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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Tremendismo irresponsable

"A Joan Flores In Memoriam"

Con sus incendiarias declaraciones, llamando a la insurrección si el Gobierno cierra el Parlamento y convoca a elecciones para renovarlo, Mauricio Mulder está sembrando vientos. No se entiende cómo así brinca, cuando el suelo está parejo, cómo así vocifera y amenaza, cuando los voceros del Ejecutivo se han apaciguado luego del voto de confianza que le extendiera el Legislativo. Y se entiende menos, luego que el diario con más perfil fujimorista haya difundido urbi et orbi las tremebundas amenazas de Antauro Humala para fusilar a todos los ex presidentes de la República. Parece que no hubiera aprendido nada de las masacres de la Curva del Diablo y de Imacita cuyo décimo aniversario acaba de recordarse y con él, la responsabilidad de AGP y de su gobierno.

No se puede decir que Mulder sea un político imberbe que se deje llevar por la emoción del momento. Más aún, si se recuerda que fue el líder aprista que recibió a Ollanta Humala cuando éste se acercó conciliador al velorio de Alan García y hubo de ceder –equivocadamente- a la emoción violenta de los que lo rechazaron, incluido el hijo menor del líder muerto.

A dos meses del suicidio del líder indiscutible de su partido, el arranque de Mulder sólo puede entenderse como la frustración ante el inesperado duelo y el negro horizonte que se abre para su partido o el cálculo político del que quiere seguir socavando la legitimidad del presidente sustituto. Pero cabe una tercera interpretación: esa declaración no sería más que la expresión promedio de la cultura política asentada en el posfujimorismo.

Efectivamente, es la cultura de la “crispación sin crisis económica”, tal como la bautizó Alberto Vergara en el 2015: “Los peruanos, hemos inventado una situación peculiar donde nos odiamos políticamente sin que nada sustantivo se discuta en el país”[1] Alguno de sus adversarios podrían levantarse de hombros y afirmar que perro que ladra no muerde, restando valor a las declaraciones del congresista. Pero yerran, como el general Odría, porque las palabras de los políticos son tan reales que al cultivar la polarización, alimentan una esfera pública cada vez más agresiva, que contagia a la sociedad de amargura y división. “¿Cómo habrá de ser la crispación con crisis?” ¿Será la crónica de una muerte que anunciamos con deleite?

¿Cuándo se generó esa cultura política? Y aunque parezca la pregunta de Zavalita, el célebre personaje de Vargas Llosa, más que encontrar el origen (estaría en ese pecado original llamado la Ley del Talión), hay que ver que se la alimenta con gestos como los del alcalde de Comas mandando destruir el mausoleo de los senderistas o como el de los apristas rechazando la visita de Humala.  Y que es posible hacer retroceder un pequeño paso con gestos como el de Kenyi, visitando al preso Ollanta.

Estas reflexiones pueden ser vistas como políticamente incorrectas. Puede ser, pero vale correr el riesgo a detenerse a pensar hacia dónde vamos con declaraciones altisonantes, agresiones, insultos, amenazas, liquidaciones morales, alimentando más encono y más violencia. ¿Acaso vamos a desembocar en nuestro propio asalto a las Cortes del coronel Tejero que casi destruyó la frágil democracia española y cuyos antecedentes diseccionó minuciosamente Javier Cercas en Anatomía de un instante? Pero qué digo, ¿acaso nuestros políticos leen libros?

Sólo me queda desear a los políticos de derechas e izquierdas que amenazan con incendios, con afanes marketeros y de posicionamiento con miras al 2021, que se frían en su propio aceite, por irresponsables. O mejor, que tengan un glorioso instant karma.

 

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[1] Vergara, Alberto Crispación sin crisis en Ciudadanos sin República. Planeta Perú 2018, p. 249