Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Trabajadoras del hogar: una ley a favor de la dignidad y la justicia social

Foto: Andina

Carlos Flores Lizana. Antropólogo

El sábado 5 de septiembre se aprobó en el Congreso una ley que protege los derechos de las y los trabajadores del hogar, uno de los sectores más maltratados y explotados de la historia del Perú, colonial y republicano. Que sea dada en vísperas del Bicentenario tiene un significado especial. Pero no podemos alegrarnos demasiado conociendo nuestro país y la manera como asumimos las leyes. Y tendremos que estar alertas no solo a su promulgación, sino a su reglamentación, para hacerla conocer y vigilar a los responsables de su cumplimiento. 

Esta ley tiene una larga historia. Recuerdo muy bien que en el Cusco se formó el primer y único sindicato de trabajadoras del hogar, a finales de la década de  los setenta, y se logró esta hazaña con la ayuda de una gran mujer peruano-francesa de nombre Cristina Goutet. Ella además de ser su docente en varias nocturna, logro comprar con ellas,  una casa ubicada en la famosa calle inca llamada “La Conquista” por donde se dice que Pizarro entró a tomar la ciudad del Cusco el 23 de marzo de 1534.

También es importante recordar que el año 1982, se publica un libro que reveló la injusticia permanente en la que vivían las empleadas de origen andino y que no tuvo tanta trascendencia porque este sector no era valorado más allá del reconocimiento que algunas familias les dan. El nombre de esta publicación del Centro Bartolomé de las Casas es “Basta” que recoge los testimonios del Sindicato de Trabajadoras del Hogar de Cusco, donde se podía conocer el via crucis de las jóvenes que salían de su comunidad para ser las “empleaditas = “cholitas”, en las casas de las familias de un Cusco profundamente racista. A pesar de los años transcurridos, “Basta” sigue siendo una lectura obligada para quienes deseen conocer este mundo que urge cambiar definitivamente.

Otro hecho importante en el Cusco es la formación de una casa de acogida para trabajadoras del hogar (CAITH) formada por la iniciativa de otra gran mujer, la italiana Victoria Sabio, donde además de ofrecerles protección a las niñas, adolescentes y jóvenes que vienen a la ciudad a trabajar como empleadas, se les da la oportunidad de estudiar en un colegio, que nació al comprobar que las instituciones educativas no cumplían con las necesidades y condiciones de aquellas que lograban acceder a la escuela. Los colegios nocturnos donde estudian no son lo suficientemente buenos para sus necesidades, son más un espacio de socialización y descanso. Yo mismo pude servirles en dos de ellos, que tenían como horario de clases  de 6 a 9.30 pm. Por ello, se formó un colegio que empieza a trabajar de 3 a 7 pm y que tiene primaria y secundaria completa. Esto ampliaba un poco más las horas lectivas y las condiciones de su protección. En las nocturnas comunes muchas de ellas eran objeto de abuso sexual, por parte de algunos compañeros  e incluso de malos  docentes que nunca faltan por desgracia. Las “señoras empleadoras” iban al colegio a molestar a las chicas que huían de casas donde las maltrataban o echaban, en esas nocturnas también conseguían empleadas cuando las necesitaban. Finalmente es muy importante saber que este proyecto inicio un programa de radio para llegar a las comunidades de origen de las trabajadoras del hogar. La esperanza era hacer tomar conciencia a las madres y padres del drama al que exponían a sus hijas al permitir y consentir  su ida a la ciudad como empleadas. El uso del quechua en todos estos servicios a su favor fue clave.  

La historia de lucha de las empleadas es un tema aparte, que por desgracia todavía no ha sido visto ni estudiado lo suficiente por la academia, porque son las invisibles, “las nadies” de Galeano, las que llevan la carga más pesada de la cruz, en esta sociedad que se sirve de ellas pero que no quiere resolver una de las maneras más denigrantes de explotar a nuestras propias compatriotas. Es bueno señalar, que así como en Cusco, en otras ciudades del país han ido surgiendo  organizaciones e instituciones que tratan de defender sus derechos, mostrar su valor en la sociedad, que denuncian las condiciones tan deficientes en las que viven, y buscan formas de ayuda entre ellas y la mejora de su calidad de vida.

