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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Tres textos y un discurso sobre el poder

En su viaje a Cuba y Estados Unidos, el Papa Francisco se ha presentado ante multitudes de cristianos, de no creyentes y hasta de simples curiosos, ante los que ha reiterado el mensaje de la Iglesia sobre la defensa de la vida, de las libertades y de la familia, el combate a la pobreza, la necesidad del diálogo para resolver conflictos y la defensa del medio ambiente. No condenó al aborto, ni al matrimonio gay, ni al consumismo, ni al capitalismo salvaje, como sus predecesores; pero se observó un cierto énfasis político más que pastoral, al haber estado su audiencia compuesta de gobernantes y dominadores de varias partes del mundo. No es casual, por tanto, que en su homilía en la Plaza de la Revolución de La Habana, como en sus discursos ante el Congreso de los Estados Unidos en Washington y ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, en Nueva York, haya leído tres textos en los que uno de los temas capitales fue el ejercicio del poder político.

En su homilía en la Plaza de la Revolución, el Papa comentó el texto del evangelio de San Marcos 9:33-37, que había sido leído momentos antes, delante del presidente Raúl Castro, de sus ministros, del comité central del Partido Comunista de Cuba yde la presidenta argentina Cristina Fernández, pero también contando con la escucha de los comandantes de las FARC y del presidente Santos, atentos a lo que pudiera decir sobre las negociaciones de paz en Colombia.

Francisco empezó releyendo: “Jesús les preguntó: ¿de qué discutían por el camino? Ellos no le contestaron, pues por el camino habían discutido sobre quién era el más importante”, y comentó enseguida: “La historia de la humanidad ha estado marcada por el modo como se responde a esta pregunta... Jesús es simple en su respuesta: ‘Quien quiera ser el primero, importante, que sea el último de todos y el servidor de todos’. El Papa remarcó:“Los discípulos discutían quién ocuparía el lugar más importante, quién sería seleccionado como el privilegiado… Quién estaría exceptuado de la ley común, de la norma general, para destacarse, en un afán de superioridad sobre los demás”. Bien sabemos que los poderosos de hoy no sólo están exonerados de la luz roja de los semáforos, de manera que habló con verdad.

Es poco probable que los altos dignatarios que lo escuchaban estuvieran en la misma frecuencia, siendo como son, en su mayoría, tributarios de una ideología de la confrontación y de la dominación. Sin embargo, para no pasar por ingenuo predicador en el desierto advirtió “…debemos cuidarnos de la tentación del ‘servicio’ que ‘se’ sirve de los otros. Hay una forma de ejercer el servicio que tiene como interés el beneficiar a los ‘míos’, en nombre de lo ‘nuestro’. Ese servicio siempre deja a los ‘tuyos’ por fuera, generando una dinámica de exclusión”. Y remató: “…nunca el servicio es ideológico, ya que no se sirve a ideas, sino que se sirve a las personas”[1].No era un juego verbal, sabía de lo que hablaba, y sus oyentes deben haber entendido perfectamente.

Y para no pecar de abstracto, señaló: “Servir significa cuidar la fragilidad. Significa cuidar a los frágiles de nuestra familia, de nuestra sociedad, de nuestro pueblo”.

Días después, al presentarse como un hijo de inmigrantes ante el poderoso Congreso de los Estados Unidos, les recordó su pasado a muchos de sus miembros, e incidió en el actual debate, previo a las elecciones primarias, y sobre las decisiones que se toman en la Unión Europea; lo hizo como un representante de los excluidos y frágiles del mundo. ¿Qué decirles a quienes decidieron enviar a sus tropas a Irak y Afganistán, y están directamente involucrados en otros sangrientos conflictos en Asia, África y Europa? ¿Qué, a los responsables de la legislación que permite el libre tráfico de armas en su mismo país? Siendo consciente de que la mayoría de ellos tiene una visión religiosa parecida a la de los tiempos de las Cruzadas, les dijo unas cuantas verdades en lo que fue el punto más alto de todo su viaje. Bien merece ser citado in extenso:

“El mundo es cada vez más un lugar de conflictos violentos, de odio nocivo, de sangrienta atrocidad, cometida incluso en el nombre de Dios y de la religión. Somos conscientes de que ninguna religión es inmune a diversas formas de aberración individual o de extremismo ideológico. Esto nos urge a estar atentos frente a cualquier tipo de fundamentalismo de índole religiosa o del tipo que fuere. Combatir la violencia perpetrada bajo el nombre de una religión, una ideología, o un sistema económico y, al mismo tiempo, proteger la libertad de las religiones, de las ideas, de las personas, requiere un delicado equilibrio en el que tenemos que trabajar. Y, por otra parte, puede generarse una tentación a la que hemos de prestar especial atención: El reduccionismo simplista que divide la realidad en buenos y malos; permítanme usar la expresión: En justos y pecadores. Sabemos que en el afán de querer liberarnos del enemigo exterior podemos caer en la tentación de ir alimentando el enemigo interior. Copiar el odio y la violencia del tirano y del asesino es la mejor manera de ocupar su lugar.”[2] 

Ese reduccionismo simplista, esa visión dicotómica que no ve matices entre el blanco y el negro, está en la base -en última instancia- de guerras y de sospechas. De ahí que los invitara a salir de “la lógica del enemigo” y “pasar a la lógica de la recíproca subsidiaridad” con los vecinos, a parar con el tráfico de armas y con la pena de muerte. Y para hacerse más comprensible, citó los pensamientos de cuatro grandes de la historia americana.

