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Una publicación de la asociación SER

Siete años sin Javier

Victor Liza: Escritor y Periodista

“Una muerte fatal para la izquierda”. Ese fue el titular de la portada del semanario Hildebrandt en sus trece del 10 de mayo de 2013. Hacía referencia a la partida de Javier Diez Canseco, quien con toda justicia, se avizoraba como su futuro conductor político. Y vaticinaba lo que seguiría ocurriendo con las fuerzas progresistas del país.

El sorpresivo tercer lugar de Verónika Mendoza, candidata del Frente Amplio en las elecciones generales de 2016, fue otra golondrina que no hizo verano. Su performance ayudó a que este bloque logre 20 escaños en el Congreso. Desde la época de Izquierda Unida en los años ochenta, no se conseguía ese nivel de representación en el primer poder del Estado. Pero la capacidad de ameba de la izquierda minó ese proyecto. La falta de una conducción política clara, del reconocimiento de un liderazgo incipiente como el de Mendoza, junto a habituales mesianismos, llevaron a la división de la bancada. Unos se quedaron bajo el paraguas de la excandidata con el distintivo de Nuevo Perú. Otros fueron leales con Marco Arana, con el nombre del partido y logo incluido. Y uno terminó de topo del fujiaprismo.

Tras las elecciones de enero, solo queda un partido de izquierda en el Congreso: el de Arana. De visión ecologista y sin un proyecto nacional claro, es una de las bancadas más pequeñas. Por el lado de Nuevo Perú, no supo construir ni explicar su alianza con la llamada “izquierda provinciana”. Se dejó apabullar por los medios y la ética de quienes jamás votarán por ellos. Hizo una campaña electoral citadina y posmoderna, lejos de las demandas populares. Un nombre como el de Isabel Cortez fue la excepción y toda una revelación. En ese vacio pescaron los dos nuevos actores del Congreso: el antaurismo y un partido religioso como el FREPAP, que por ahora ocupan ese lugar y tienen más protagonismo.

Esta serie de hechos son los que podría haber intuido César Hildebrandt. Periodista experimentado, conocedor de la historia, sabía que sin una conducción clara el destino de la izquierda se repetiría. En su columna titulada “Esta es mi tristeza”, colocaba a Javier Diez Canseco junto a José Carlos Mariátegui y Alfonso Barrantes. “Cuando Mariátegui se murió a los 36 años el socialismo peruano enviudó (…) Cuando Alfonso Barrantes falleció en 2000, la llamada Izquierda Unida era un club fracasado de socialdemócratas fácticos que hablaban como Robespierre pero actuaban con el corazón del sistema de dominación conservadora (…) La muerte de Diez Canseco sí es un golpe. No hay a la vista quien haga el milagro de que lo extrañemos menos”.

En los años noventa Javier cargó con el liderazgo de esa bancada de dos parlamentarios, minúscula frente a otras más grandes. A diferencia de los años ochenta, cuando tenía un tono más radical e incluso fue sindicado como uno de los responsables de la ruptura de IU, comprendió que en política hay que buscar, sino alianzas, al menos entendimientos. Así se entendió con la liberal Anel Townsend, con un izquierdista moderado como Henry Pease y hasta con una derechista como Lourdes Flores, para enfrentarse a la dictadura de Alberto Fujimori. Fue el artífice de la idea de la Marcha de los Cuatro Suyos, la más grande movilización política en la historia del Perú. Luego de consumado el fraude electoral del 2000, algunos de los perdedores se resignaron a que todo siguiera igual. Diez Canseco insistió con mover el gallinero y planteó el asunto ante la oposición no resignada. La propuesta fue aprovechada por Alejandro Toledo, antes entusiasta promotor del "segundo piso" de Fujimori, luego oportunista líder de la oposición.

Tras la caída de Fujimori, Diez Canseco supo que esos entendimientos tenían que consumarse en coaliciones electorales. Así postuló en alianza con Unión por el Perú y fue elegido otra vez congresista. Desde ese lugar, fue presidente de la comisión que investigó los delitos de corrupción de los años noventa. Esta información debería ser parte de los manuales escolares de historia del Perú.

Pero Diez Canseco no comprendió que la izquierda aún no podía correr sola. Y fiel a las viejas costumbres zurdas, tanto él, Susana Villarán y Alberto Moreno encabezaron proyectos por separado en los comicios del 2006, y juntos no sumaron ni el 1.5%. lejos de un clamor popular expresado entonces en la candidatura de Ollanta Humala. La gente aún quería a Javier como parlamentario.

Javier entendió estos últimos dos mensajes. Se la jugó: postuló como parlamentario en la coalición encabezada por Humala, y sacó una de las votaciones más altas. Acompañó al gobierno nacionalista hasta donde pudo. El caso Conga determinó su salida. Represalias de alto nivel empujaron a algunos parlamentarios nacionalistas para sancionarlo injustamente en el Congreso, junto al fujimorismo. En medio de ese golpe y cuando empezaba a construir un proyecto propio para la izquierda, el cáncer lo sorprendió y se lo llevó en pocos meses.

En tiempos de distopías, nos preguntamos qué hubiera sido de la izquierda peruana si Javier siguiera vivo. Ya setentón, con cuatro décadas de trayectoria política, Javier hubiera sido nuestro Bernie Sanders, una versión criolla de Jeremy Corbyn, un Pepe Mujica del Pacífico. Estos políticos han tenido una trayectoria parecida a la de Javier, con grandes reveses en sus primeros años y una prolongado caminar político. En el otoño de sus vidas, se hicieron cargo de proyectos políticos progresistas y populares.

Ese hubiera sido Javier. Un tipo que decía lo que pensaba, sin asustarse ante los periodicazos. Defendía a Cuba y a los gobiernos populares latinoamericanos del siglo XXI, del mismo modo que lo hacía con la comunidad LGTB. Y siempre se la jugaba por los trabajadores y campesinos. En medio de liderazgos endebles, fácilmente se hubiera puesto al frente de una izquierda que, como reclamaba Hildebrandt, requiere ser refundada.