Skip to main content
Una publicación de la asociación SER

2019: doce meses intensos de principio a fin

Foto: Luisenrrique Becerra

Víctor Liza

 

UNO

Comenzamos el año preguntándonos si habría espacio para un Bolsonaro en el Perú. El presidente brasileño acababa de iniciar su mandato en enero, con un discurso ultraderechista. Uno se preguntaba qué tanta influencia podría tener en América Latina al mando del país más grande del continente.

Al cabo de doce meses, ese peso de Bolsonaro no se ha hecho sentir del todo. El contrapeso de López Obrador en México, sumado a la elección de Alberto Fernández en Argentina, parece haberlo frenado. El golpe de Estado en Bolivia puede ser un aliciente a su favor; pero algunos de sus principales aliados (Duque en Colombia y Piñera en Chile) están pasando por graves apuros. Su retórica irrespetuosa le ha generado grandes enemigos, como Francia.

La ola fue contenida en el Perú, pese a algunas manifestaciones pintorescas, como las que vemos en la presente campaña electoral parlamentaria. Un hecho anterior fue el referéndum de diciembre de 2018. Sus resultados golpearon significativamente al Apra y el fujimorismo, fuerzas políticas que han cobijado el discurso ultraconservador. Un suceso trágico e inesperado alimentó esa crisis: el suicidio de Alan García. La desaparición del político más importante del Perú de las últimas cuatro décadas sorprendió a propios y extraños. Junto a la prisión preventiva que afrontaba Keiko Fujimori, todo hacía parecer que la crisis de estos partidos, que hasta hace poco tuvieron el control de los poderes del Estado, devenía en decadencia.

Pero aún sin sus dos cabezas, el monstruo se fue reconstituyendo. Dentro del Congreso, donde aún poseía mayoría, fue negociando y captando nuevos aliados. El objetivo era vacar al presidente Martín Vizcarra. Este se jugó una carta arriesgada: “nos vamos todos” con nuevas elecciones en 2020. El Congreso de mayoría apro-fujimorista se zurró en la propuesta. El mandatario apostó por una última jugada: cuestión de confianza por la elección de los miembros del Tribunal Constitucional. Otra vez el Congreso se paseó en la medida. A Vizcarra no le quedó otra que la disolución constitucional del Legislativo, un hecho igual de impactante que la desaparición de García.

Estos acontecimientos han marcado la agenda política del Perú en 2019. Un fujimorismo herido, aunque no derrotado: podría lograr hasta 30 curules en el nuevo Congreso. Un aprismo convertido en un partido conservador y macartista, con claro riesgo de no lograr representantes. Y un centrismo que va desde el liberalismo hasta el progresismo, expresado en Acción Popular y el Partido Morado, que va in crescendo. Mientras que en la izquierda del espectro político, el Frente Amplio podría repetir sus diez curules del anterior Parlamento.

 

DOS

El 2019 no estuvo marcado solo por la política. El cine nacional fue un punto positivo en este año. La exhibición de la película Retablo, una historia que retrata cómo es vista la homosexualidad en los Andes, fue muy vista y aplaudida. Aunque los cines peruanos, capturados por multinacionales, son mezquinos para programar películas como Retablo, la producción dirigida por Álvaro Delgado Aparicio ya cuenta con premios y reconocimientos en el extranjero.

En la segunda parte del año, tres producciones rescataron a dos personajes de nuestra historia reciente: el poeta Javier Heraud y el expresidente Juan Velasco Alvarado. En El viaje de Javier Heraud, documental de Javier Corcuera, se rescata no solo el lado humano, sino su compromiso con el arte y la revolución, que lo llevará a las armas y la propia muerte. La revolución y la tierra de Gonzalo Benavente,  no solo acabó con el tabú del gobierno de Velasco, sino que hizo un recorrido por la historia del cine peruano. La pasión de Javier, de Eduardo Guillot, fue una película sobre la vida del poeta que no desentonó como el trabajo de Corcuera. Quedó demostrado que el cine peruano tiene acogida, pese a las limitaciones que les imponen las multinacionales. Que se puede apostar por géneros como los documentales, que son un instrumento válido para contar (otra vez) la historia.

 

TRES

Un texto atribuido a Antonio Gramsci revelaba que este “odiaba” el año nuevo. Para el filósofo marxista italiano, esta fecha era “un parapeto que impide ver que la historia sigue desarrollándose siguiendo una misma línea fundamental, sin bruscas paradas, como cuando en el cinematógrafo se rompe la película y se da un intervalo de luz cegadora”.

El comienzo cronológico de un nuevo año no borra lo que pasó en el anterior, y sus consecuencias. Buena parte de lo que viviremos en 2020 será la continuidad de lo vivido en 2019, y así. La vida continúa. Y la historia, que la hacen los pueblos como decía Salvador Allende, también.