leyes de sus propios países, que no son comunistas ni chavistas. En muchos casos obtienen apoyo de la empresa privada con una facilidad que aquí no se da.

En el otro lado de la moneda están nuestras producciones, que deben pelear por financiamiento público a través de concursos. Aún con ese apoyo, deben recurrir a alianzas con productoras extranjeras para poder ejecutar sus proyectos. En esas condiciones desfavorables, los opinólogos liberales repiten que los cineastas peruanos deben competir de igual a igual. Es como pedir a cualquier club del fútbol peruano que pretenda vencer al Real Madrid de España y la Juventus de Italia, ya no clubes deportivos, sino verdaderas corporaciones.

Esa visión de dueños de multicines y opinólogos liberales da cuenta no solo de su perspectiva estrecha acerca del cine peruano independiente, sino de cómo entienden el país. Ojalá que más temprano que tarde la lealtad del público peruano hacia sus buenas películas no solo se quede en la promoción en redes, sino que se plasme en políticas reales de apoyo a la producción nacional.

Retablo