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Una publicación de la asociación SER

Medicina tradicional y espiritualidad amazónica en tiempos de la pandemia II: los shipibo- konibo

Luis Chávez Rodríguez. La casa del colibrí en Chirimoto, Amazonas.

 

La espiritualidad amazónica se organiza a partir del uso de las plantas y tiene en el ayahuasca el centro emisor de una fe, pero también de un conocimiento, como lo es la coca para el mundo andino y la hostia para el mundo cristiano, especialmente para el católico. Consagrar el pan ácimo equivale a ikarear el líquido extraído de la planta maestra. Desde este eje central, axis mundi, muchos pueblos indígenas amazónicos organizan no sólo su vida espiritual, que es la instancia más abstracta de una compleja cosmogonía, sino toda su cultura, que incluye aspectos como la alimentación, la salud, la educación, las leyes y todas las regulaciones que permiten el desarrollo de la vida, como en cualquier otro pueblo o nación por más pequeño o más grande que sea su territorio.

 

El pueblo shipibo-conibo

El pueblo shipibo-konibo, integrante del grupo lingüístico Pano, que vive a lo largo del río Ucayali y sus afluentes, es una de las culturas amazónicas más conocidas por el mundo occidental y son los que han divulgado con mayor amplitud la tradición espiritual en torno a sus plantas sagradas. De acuerdo a la información consignada por Alberto Chirif en su Diccionario Amazónico (2016), “Actualmente el nombre Shipibo incluye también a los descendientes de otras identidades, como los Conibo y los Shetebo. (…) En 1970 comenzaron a organizarse en federaciones para defender sus derechos. Su población actual se estima en unas 36,000 personas.”

La Comunidad Nativa San Francisco de Yarinacocha, ubicada a orillas de la laguna de Yarinacocha y a una corta distancia de la ciudad de Pucallpa (45 minutos en peque-peque y 15 minutos en carretera), podría ser considerada como la capital cultural de los Sipibo-Konibo. Esta comunidad, que es la más antigua, reconocida formalmente por el Estado peruano, tiene 106 años de fundación. El reconocimiento estatal, para los líderes de la comunidad, ha tenido y tiene en la actualidad un significado político importante, dentro del conjunto de estrategias de supervivencia física y cultural que las naciones originarias han sostenido frente al empuje colonizador de la cultura occidental. Los Shipibo-Konibo forman parte de los pueblos que; a través de la práctica de su lengua originaria, su espiritualidad milenaria, su organización social y su cultura; ha logrado sobrevivir a múltiples invasiones en estos últimos 500 años. De tal modo que, logrando su integración oficial a una nación moderna como es el Perú, dieron un paso importante en su trabajoso afán de ser visibilizados como parte de la nación peruana. Un Perú que en la práctica, aunque no en su Constitución, es una nación de naciones, una pluri-nación que con mucho retardo trata a su vez de incorporarse a una comunidad internacional, preciándose de ser un Estado democrático moderno, cuya administración se desarrolla  dentro de las normas y leyes nacionales y de los tratados internacionales.

San Francisco de Yarinacocha tiene actualmente alrededor de 1,300 habitantes y de acuerdo a la administración territorial peruana, es un caserío dentro de la jurisdicción del distrito de Yarinacocha, provincia Coronel Portillo, región Ucayali. Entre sus líderes fundadores, practicantes de la medicina tradicional y grandes conocedores de la plantas maestras de la selva amazónica, se hallan mujeres como Marina y Robina Barbarán, hijas de Barata, Teresa y Tita Soraida Agustín, Elisa Vargas, Herminia Bardales, Yoxan Habecho, y líderes como Martín Muñoz Pacaya, Salvado López, Juan y Vicente Agustín, el denominado, Papa Rawa, Yosi Xeka, Basilio López, Benito Arébalo, que forjaron la creación de esta comunidad. Así mismo en San Francisco de Yarinacocha se tiene presente a grupos familiares procedente de antiguos clanes como las familias, Barbaran, Agustín, Muñoz, Varela, Pinedo y Fasabi, entre muchas otras familias que asumieron apellidos hispanos en su proceso de integración al mundo occidental, pero que, dentro de su propia cultura, mantuvieron y mantienen sus nombres originales en su lengua nativa.  En esta tradición de personajes notables, que son parte de la historia del pueblo Shipibo-Konibo y de tantas otras comunidades que van creciendo y fortaleciéndose aún en estos tiempos de crisis por la pandemia del coronavirus, se inscribe la memoria de otro líder shipibo, Silvio Sallas Lomas, que llegó a ser alcalde del distrito de Masisea en la misma provincia Coronel Portillo y que acaba de pasar a formar parte de memoria política de su pueblo. El fue un líder que murió en sus funciones, tratando de frenar el avance de la Covid-19 y fue el primer alcalde del país que muere luchando contra la pandemia. De este modo, el shipibo, Silvio Sallas, se ha convertido en uno de nuestros héroes nacionales, ofrendando su vida –como muchos otros- por el bienestar de los peruanos.  

