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Una publicación de la asociación SER

Amazonas: la angustia del "caso cero" y lo que vino después

Foto: Facebook "Amazonas"

Luis Chávez Rodríguez. Promotor de “La casa del colibrí”, organización de voluntarios que realizan trabajo comunitario en el distrito de Chirimoto y la provincia Rodríguez de Mendoza, en Amazonas.

Amazonas, junto a Puno y Ucayali, fueron los últimos bastiones en la lucha por tratar de impedir la invasión del coronavirus. Y aunque todavía hay provincias, distritos y caseríos autoaislados donde el virus no ha entrado físicamente, sí lo tenemos metido todos en nuestras propias casas en su otra forma: el temor. A estas alturas del avance de la pandemia, ya no queda un solo rincón en todo el planeta donde la angustia del “caso cero” no esté haciendo su parte, cuando pensamos en nosotros mismos y en nuestros familiares vulnerables.

En la región Amazonas el primer paciente que dejó de ser un “caso sospechoso” para convertirse en “el paciente cero” se presentó a un mes de que se anunciara oficialmente la llegada –procedente de Europa- del COVID-19 al Perú. Fue un anciano de la localidad de Pedro Ruiz, puerto de entrada a la región, quien fue contagiado por uno de sus familiares a quien acogió en su casa, que había llegado de Lima, huyendo precisamente de la expansión del virus.

En provincias, el proceso para conocer el resultado definitivo de las pruebas es más largo y penoso que en la capital o en otras ciudades importantes de nuestro país. Dura un tiempo impreciso, en el que se vive en un limbo que acrecienta las especulaciones y el miedo. El resultado de la muestra tomada al “paciente cero” de Amazonas dio positivo en la prueba rápida, pero luego había que esperar la conformación o el descarte por la “prueba atómica”, que ninguno de sus hospitales de la región puede realizar. La muestra tiene que ser enviada hasta la ciudad de Lima y tarda entre siete y diez días. Mientras tanto la población, conocedora mediante la prensa local de estos vaivenes, esperaba ansiosa el resultado y las autoridades de salud debían tomar decisiones urgentes para cercar la propagación. Este fue el caso de la Doctora Mendoza, directora de la Red Asistencial Amazonas de Essalud, Hospital Base Higos Urco, de Chachapoyas, quien ordenó clausurar toda el área del Servicio de Emergencia, en donde se recibió al paciente y mandó a cuarentena al personal médico y de servicios que tuvo contacto con el portador del virus. Ella misma, bastante atemorizada porque tiene a sus ancianos padres en casa, declaró, que conociendo el miedo que se generaliza en los mismos centros médicos cuando se confirman positivamente los resultados, había tenido que hacer un llamado a la calma a su personal y luego a toda la ciudadanía por intermedio de las radios.

Aunque con las fronteras de las regiones cerradas mediante ordenanzas y decretos, los portadores asintomáticos continuaron su desplazamiento, a lo largo y ancho del territorio nacional, hasta propagarlo en todo el país. Solo en estas últimas semanas se ha dispuesto que el Ejercito y a la Policía controlen las entradas a las regiones y lo propio han hecho -en provincias y distritos- los alcaldes, en coordinación con las rondas campesinas.

En varias localidades de la región Amazonas, como  en las provincias de Rodríguez de Mendoza y Chachapoyas o en distritos como la Jalca, Levanto, Cheto, Chirimoto, Omia o Milpuc, las ordenanzas municipales han sido acompañadas, atinadamente, por campañas de comercialización abaratada de canastas de alimentos como en gran parte del país, coordinadas con las agencias agrarias del Estado. Del mismo modo, ha resurgido el intercambio espontaneo de productos agrícolas, mediante el  trueque, esto porque el dinero comienza a escasear y se echa mano a la tradicional reciprocidad. Esta alternativa, como es previsible, ya debe estar en plena reactualización en amplios sectores de las áreas rurales en todo el Perú, donde se la conoce como el “qunakuy” o el “makipura”, una forma que resiste hasta el día de hoy como alternativa al imperativo del dinero.

Casos especiales de aislamiento saludable se están dando en las comunidades nativas, como es el de muchos hermanos awajún o wampís del área de Condorcanqui o Utcubamba, quienes tienen totalmente trancadas las entradas y las salidas a sus teritorios. En estos lugares, donde también hay poblados semiurbanos con creciente demografía, han optado por trasladar a los ancianos y personas vulnerables a las zonas más alejadas, río adentro, para su protección. Este tipo de movilización se dio en otros momentos de la historia, especialmente en la nefasta época del caucho, dando lugar a un gran numero de los llamados, “no contactados”, quienes se refugiaron en la densidad del “íkam” (bosque), frente a la acción invasiva y contaminante del mundo occidental, que entre otros terribles males cargaba gérmenes dañinos, protozoos y virus mortales, imposibles de contener por el frágil sistema inmunológico del nativo amazonense y la malnutrición crónica de muchas de sus comunidades.

Estas medidas las están tomando todos los pueblos amazónicos y andinos sudamericanos que no están siendo escuchados ni atendidos por sus gobiernos, a pesar de su situación de vulnerabilidad y de que su clamor está siendo ampliamente difundido en los medios de comunicación de las organizaciones andino-amazónicas del Perú y América del Sur, como son ONAMIAP, AIDESEP, COICA, entre muchas otras. En este sentido, reiteramos el urgente pedido al gobierno peruano, para ocuparse seriamente de este sector y dar un salto cualitativo en el manejo de la problemática amazónica y andina de los pueblos originarios, para quienes la dolorosa experiencia que están viviendo todos los peruanos, ha sido parte de su historia desde hace siglos.

El “caso cero” en Amazonas, en el segundo día de su confirmación, destapó una ventana de casos sospechosos y la peligrosa transformación del miedo en desconfianza. Ahora se espera la llegada de las pruebas rápidas, es decir, apenas empieza la batalla contra el invasor microscópico. En estas provincias, distritos y caseríos los desabastecidos y endebles servicios de salud, llamados pomposamente centros médicos, postas de salud  o redes asistenciales no tienen ni siquiera máscaras. Siendo así, el único horizonte que les queda para protegerse a estos peruanos es el de sus chacras, de sus bosques o de sus montañas, donde finalmente, ojalá, no les faltará qué comer.