Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

Y si la revocan, ¿qué?

¿Por qué serían grandes los costos de una probable revocatoria a Susana Villarán? ¿Para quiénes serían mayores esos costos? ¿A quién debería importarle que no saliera de la alcaldía? Antes de responder a estas preguntas, quizá conviene que aclare lo que no estoy diciendo.

Uno. No estoy diciendo que la culpa de haber llegado a esta situación no sea principalmente de la alcaldesa y su equipo. Coincido en lo básico con lo que varios analistas han notado. Una alcaldesa que no supo ubicarse adecuadamente en el tablero político nacional: se buscó enemigos con fuertes influencias y capaces de ponerle cortapisas en el ámbito de su gestión, mientras que no tuvo capacidad de construir aliados; se peleó con el estilo de hacer política (una “cultura política”) de hace décadas;  privilegió un enfoque tecnocrático y no político, y solo politizó temas como la ética (que a pocos le importa) o la seguridad ciudadana (que no está a su alcance ni es solo de su competencia, que no era impedimento para la alta aprobación de Castañeda pero es la razón principal que se aduce por la que ella debería salir del cargo). Así como a Lourdes le favorecía más el contraste con Kouri, a Villarán le favorecía más el contraste con la primera que con Castañeda: pero en la municipalidad buscaron con ahínco la comparación.

Dos. No es estoy diciendo que los ciudadanos no tengan derecho a expresarse en contra de la gestión de Villarán y, aún más, decidir votar por el “sí”. Además que es comprensible, por lo discutido líneas arriba, que varios quieran sacar a la alcaldesa.

Tres. Tampoco estoy diciendo que líderes cortoplacistas con ganas de volver o llegar a la alcaldía, así como “promotores” de la revocatoria, no puedan tener incentivos para sacarla y sacar provecho de la coyuntura. Evidentemente, si Villarán es revocada también habrá “ganadores”.   

Pero, ¿para quién o quiénes sería costosa la salida de Villarán? En términos generales y más allá de Villarán, la salida anticipada de una autoridad de su envergadura perjudica a la ciudad de Lima y a la institucionalidad democrática. Se trata de un proceso complejo y costoso, que implicaría la entrada y salida de varios alcaldes en pocos años, lo que traería inestabilidad política y dificultades para implementar reformas de largo plazo y generar confianza en proyectos de inversión. Además, desde mi punto de vista, esto puede incrementar mucho más la corrupción y las prácticas particularistas: un líder que sabe que entra solo “momentáneamente” y con pocas posibilidades de re-elección tenderá mucho más a maximizar sus beneficios personales que velar por generar bienes públicos. Por otro lado, deja un pésimo precedente. Se está sacando a una autoridad de alto nivel sin ninguna razón de fondo para hacerlo y, más bien, por revanchismo político y abrirse el camino al sillón municipal. Es muy probable que, de concretarse esta iniciativa, en el futuro estemos validando otra vez en el Perú la famosa frase de que “nadie sabe para quién trabaja”.

Pero la salida de Villarán también importa por quién es ella. Solo a través de ella, la izquierda volvió al poder luego de casi tres décadas. Si sale anticipadamente con el sello en la frente de ineficiencia, ¿cuánto más tardarán en volver a algún puesto público de importancia? Para la izquierda, Susana Villarán tenía el potencial de ser una locomotora carismática que atrajera a otros líderes con su camiseta hacia el poder. Y, con todos sus defectos, era una locomotora confiable: a diferencia de la apuesta por el caudillo de turno. La experiencia con Ollanta Humala debería haberles dejado eso como enseñanza.

Pero también es costoso desde el punto de vista de la derecha. ¿Cómo así? Una derecha responsable debería estar mirando lo que pasa en el resto de América Latina con más atención y preocupación. Con Ollanta Humala tuvieron suerte. Y vienen teniendo suerte desde hace varias elecciones. Pero la suerte se acaba. Podría tocarles un líder que sea poderoso en las urnas y que al llegar al poder no se amilane y decida patear el tablero de sus intereses económicos. “Barrer” con la izquierda aquí es tapar el sol con un dedo: la desigualdad, la exclusión social, y el descontento como condiciones para la emergencia de un líder plebiscitario como Evo Morales o Rafal Correa están presentes en el Perú. Por otro lado, miren Chile, Brasil o Uruguay. Como los líderes de estos países, Susana Villarán es de izquierda pero no es MOVADEF ni tampoco Fidel Castro: cree en la democracia y en el libre mercado. Sea Villarán o sea quien sea, la derecha responsable debería incentivar o crearse una opción intermedia entre el “sobre-salto” y la “continuidad”. Pero por ahora no tienen nada. La preocupación por la salida de Villarán debe ir más allá de una breve declaración de la CONFIEP mirando su bolsillo a corto plazo, y debe estar incentivada por una preocupación por el sostenimiento económico y la democracia hacia el futuro.

Resumiendo. Desde mi punto de vista, no es necesario sentir simpatía por Susana Villarán para pensar las consecuencias negativas de que sea revocada. Tampoco es necesario ser de izquierda, caviar, alumno de la PUCP o llamarse Gustavo Guerra García. Basta con tener ganas de que la política en el Perú se siga haciendo, pese a todas sus deficiencias, bajo condiciones en las que se puede elegir libremente entre varias opciones y se deje de hacer siempre huyendo de un “mal menor”. La salida de Villarán sería principalmente responsabilidad de ella y su equipo. Pero no debería ser solo una preocupación de ellos.