 

La cultura y la medicina tradicional

Si los varones han manejado la tradición del ayahuasca en las comunidades shipibas, las mujeres son las expertas en el uso del piripiri, otra de las plantas importantes en la medicina, la espiritualidad y la cultura amazónica. Luisa Elvira Belaunde en su libro, Kené, Arte, ciencia y tradición en el diseño (2009), nos presenta un amplio estudio de la participación de la mujer shipiba en el uso de las plantas maestras vinculadas al desarrollo de aspectos estéticos y espirituales del pueblo shipobo-konibo. Con respecto a la energía que proviene del uso del Rao (plantas medicinales con poder) dice lo siguiente: “Entre todas las rao, el ayahuasca (Banisteriopsis caapi) y el piripiri (Cyperus sp.) son dos plantas que tienen particular importancia en el arte y la cosmología porque, según los shipibo-konibo, tienen el efecto de hacer ver diseños en visiones. (…) Las mujeres ven kené en sus “pensamientos”, en sueños y en su imaginación, gracias al uso ritual de piripiri. También hacen kené: ellas materializan sus visiones de diseños pintándolos, tejiéndolos y bordándolos en los cuerpos, las telas y los utensilios. Es decir, las mujeres dan a ver sus visiones a los demás y plasman sus visiones kené a su alrededor y en su día a día. Los hombres, en cambio, ven kené en visiones de ayahuasca pero, por lo general, no hacen kené, no materializan sus visiones para que sean vistas por los demás en el día a día.”

Este complejo y riquísimo mundo de la cultura shipiba, que se ha organizado a partir del uso de las plantas, tiene en el médido o médica tradiconal a su conocedor más autorizado. Antiguamente, el médico tradicional conocido en occidente como “chamán” o “shaman”, no sólo trataba problemas del cuerpo sino también del alma e incluso comandaba actividades políticas, gracias a las visiones estimuladas por las plantas maestras. No sólo vivía en este mundo, sino también sabía movilizarse en los otros mundos que conforman el universo del ser humano en estrecha relación con lo no humano. En aquellos tiempos, ya míticos, que los maestros llaman el tiempo de la unidad o del Runi, donde las partes no disociadas del humano se correspondían armónicamente con las plantas y los animales, habían tres clases de médicos: los meraya, los onaya y los yobe. Los meraya o maestros del más alto nivel eran quienes podían manejar diferentes tipos de materialidad, pero ya se retiraron de este mundo y en la actualidad sólo habitan el mundo de los espíritus. Los onaya o médicos puente, son aquellos que tienen conocimiento y poder, pero sólo en el marco de lo humano. También estaban los yobe, quienes a diferencia de los anteriores, eran los brujos maleros, que en estos tiempos, también están desapareciendo, ya que la gran maldad moderna se ha propagado tanto que ya no hace falta un agente particular que cumpla con la generación de una pequeña maldad, como función reguladora dentro de la vida comunitaria.

