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Una publicación de la asociación SER
Fabiola Yeckting

Transitando caminos: mujeres y minería

El sindicalismo minero de las últimas décadas es un aspecto parcialmente conocido de nuestra historia. Pero aún más desconocida es la historia de las mujeres protagonistas del sindicalismo minero, amas de casa, cónyuges, esposas, madres e hijas de las familias de trabajadores y trabajadoras relacionados con el sector minero en el país, de la Oroya a Toquepala. Ellas son las dirigentas y lideresas en los espacios mineros donde existió y sobrevive, en pleno proceso de transformación, la tradición de la organización sindical minera.

Patricia Amat y León nos ofrece un libro vibrante que es a la vez un testimonio de la historia de las organizaciones de mujeres de los comités de amas de casa mineros entre 1982 y 1992, especialmente de los comités Consuelo García, en honor a la incansable  educadora de Comas que fue una promotora y capacitadora de estas organizaciones en Ayacucho, Junín y Huancavelica, asesinada junto al dirigente Saúl Cantoral en el año 1989; así como de la Asociación Filomena Tomaira Pacsi, en memoria de la joven embarazada que murió en una marcha de sacrificio. Además establece conexiones con las actuales demandas sobre el cuerpo y el territorio de las mujeres en contextos de lucha en los conflictos emblemáticos como el de Tambogrande o Conga.

El libro de Amat, quien también fue parte de la Asociación Filomena Tomaira Pacsi entre los años 1985-1988 y 1993-1998, se divide en cuatro partes. En la primera parte, se refiere a la presencia nacional de las mujeres en las minas (1982-1992) y el proceso de organización nacional de las mujeres. Allí el texto analiza el proceso de las primeras movilizaciones de las mujeres mineras. Es el caso de la movilización a Lima de 1982 de 400 familias de la Mina Canaria, en Víctor Fajardo, por los salarios no pagados de alrededor de 12 meses, buscando la solidaridad ante el anuncio del cierre de la mina. Los testimonios evidencian un coraje y una fuerza única e incomparable de las mujeres movilizándose por más de tres meses con sus esposos, hijos e hijas pequeños.

Una vez en riesgo la contratación de sus esposos, la condición de las mujeres era de vulnerabilidad frente a las empresas. Así se menciona que como no había empleo en la mina para las mujeres, su membrecía y derechos que le correspondían dependían de su condición de esposa del trabajador. Por ello, su interés en mejorar el salario, los servicios básicos que daba la empresa, como de salud y educación, así como buscar mejores condiciones de vida en los campamentos. Las organizaciones mineras encabezadas por la Federación Nacional de Trabajadores Mineros y Siderúrgicos del Perú FNTMMSP, las federaciones regionales, los sindicatos base y los Comités de Amas de Casa CAC articularon respuestas frente a la pérdida sistemática de derechos. Con la llegada del período de violencia política, su impacto en el mundo minero por la presencia de Sendero Luminoso y de las fuerzas armadas hostigando a la población, y la muerte de sus líderes y lideresas sindicales, debilitó su organización, con lo que se cierra un capítulo del protagonismo del movimiento popular y clasista en el país.

Sin embargo, sus dificultades muchas veces se encontraban en las respuestas machistas, cargadas de prejuicio y rechazo, que sufrían por parte de sus propios compañeros de los sindicatos. Esta situación cambia cuando Saúl Cantoral en 1987 fue elegido como Secretario General de la FNTMMSP, porque comenzó a dinamizar los sindicatos y los Comités de Amas de Casa para lograr la histórica reivindicación sindical del Pliego Único Nacional. Luego se logró la conformación de la Central Nacional de la Mujer Minera en 1990 que poco tiempo después lograría el derecho al voto dentro en el Congreso de la FNTMMSP.

La segunda parte del texto, se refiere a la vida y las voces sobre Consuelo García, que fue coordinadora de Filomena, y se centra en el análisis del compromiso de esta mujer educadora, de origen limeño, nacida en Comas, desde donde salió para trabajar en programas de alfabetización y en capacitaciones con las mujeres de las organizaciones barriales y mineras. Contribuyó a la elaboración del Manual de Organización para los Comités de Amas de Casa y participó en cada uno de los números del Boletín Killa, editado por Filomena, que se repartía en todo el país para difundir la voz y las luchas de las mujeres en los campamentos mineros. El recuerdo de su entrega y dedicación, así como de la lucha de sus compañeras por hacer justicia con el esclarecimiento de su asesinato, marcaron las vidas de estas mujeres lideresas, su impronta feminista y de sororidad.

