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Una publicación de la asociación SER

Riesgo o asepsia

"Un ave que pasa se lleva el cielo /

un ave que mira se lleva el horizonte /

cuántas aves han pasado /

y aún, todo está intacto"

(Horacio Zeballos) 

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Creo que Horacio fue mejor poeta que maestro y mejor maestro que político (con perdón de sus simpatizantes). Cito el haiku que memoricé de inmediato, porque transmite con sencillez la contenida emoción de descubrir la inmensa e inagotable riqueza de la realidad; enseñanza fundamental que recibimos de niños y que nos queda para toda la vida. Algunos enseñaron a ver más detalles que otros e inclusive, más allá de lo evidente. He ahí la diferencia.

No me puedo quejar de mis maestros, aunque me niego a mitificarlos, como la costumbre obliga por estas fechas. Pasé mi secundaria como un alumno becario en un colegio caro de Arequipa y cuando el temor a la discriminación me hizo saltar sin amortiguadores a la adolescencia, los curas gringos fueron siempre rigurosos apóstoles de la igualdad de los hijos de Dios, de manera que pude beneficiarme de los resquicios democráticos que abrieron en medio de una sociedad clasista y jerarquizada.

Cuando me hablan de tolerancia como característica de un espíritu demócrata –que muchos, como el comandante Humala, interpretan como tontera condescendiente-, recuerdo siempre al Padre Gallagher. Resulta que Eduardo Hidalgo, el mejor alumno del salón a los doce años, le preguntó con ironía cómo era posible que Dios hubiera hecho primero la luz y varios días después a los astros que la producen. Con su medio castellano, el maestro trató de explicar que el relato del Génesis era un mito y no una crónica y que lo que buscaba era traspasar la verdad de la Creación a través de un lenguaje pictórico más que poético. Pero Hidalgo era hueso duro de roer y a la segunda ironía, cuando yo esperaba el shut up! o el castigo sin mayor trámite, el cura seguía atento a la argumentación del niño. Cuán distinto de los curas españoles franquistas que habían regentado el colegio antes que los gringos. Creo que la polémica duró tres clases y Eduardo hubo de ceder porque se encontró huérfano de apoyo en medio de la manada de borregos que éramos el resto.

Pero no fue flor de un día. Cuando estudiábamos la revolución francesa, Robert Miller quiso probar que más o menos había sido una estafa, haciendo de abogado del diablo. Esta vez, todos nos dimos a la polémica, respaldados por los historiadores que consultábamos en la biblioteca de los curas. Hasta que un día, él nos dio a leer una hojita copiada a mimeógrafo. Era la reflexión del joven Marx sobre la alienación humana que había en los “Manuscritos Económico-Filosóficos” y de cómo la revolución había beneficiado a la burguesía, pero no al pueblo llano. Desde esa vez, creo que estoy alerta para que no me pasen gato por liebre, por más que la mayoría diga amén.

Corría el año de 1965. La fecha es importante porque los hippies no eran todavía tendencia, como se diría hoy. Un día nos enteramos de que los curas inauguraron un salón de fumar para los alumnos del quinto de media. Ya se imaginan el escándalo. Con mi primo Coco nos cuadramos en la cruzada antitabaco que los chicos del segundo año formamos espontáneamente. Todos contaban que varios de sus padres habían amenazado con cambiarlos a otro colegio. Hubo asambleas y el padre Beckman resistió a pie firme en su audaz experimento pedagógico. Por supuesto que los de quinto aprobaron unánimes y entusiastas la medida, entre ellos el judío Klaic, de quien Hidalgo decía que pertenecía a la Juventud Comunista. Pasaron los meses y el salón de fumar, del que en abril salían literalmente blancas nubes densas, fue poco a poco despoblándose. Hasta que a comienzos de diciembre, en el recreo, todos jugaban pelota, salvo tres o cuatro.

Otro hito que queda en mi memoria fueron las fiestas que organizaban los curas en el local del colegio, cada fin de mes, para los muchachos de cuarto y quinto. Fiestas zanahorias, sin trago, pero con rock y ambiente seguro, en las que aprendimos a socializar con las chicas y nuestras primeras enamoradas, pero que eran mal vistas por los curas conservadores, que también los había. Uno de ellos urdió intrigas y maquinaciones contra sus propios hermanos y consiguió que les quitaran la conducción del colegio. La avanzada democrática, que incluyó integrar al diez por ciento de alumnos becarios de los barrios pobres, no pudo contra la clase dominante. Pero valió la pena porque sembraron para el futuro.

Entonces, enseñar tolerancia, espíritu crítico y uso responsable de la libertad trae sus riesgos y malentendidos, y resulta más complicado que la prédica misionera que se queda en las palabras, porque, como hace poco Walter Twanama me advertía, toda comunidad humana encierra una estructura invisible de poder y a ella no es ajena la escuela. Por eso, todo proyecto democratizador debe cuestionar primero las ideas y la praxis en el uso del poder que tienen los maestros en el aula y en el patio. De manera que el poder pedagógico puede ser usado para oprimir -como ocurre en la mayoría de las escuelas- o para liberar, como hicieron los jesuitas de mi colegio.

En un extremo, los lamentabilísimos casos de pederastia, a cargo de sacerdotes católicos puestos al descubierto en los últimos años, para no hablar de los cotidianos casos de acoso sexual de directores sobre maestras y alumnas, prueban la primera disyuntiva. Aunque menos estridentes, igual de dañinos son los profesores dogmáticos y represivos que crían soldados, lacayos o borregos, como los que se burlan de los defectos o errores de sus alumnos. En el otro extremo, un discurso seudo revolucionario que ve en la confrontación social la panacea de nuestros males, o la exaltación del tipo “el SUTE luchando también está enseñando” puede ser contraproducente. Pero, creo que es preferible el riesgo a la asepsia.