Uno de estos médicos tradicionales es el maestro, Senen Pani, Antonio Muñoz Burga, miembro de la Comunidad Nativa San Francisco de Yarinacocha. El es padre del artista plástico y músico Rawa Muñoz, quien actualmente lucha contra la enfermedad del Covid-19, y de la lideresa, Mercy Muñoz Agustín, quien se desempeñó como regidora del distrito Yarinacocha en el periodo 2015-2018. El  maestro Antonio lleva cerca de 50 años desarrollando la medicina tradicional y ha expandido sus conocimientos tanto en Lima como en otras ciudades de Centro y Norteamérica, así como en Europa. Lo ha hecho personalmente, participando en múltiples congresos internacionales y a través de sus discípulos que en la actualidad se hallan en diferentes partes del mundo, haciendo uso de las plantas maestras de la Amazonía en el contexto de la Ceremonia del Ayahuasca. Por iniciativa del maestro Antonio, conjuntamente con el psicólogo, Dr. Pío Vucetich y el sacerdote y filósofo Vicente Santuc SJ fundaron, en la década de los 90, el Instituto de Desarrollo y Salud Alternativa NIHUERAO, y en los primeros años de este milenio en colaboración con el que escribe este artículo, creamos la Asociación Cultural Pinojoni. Las dos organizaciones tuvieron el objetivo de realizar actividades, tanto en San Francisco de Yarinacocha como en Lima, que posibilitaran un  sistema de intercambio entre el mundo shipibo y el mundo occidental peruano. La primera enfocada en la medicina tradicional y la segunda en la difusión cultural y visualización de la problemática del pueblo shipio-konibo. A través de estas organizaciones buscamos trasladar el conocimiento shipibo hacia el mundo occidental como medicina alternativa y al mismo tiempo extender la medicina occidental hacia las comunidades shipibas. Uno de los trabajos consistió en crear “botiquines rurales” con medicamentos básicos tanto de procedencia nativa como científica. Los voluntarios que trabajábamos en este proyecto teníamos buscábamos alternar las dos tradiciones medicinales, puesto que los medicamentos básicos, provenientes de la farmacopea occidental, podían ser muy efectivos para tratar enfermedades también provenientes del mundo occidental. Situación que en el marco de esta pandemia resulta evidente.  

Senen Pani es un onaya que tiene una clara conciencia de que su conocimiento y su poder no sólo puede servir a la gente de su pueblo, sino también al mestizo y al occidental y que el conocimiento y el poder occidental también puede ser incorporado al mundo amazónico, puesto que enfermedades y prácticas que provienen del mundo colonizador no pueden ser tratadas en su totalidad desde el mundo indígena. Por ello, en este momento crítico de la pandemia, es más importante aún, escuchar la trayectoria y la opinión del maestro Antonio sobre el rol que juega y puede jugar el conocimiento que el posee.

 

La voz de un onaya: Antonio Muñoz Burga – Senen Pani

¿Cuál es el proceso de aprendizaje de un médico tradicional?

Esta profesión nace con cada persona y se transmite en las familias de generación a generación, antes cuando el abuelo veía que uno de sus nietos tenía condiciones, comenzaba a enseñarlo a partir de los seis meses, ikareando la leche materna. En mi caso empecé como ayudante de Martín Muñoz Pacaya, mi padre, quien ha trabajando tanto acá en nuestro Perú como en Colombia y México. Luego seguí mi aprendizaje con otro Maestro, quien me dio los poderes para trabajar de manera personal, prestando mis servicios de médico tradicional a la sociedad. Mi Maestro falleció a la edad de 81 años y yo fui el último de sus discípulos. A partir de los 12 años participaba en la ceremonia del ayahuasca, desde esa época me dieron las dietas que formaban parte de mi preparación. A los 18 años me recibí de Maestro y comencé a realizar trabajos individuales en mi pueblo.

¿Cuéntanos tus primeras experiencias como médico tradicional?

Hacía curaciones a mis paisanos y veía que mi trabajo tenía buenos resultados. En la selva además de las enfermedades tropicales están los problemas del mal aire o el hechizo del agua, aspectos que el hombre occidental no entiende. Luego fui a Lima. En esa época todavía era un maestro muy joven y por esa razón los pacientes no tenían mucha confianza, pero al ver que en mi trabajo no tenía ningún problema las cosas fueron cambiando. La primera paciente que tuve, en la ciudad, fue la hija de un abogado y gracias a la confianza que la mamá de la chica tuvo, pude curar a su hija.

¿Cómo fue tu adaptación a la ciudad, que dificultades encontraste?

Unos de los problemas que tuve en un principio fue la desconfianza, ya que muchos falsos shamanes pasan por las ciudades, con el nombre de Médicos Tradicionales y no son más que charlatanes, gente que solamente hace teatro en la calle con yerbas de la selva y que no tienen ninguna tradición directa, no son terapeutas. En un primer momento para la gente yo, quizá, era uno más de ellos, mi trabajo era dudoso. Luego, otro problema fue el lenguaje. Para comunicarme mejor con mis pacientes, tuve que aprender palabras de la psicología, de la psicoterapia, compartiendo con otros amigos profesionales con los que trabajé mucho tiempo.

