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Una publicación de la asociación SER

"Ya ni la justicia nos defiende"

Máxima Acuña y un vía crucis de atropellos que nada detiene

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La semana pasada una nueva resolución judicial en el caso de Máxima Acuña nos volvía a generar la extraña sensación de confianza en la justicia: la Sala Civil, en última instancia, había resuelto una medida cautelar pedida por Minera Yanacocha, mediante la cual solicitaban que el juzgado ordenara a Máxima Acuña que no realizara ningún tipo de trabajo en su tierra (incluyendo sembrar para comer) hasta que termine el nuevo juicio civil instaurado por la empresa, que tranquilamente puede durar unos diez años.  La Sala declaró improcedente esta solicitud, dejando expedito el derecho para que Máxima siguiera en dicha tierra con sus labores cotidianas.

Excelente noticia; intento llamar a Máxima para comunicárselo pero no puedo lograrlo. Ella está incomunicada porque ha decido no usar más el teléfono para no continuar siendo hostigada por los funcionarios de la empresa que la llaman constantemente para que acepte una transacción por su tierra. Máxima ha decidido moverse entre Tragadero, Sorochuco y Cajamarca sin dejar rastro para evitar que la empresa la ubique.  “Mi mamá ya se cansó de decirles de todas las formas que el terreno no está en venta, que no queremos plata ni otro terreno para irnos, pero no lo entienden, cada día es un funcionario que nos persigue, llega a nuestra casa, a la de nuestros familiares, llaman por teléfono, no nos dejan en paz, ya nos tienen enfermos” me cuenta al teléfono la hija de Máxima.

Por fin Máxima llega a Cajamarca para hablar, luce bastante agotada y con poco ánimo, le comunico la buena noticia pero parece no inmutarse, se queda pensando y luego de largos minutos reacciona, “Qué bien que sigamos ganando en la justicia, pero ya no sé de qué nos sirve eso si la empresa sigue atacándome, sigue presionándome, no me deja vivir en paz. Esta empresa no hace más que torturarme y burlarse de mí, todos los días mandan a sus trabajadores que llegan a decirme que me pagarán por mi tierra, que me darán otro terreno, que me darán dinero a cambio de que me vaya, y cuando les digo que no, que solo me dejen vivir en paz, me mandan a sus guardias a que me ataquen, hace menos de un mes, el once de octubre se han vuelto a meter a mi tierra, sin piedad me revolvieron la chacra, otra vez nos dejaron sin comida.  Sí, ya sé que eso también se ha denunciado, pero también sé que nadie ningún fiscal se atreve a pararlos, en el papel nos dan la razón, peor lo real es que nadie quiere detenerlos”

Una vez más el testimonio de Máxima duele, indigna, cuestiona. Cuán poco valor tiene en este país la ley y la justicia cuando de por medio está el Poder.

Máxima Acuña no solo le ganó un proceso judicial a una de las empresas mineras más poderosas que operan en nuestro país, sino que su lucha ha terminado develando el estatus de privilegio e impunidad con que operan las empresas en el Perú, lesionando derechos fundamentales.  La policía al servicio privado de las empresas, es utilizada para atacar a ciudadanos que ellos consideran incómodos para sus intereses, las “compañías de seguridad privada”, en realidad ejércitos de mercenarios dispuestos a apuntar a todo aquel que suponga una amenaza para quien los contrata, las estrategias legales ideadas por los grandes bufetes de abogados al servicio de estos poderosos actores, basadas en la criminalización y sub utilización de los de la ley para perseguir como delincuentes a quienes amenazan los objetivos empresariales, para limitar sus derechos y dejar impunes graves actos violatorios de los mismos.  Son asuntos fundamentales que la lucha de Máxima ha logrado evidenciar y denunciar, e incluso ha logrado contener para evitar que se impongan como prácticas naturalizadas y permitidas para los dueños del poder económico.

Pero Máxima está agotada en este esfuerzo, lo dice textualmente, “la vida se me está yendo en defender esto, y ya ni la justicia nos defiende”. La indignación la está consumiendo. 

Le pregunto si quiere dejarlo todo, si es legítimo bajar los brazos a estas alturas, después de haber sufrido tanto, después de haber logrado mucho.  Su respuesta como siempre me sorprende, “No importa ya el terreno ni el daño que me siguen haciendo; a ellos se les sigue yendo el alma por quitarme Tragadero, tal vez lo logren alguna vez. Recibirles dinero a cambio de dejarlo, a cambio de mis derechos, para olvidar mi sufrimiento, eso jamás.  Tal vez decida irme cuando mi cuerpo ya no aguante…; yo he ganado, yo demostré que las lagunas, que la tierra, que la dignidad del pobre no tiene precio, su oro no ha podido comprarme”.