Y aunque mencionó que las universidades y centros de investigación de esa superpotencia debían estudiar alternativas para poner la técnica “al servicio de otro tipo de progreso más sano, más humano, más social, más integral» (ibíd., 112), no hizo mucho énfasis en ello. Evitando más guerras y más muertes, frenando el tráfico de armas, el Congreso,con todos sus miembros piadosos creyentes, habría cumplido su tarea. 

Días más tarde, al presentarse ante la Asamblea General de las Naciones Unidas, no como jefe de Estado (pues el Vaticano no es miembro de la ONU) sino como un invitado, Francisco, siendo consciente de la multiplicidad de visiones e intereses allí representados, sin pretensiones proselitistas o catequéticas[3], partió de la constatación de que El mundo contemporáneo, aparentemente conexo, experimenta una creciente y sostenida fragmentación social que pone en riesgo «todo fundamento de la vida social» y, por lo tanto «termina por enfrentarnos unos con otros, para preservar los propios intereses» (Laudato si’, 229)”,por lo que reiteró algunos conceptos para que ese foro siga avanzando sobre lo ya logrado,en poner un cierto orden en el caos, recordando que “la justicia es requisito indispensable para obtener el ideal de la fraternidad universal”.

Al ser el jefe de uno de los cuerpos diplomáticos más duchos y con mayor background de la historia, insistió en “recordar que la limitación del poder es una idea implícita en el concepto de derecho”, aunque advirtió que “El panorama mundial hoy nos presenta, sin embargo, muchos falsos derechos, y –a la vez– grandes sectores indefensos, víctimas más bien de un mal ejercicio del poder: El ambiente natural y el vasto mundo de mujeres y hombres excluidos.El abuso y la destrucción del ambiente al mismo tiempo van acompañados por un imparable proceso de exclusión”. Por eso les recomendó “evitar toda tentación de caer en un nominalismo declaracionista con efecto tranquilizador en las conciencias”.

Continuó diciendo: “No hay que perder de vista, en ningún momento, que la acción política y económica sólo es eficaz cuando se la entiende guiada por un concepto perenne de justicia y que no pierde de vista, en ningún momento, que, antes y más allá de los planes y programas, hay mujeres y hombres concretos, iguales a los gobernantes”.

Aunque no dejó de abogar por detener las persecuciones religiosas –y en particular contra los cristianos- en algunos países de África y del Medio Oriente, alcanzó el que los observadores consideran el culmen de su discurso cuando dijo: “Si se respeta y aplica la Carta de las Naciones Unidas con transparencia y sinceridad, sin segundas intenciones, como un punto de referencia obligatorio de justicia y no como un instrumento para disfrazar intenciones espurias, se alcanzan resultados de paz. Cuando, en cambio, se confunde la norma con un simple instrumento para utilizar cuando resulta favorable y para eludir cuando no lo es (ouch! Estados Unidos, Inglaterra, Francia, Rusia, Israel), se abre una verdadera caja de Pandora de fuerzas incontrolables, que dañan gravemente a las poblaciones inermes, el ambiente cultural e incluso el ambiente biológico.”

Claro, el Vaticano no tiene las divisiones que reclamó en su día Stalin, para equiparar al más pequeño ejército de alguna de las potencias mundiales, pero luego de que Juan Pablo II tuviera protagonismo detrás de bambalinas en la caída de Jaruzelski, en Polonia, y en el derrumbe de los socialismos reales, así como en la desintegración de Yugoslavia, los viejos zorros de la política internacional toman muy en cuenta sus recomendaciones.


[1]  En el Perú de hoy, como en América Latina, a fin de cuentas, si los candidatos tuvieran esta concepción del ejercicio del poder como servicio, casi sería irrelevante que fueran de derecha o izquierda.

[2]Como se podrá apreciar, sus palabras también tienen una picante actualidad en el Perú y valdría la pena que el clero local se pusiera en onda, así como,también,los gobernantes que se golpean el pecho en cada Te Deum celebrado en la catedral.

[3] Aunque la derecha católica local lo ha criticado por no mencionar el nombre de Jesús en su discurso. https://www.aciprensa.com/noticias/por-que-el-papa-francisco-no-pronuncio-el-nombre-de-jesus-en-su-discurso-a-la-onu-68614/