En la tercera parte del texto, a inicios de los años 90, el escenario de la minería cambia, se dejan de lado los derechos laborales, por efecto de las inversiones y la demanda de materias primas en el mercado internacional. Con la liberalización del territorio y el impulso del sistema de regulación con mecanismos de control ambiental, se da la disputa por el territorio y sus recursos. El patrón de extracción de los recursos se transforma de la mina de socavón bajo la tierra a la de tajo a cielo abierto que desplaza grandes volúmenes de tierra y causa mayores impactos en los ecosistemas. Algo que no señala el libro es que la población en este nuevo escenario también cambia sus intereses y organización política, lo cual debilitará las demandas laborales y sindicales, además trastocará la forma de trabajo, entrando con mayor fuerza los regímenes de empleo temporal. Ello cambia el trabajo y la vida en torno a la minería, así como los compromisos de la empresa con el trabajador, buscando optimizar su desempeño en la mina. Se cambia la vida en el campamento de la familia minera por el del régimen del 14 x 7 (dos semanas de trabajo por una de descanso) o de 20 x 10 (20 días de trabajo por 10 de descanso). Por ello, la vida del trabajador se vuelve individualista y sus condiciones labores precarias, la comunidad desaparece, la familia se separa, la pareja se desapega, se debilita la organización. 

Por ello, la organización de Filomena se transforma en la búsqueda de alternativas a las necesidades de sus integrantes. En la Oroya, por ejemplo, frente a los altos niveles de contaminación y los conflictos, se formó el Comité de Defensa por la Oroya Antigua (más afectada por la contaminación) junto al Movimiento por la Salud de la Oroya MOSAO y los comités vecinales de los que Filomena formaba parte en la lucha por la salud y mejores condiciones ambientales, y que propusieron un plan frente a la contaminación. La empresa Doe Run, frente a la demanda del Estado peruano de cumplir con el Programa de Adecuación y Manejo Ambiental PAMA, busca evadir su responsabilidad y de atacar a las organizaciones, por lo que se crean o fortalecen organizaciones que trabajen contra la violencia y por la salud de la mujer y la comunidad, para las iniciativas económicas locales, con microcréditos y bancos comunales. De igual manera para el tema de la salud y el medio ambiente, se integra al Movimientos Ciudadano Frente al Cambio Climático MOCCIC en el 2009, así como para trabajar por los recién nacidos, niñas, niños y adolescentes, afectados por la contaminación de plomo en la sangre.

Los principales aportes de su experiencia de organización han sido la valoración del trabajo doméstico, las formas de empoderamiento de las mujeres, la solidaridad, el cuidado mutuo y la capacitación y formación continua para lograr su liderazgo, desde levantar su voz hasta proponer reformas en la organización nacional. Los aprendizajes y experiencias de cada una de estas mujeres fueron configurando un camino de encuentro con otras organizaciones del movimiento feminista de los años ’70 que las llevó a los encuentros internacionales. Sin embargo, una de las experiencias que más se recuerda es la vivencia cotidiana de los procesos de capacitación reflexionando sobre la educación popular y la feminista, así como el conocimiento y especialidades al servicio de la mujer en temas como la salud sexual y reproductiva, alfabetización para adultos, trabajo comunicacional y organizativo.

A pesar de las transformaciones, continúan en sus esfuerzos de articulación tejiendo sus saberes, sentidos y prácticas frente al extractivismo, como señala la autora, como un río hacia el buen vivir. Sin embargo, queda seguir visibilizando su trabajo y transmitiendo a las nuevas generaciones su camino de lucha, vitalidad y persistencia. La fortaleza de estas mujeres y su organización, les ha permitido en escenarios adversos, precarios y cambiantes, trabajar en la solución de los viejos y nuevos problemas de la minería en sus territorios y en la demanda de sus derechos frente a sus impactos.