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Una publicación de la asociación SER

“Sí, pero aquí no”: solidaridad urbana selectiva en tiempos de pandemia

Foto: Captura de vídeo. América TV

Katherin Tiburcio. Maestrante en Estudios Urbanos en Flacso Ecuador y consultora en planificación urbana e inversión pública.

En tiempos como los que vivimos en el Perú  -con la aún vigente amenaza de contagio por el Covid-19, con varias semanas de cuarentena a cuestas y con la eminente proximidad de la ‘nueva normalidad’- es comprensible que cotidianamente manifestemos una efervescencia de ánimos y posturas compatibles con el afán de mantener a salvo a nuestros familiares y seres queridos. Sin embargo, algunas veces, ese afán de velar por nuestro bienestar particular nos hace perder de vista la necesidad de velar por un bienestar mayor: el bienestar común. Esto se torna mucho más complicado cuando este necesita ocupar un lugar en nuestras ciudades y, por alguna razón, el lugar escogido para este fin se encuentra próximo a nosotros.

Durante las últimas semanas se ha manifestado, cada vez con más frecuencia, casos de oposición ciudadana y organizacional a propuestas de ubicación e instalación de equipamiento urbano necesario para hacerle frente a la pandemia. En Lima, por ejemplo, se tiene a vecinos del distrito de Puente Piedra protestando en contra de la instalación de un albergue para el personal médico del Hospital de Puente Piedra. Por otra parte, vecinos de San Miguel protestan contra el acondicionamiento del hospital Octavio Mongrut para albergar a pacientes contagiados.

En provincia, algunos casos nos muestran un escenario similar. En el distrito de Independencia, en Huaraz, vecinos protestan ante la posibilidad de que un hotel funcione como Zona de Aislamiento para pacientes. En el distrito de Gregorio Albarracín, en Tacna, la protesta vecinal fue contra la posible construcción de un hospital temporal para pacientes infectados. En Las Pampas, Huánuco, se rechazó la posibilidad de que el local de la Diócesis de Huánuco sea usado como albergue para las personas trasladadas vía transporte humanitario. En la ciudad de Huacho, los vecinos protestaron ante la posibilidad de la instalación de un Centro Comunitario de Aislamiento en el Estadio Municipal Segundo Aranda Torres, mientras que la directiva de la Universidad Nacional José Faustino Sánchez Carrión (UNJFSC) se opone a prestar sus instalaciones para el mismo fin.

Lo que llama la atención en todos estos casos es que los vecinos protestan ante la declaración a futuro, la posibilidad o el rumor de la instalación de cierto equipamiento o la aclimatación de un área para ese fin. Al mismo tiempo, los argumentos para su oposición se inscriben en el ámbito del desconocimiento (de las externalidades reales) y la desconfianza (hacia las autoridades locales). No hay certezas de su ejecución, pero tampoco dudas de su perjuicio.

En condiciones ‘normales’, esta oposición de ciertos sectores de la ciudadanía sobre la instalación de nuevo equipamiento o infraestructura urbana necesaria para la colectividad, pero percibida como perjudicial para las áreas aledañas a su ubicación, es conocida por los entendidos del tema como el efecto NIMBY, palabra que viene de las siglas en inglés de ‘Not in my backyard’ (No en mi patio trasero). Los hispanohablantes, sin embargo, hemos adaptado esta expresión y su carga comunicativa renombrándola como el efecto SPAN, derivado de las siglas de ‘Sí, pero aquí no’.

La frase de ‘sí, pero aquí no’ denota tanto un entendimiento implícito de la necesidad común de contar con los equipamientos propuestos como una postura explícita de oposición a que estos se ubiquen dentro de lo que consideramos nuestros territorios. Esta solidaridad urbana selectiva, el ‘entiendo que es necesario’ pero ‘no en mi territorio’, se vuelve un poco más complicada de digerir en tiempos como los actuales, cuando parece mucho más indispensable pensar en el bien común.

Sin embargo, son décadas de no tomar en cuenta a la ciudadanía para validar la toma de decisiones las que probablemente sean las principales responsables de esta situación. Por muchos años, las decisiones de gobiernos nacionales, regionales y locales han pasado por alto el sentir de la gente. Pocos han sido los esfuerzos por intentar llegar a ella y comunicar asertivamente los pros y contras de los proyectos. Esto sin contar que muchas veces se han hecho propuestas sin la menor viabilidad urbana y social. El desconocimiento y la desconfianza presente hoy en el actuar de nuestros ciudadanos es consecuencia del sistemático abandono y olvido de su voz.

Felizmente, y a pesar de todo lo expuesto, aún se manifiestan casos de una solidaridad urbana plena, una que, a pesar de percibir la probabilidad del riesgo, también entiende la necesidad colectiva y la respalda. La mayoría de estos casos han sido reportados en provincia. En Ayacucho, la Universidad Nacional San Cristóbal de Huamanga habilitó un albergue temporal para personas en situación de abandono. En Cajamarca, la Universidad de Cajamarca cedió una torre de su residencia estudiantil para albergar a los pacientes contagiados. En Chiclayo, Lambayeque, la Universidad César Vallejo (UCV) cedió una parte de sus instalaciones para el funcionamiento del hospital de campaña de EsSalud. En todos estos ejemplos no se ha reportado oposición ciudadana hasta el momento.

Finalmente, vale la pena preguntarnos si el ‘Sí, pero aquí no’ ha transmutado al ‘Sí, pero yo no’. Las discusiones —que por su fuerza mediática se sienten como presiones— respecto a la reactivación de las aplicaciones de delivery (para esperar con seguridad en casa mientras los repartidores precarizados corren el riesgo por mi), al levantamiento de la prohibición del uso del auto privado para desplazarse durante la cuarentena (para moverme con seguridad por las calles mientras le quito espacio urbano a la mayoría de personas que necesitan desplazarse a pie manteniendo el distanciamiento social) o a la ‘necesidad’ de la apertura de ciertos negocios que no son esenciales (peluquerías, autocines, etc.), manifiestan una solidaridad selectiva que pone a unos por encima de otros. Una ‘solidaridad’ que intenta velar por el cuidado de los que pueden a costa de la exposición de aquellos que no pueden.

Esta semana la columna de Comadres cuenta con la colaboración especial de Katherin Tiburcio Jaimes. Plataforma Comadres es un espacio que busca posicionar el trabajo de las mujeres en el análisis de la política nacional e internacional.