¿Cuáles son las enfermedades más comunes que encuentras en la gente de la ciudad?

En Lima casi todos los males de la gente son psicológicos. Tienen problemas de inseguridad, de angustia, de soledad, de disociación, de insomnios y toda clase de traumas y depresiones. Son muy distintos a los problemas de la selva, por eso es que gracias a la experiencia he podido reforzar y hacer un afinamiento de mi trabajo para dar una mejor atención.

Uno de los elementos centrales en tu terapia es el uso de la ayahuasca, ¿cuáles son las propiedades de esta planta?

El ayahuasca en una planta maestra psicoactiva, no es una planta alucinógena como se ha presentado a través de los documentales o reportajes. Otra cosa es el mal uso que se hace de ella. Su nombre científico es Banisteriopsis caapi y su composición bioquímica es la harmina y harmalina. Estos componentes son los que hacen que se reactive el sistema nervioso y energético. No es dañina sino al contrario, es una planta curativa tanto en el aspecto físico como psíquico y porque no decirlo en el aspecto espiritual, si se utiliza en el contexto que le corresponde. El terapeuta occidental basa su trabajo en los conocimientos que ha obtenido en la universidad, en cambio la herramienta de aprendizaje y trabajo de la medicina tradicional de la selva es el ayahuasca. Cuando uno toma el ayahuasca, esta  planta maestra nos activa las potencialidades, nos amplia el estado de conciencia y nos permite ver y detectar los problemas del paciente, quien también ingiere el ayahuasca, produciéndose una sincronía. A través de lo que nosotros llamamos la “mareación” el paciente puede llegar a ver o sentir en forma de visiones sus propios problemas. El ayahuasca puede hacer que el hombre encuentre su verdad, se encuentre consigo mismo y conozca  algo más allá de los límites de su yo.

El pueblo shipibo-konibo y toda la Amazonía, ahora, esta pasando por momentos particularmente difíciles con la Covib-19. ¿Cuál es tu diagnóstico de la situación?

Esta pandemia para nosotros es una pandemia más de muchas que hemos vivido, pero ahora lo estamos viviendo con todo el mundo. Ahora todo el mundo puede saber qué es una pandemia que nos amenaza a todos. Por el contacto con los espíritus que tenemos con el ayahuasca sabemos que esta Covid es parte de muchas otras enfermedades nuevas que seguirán amenazando, pero sabemos también que la cura está en las plantas y en la práctica espiritual. Nosotros tenemos conocimiento y fe. Nosotros estamos usando desde antes de la pandemia las plantas, no sólo el ayahuasca. Ahora estamos reforzando, estamos preparando el cuerpo con lobocanero, chuchuwasi, ajo, limón, kion y el matico o cordonsillo. Estas plantas tienen el metamizol de la antalgina, tienen antiinflamatorios que ayudan cuando los pulmones están sufriendo. Nuestra medicina tradicional milenaria es una gran esperanza para el Perú y para el mundo, hay mucho conocimiento en ella, lo único que les pedimos es que nos respeten, respeten nuestra cultura, nuestro territorio y nos escuchen. Por eso solicito a nombre de la nación indígena shipibo-konibo que las autoridades nos comprendan y nos den facultades a los verdaderos médicos tradicionales para poder prestar nuestros servicios y poder hacer trabajos interdisciplinarios. Pido también que las instituciones financieras y el poblador peruano en general nos ayuden a realizar una reforestación y cuidado de nuestras plantas tradicionales como se ha hecho con la uña de gato. La humanidad está pasando por un momento de gran tormenta, esta pandemia es el resultado de una mala práctica, de un abuso contra nuestra tierra. El mundo moderno tiene que cambiar su modo de vivir, su modo de pensar. No tiene que cambiar su estructura, no quitar su conocimiento acumulado, pero sí abrirse a otras prácticas milenarias en vez de ignorarlas. Tenemos que entender que todos somos hermanos y tenemos las mismas necesidades elementales. El hombre es cuerpo, es energía y es creación. Los médicos, los profesionales tienen que ser, no sólo profesionales, sino también personas espirituales, no se puede manejar las cosas únicamente desde la cabeza, para tener buenos resultados, tiene que estar presente también el corazón.