Aquí no puedo dejar de mencionar un debate parlamentario con la presencia del inefable señor Antero Flores Araoz, en el que se debatía la anterior ley de la trabajadora del hogar. El tema era si debían entrar a ser consideradas dentro de la ley general del trabajo y el argumento que uso este legislador del Partido Popular Cristiano, era que “ellas no podían ser consideradas como tales, porque muchas de ellas se sentaban a ver el televisor junto con sus empleadoras y que por lo tanto no podían ser consideradas con jornadas continuas de trabajo” y fue gracias a estos “argumentos”  que no se pudo aprobar la ley a su favor. Después de este hecho me comentó precisamente Cristina Goutet que este congresista de mente estrecha –al igual que muchos otros que rechazaron la ley- tenía en su casa empleadas de ese tipo.

En el Perú, según el ministerio de Trabajo existen “como” 496,000 trabajadoras y trabajadores del hogar. Cifra que no es real, por el contrario otras instituciones calculan alrededor de un millón, ya que muchas de estas trabajadoras son niñas, adolescentes y jóvenes que no tienen ningún tipo de contrato escrito y por lo tanto su documento no está inscrito en ningún registro. El origen de ellas es fundamentalmente andino, amazónico y afroperuano, con todo lo que ello significa, en un país racista y con una economía informal que distorsiona muchas relaciones laborales.

El 96 % de esta masa laboral son mujeres, y  el 4 % son varones,  esta realidad muestra la feminización del sector como característica fundamental. El 44 % tiene primaria, 49% secundaria y solo el 2% logra tener superior. Según la secretaria general de la Federación Nacional de Trabajadoras del Hogar de Perú, la señora Leddy Mozombite indica que el 92 % de las empleadas  tiene contratos informales de trabajo, y sólo el 12% goza del seguro social.

La nueva ley asegura el cumplimiento de varios derechos que todo el país debe conocer y por lo tanto empezar a respetarlos sin excepción, aunque habrá que verlo. Desde mi experiencia lo más importante de esta ley es que las reconoce todos los derechos que cualquier trabajador tiene hoy en el Perú: 1) un contrato escrito para que sea inscrito dentro del ministerio de Trabajo, 2) edad mínima de 18 años, 3) jornada laboral de 8 horas, 4) un mes de vacaciones pagadas, 5) seguro social, 6) sueldo mínimo de 930 soles, 7) CTS, 8) horas de lactancia para alimentar a sus bebés, 9) aportar a la ONP o cualquier AFP privada, etc.  Pero habrá que estar vigilantes para que la ley se cumpla

Otro aspecto clave es la capacidad  y el derecho que tienen para organizarse como gremio, crear asociaciones, e instituciones de todo tipo para mejorar y vigilar el cumplimiento de la ley que las protege. Llama  la atención como ningún partido, salvo en este último tramo de la lucha, las ha visto y apoyado. Las iglesias tampoco las han servido como debían salvo algunas que se han preocupado por su formación religiosa y que reciban algunos sacramentos, pero no han hecho mucho por mejorar su educación, sus organizaciones de carácter gremial. Muchas de ellas siguen viviendo en condición de esclavas modernas, humilladas, despreciadas, explotadas, abusadas sexualmente, arrojadas a la calle cuando se le viene en gana a sus algunas “cristianas y catoliquísimas patronas”, sin instituciones que las defiendan y acaben definitivamente con su agonía.

Para terminar creo que ellas son quienes con más crudeza sufren el racismo vigente en nuestra sociedad, una sociedad que no acaba de admitir que somos una nación integrada por muchas culturas, rasgos étnicos, identidades y lenguas. También sufren las injusticias e inequidades de un país donde la ciudadanía no es de todos ni para todos. Sin embargo, nos alegramos profundamente porque la ley aprobada nos muestra que vamos caminando hacia una justicia social con dignidad en el campo laboral.