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Una publicación de la asociación SER

Salida de emergencia

–Estoy preocupado –dice Luder–. He leído que nuestro nuevo Presidente no fuma, ni bebe, ni juega, ni enamora.

–¿Y qué?

–Me espantaría ser gobernado por un hombre que haya ganado un premio de virtud.

Estas líneas irónicas de Julio Ramón Ribeyro, en Los dichos de Luder, me han hecho bordear la idea tan peruana del pendejo. No en vano existe un manual del pendejo; no en vano, aunque cueste aceptarlo, esa lógica de Freddy Aragón de los 5 palitos sin mover un dedo es parte de una ideología muy nuestra, que se repite, que se acepta, que se ha naturalizado convertirse en nuestro ADN. ¿Quién no ha acusado a Kenji o a PPK no solamente por sus actos de corrupción e incapacidad política sino porque no fueron lo suficientemente pendejos? Todo alrededor de este juego político tiene raíces en esa lógica. Ser o no descubierto; machetear o no machetear, ese es el dilema, o como diría el filósofo Bruno Giuffra: “cómo es la nuez”. Si en Lima, la horrible Sebastian Salazar Bondy acuñaba acervas críticas contra la arcadia colonia y lo criollo, en el contexto actual podemos decir que la criollada (eufemismo de pendejada) ha sido una forma de colonizar nuestro modo de hacer y entender la política. Y agreguemos además todo dentro de un lenguaje que remarca las masculinidades politizadas.

El fujimorismo ha exacerbado la lógica del pendejo, su violencia, su corrupción, su matonerismo. De aquí que el fujimorismo sea un modo de ser peruano, y por ende la renuncia de PPK no solo ha sido responsabilidad del partido naranja sino del país. Por supuesto, esto no quiere, en absoluto, clamar por la inocencia de PPK. Lo que ha pasado aquí es que PPK fue también pendejo, pero desde otra manera, más caleta se diría: queriendo hacerse pasar por inocente, noble, buena onda, un presidente de lujo que tenía todas las ganas pero que el país no supo valorar. ¡Cuentazo total! En ambos casos se mantiene la misma raíz: la pendejada política, simple expresión de la pendejada en nuestra vida íntima, desde el profesor que concursa a un puesto en una universidad sabiendo que nadie más compite con él, o quien engaña y no es delatado y recibe las felicitaciones por haberla sabido hacer. En mayor o menos rango es siempre lo mismo, lo obvio, lo mismo. Lastimosamente esa competencia celebrada en el pendejo es en realidad una tara, una flaqueza ya que nos mantiene en la inercia. Ese es el circulo vicioso de la democracia criolla o pendeja.

He querido creer que hasta ahora la falta de una respuesta masiva contra el fujimorismo, contra la corrupción de Odrebrecht y ahora contra la crisis política, ha sido producto del shock, del no saber qué hacer. Pero también me veo tentando a pensar que no hay mayores reacciones porque no ha pasado nada, porque hay otras prioridades y muchas justificaciones para todo, porque esto que pasa es tan natural, tan peruanamente inerte, que todo va a quedar ahí. “Como si no importara nada…”. Lo que venga con Vizcarra entonces tiene dos horizontes: la continuidad de la pendejada regulada por acuerdos, negociaciones, alianzas en nombre de una gobernabilidad que pase piola y que su gobierno concluya como hubiera concluido el de PPK, es decir, sin mucho que decir o reconocer.

La otra opción más que en Vizcarra está una vez más en nuestras manos. Es la oportunidad dejar el limbo y la ceguera. Des-pendejar la política peruana, que es ciertamente un modo de des-patriarcalizarla. No olvidemos que el ser pendejo es una expresión de lógicas masculinas de poder. Cuando hubo la posibilidad de re-ordenar el sistema político luego de la caída de Fujimori, entre Paniagua y Toledo, de inmediato, apenas las aguas se amansaron, se volvió a las mismas pendejadas y, por supuesto, a las mismas justificaciones para encubrirlas en su violencia, en su descaro. El resultado de ahora solo demuestra la hegemonía de ese modo de pensar y actuar políticamente, cívicamente.

Es difícil reconocer que el destino político del país apela a nuestros rostros, pueblo o esfera pública; es difícil aceptarlo cuando hemos estado acostumbrados a depender, a que ellos, los gobernantes, nos den sus dádivas y sus reglas; es difícil asumirlo si hemos vivido en un estado de pupilaje donde el Estado siempre ha tenido un poder centralizado que lo resuelve todo. No obstante, este no es un momento para usar un fax o renunciar. Imagínenos que no hay salida de emergencia ni álbum panini, sino que nosotros mismos tenemos que confrontar al fujimorismo, procesar en prisión a todos los que recibieron dinero de Odrebrecht –sin amiguismos, otro eufemismo de pendejada–y sobre todo exigir una nueva constitución que no sea la biblia del pendejo, el violador o el asesino. No, no lo harán ellos, seremos nosotros si despertamos hoy.