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Una publicación de la asociación SER

A 350 años de la fundación de la Villa de Puno.

Hace exactamente un siglo, para las Fiestas Patrias del año 1918, la Municipalidad de Puno organizó un concurso histórico sobre la fundación de la ciudad.  Entonces se cumplían los 250 años de esa fundación, ocurrida en algún momento impreciso del año 1668.  El ganador del concurso, utilizando el seudónimo de “Wiracocha”, fue el educador e intelectual indigenista puneño José Antonio Encinas [n.1886-m.1958].  Con 32 años en ese momento, Encinas estaba por graduarse de Doctor en Leyes en la Universidad de San Marcos.  Su estudio fue publicado como un folleto de una treintena de páginas seis años después: ‘Historia de la fundación de Puno’ (Puno: Tip. Fournier, 1924).

En su introducción, “A manera de prólogo”, Encinas explicaba: “Ha sido necesario narrar la situación política del asiento de minas de Laiccaccota, porque era la única forma de dar unidad al hecho histórico de la fundación.  Referirse simplemente a la presencia del Virrey Conde de Lemos en Puno, no habría tenido ningún valor” (p. iii).  Y, en este punto, adelantaba su opinión sobre el espinoso tema que hasta hoy genera debate entre los puneños: “toda vez que no hubo verdadera fundación sino traslación política de la capital de la provincia” (p. iii).  Y concluía: “Es posible que haya habido acta de fundación de la ciudad, aunque según lo expresado en este trabajo, no se trata de una fundación sino de una traslación, en este caso no es presumible la existencia del acta” (p. iv).

La propuesta de Encinas --basada en deducciones aproximadas y no en documentación histórica explícita--, fue fijar la fecha de la fundación de la “Villa de San Carlos de Puno” el día 4 de noviembre de 1668, por ser el día de la fiesta de San Carlos Borromeo, en la época del rey Carlos II de España (al final de esta nota se reproduce el texto de Encinas).  Su idea fue adoptada por el municipio puneño, más de dos décadas después, en 1945.  Desde entonces, hace ya 73 años, es que se celebra el “Día Cívico de Puno” cada 4 de noviembre, con la contagiosa algarabía que caracteriza a las fiestas del Altiplano peruano-boliviano.

Sin embargo, el propio Encinas comenzaba su estudio advirtiendo: “Es tan difícil acopiar datos e hilvanarlos en un medio como el nuestro, donde se carece de fuentes históricas cuya consulta sea fácil, y aun descartando la dificultad, hay, como en el presente caso, una ausencia casi absoluta de esas fuentes.  Por eso nadie puede pretender escribir una historia verdadera mientras nuestros archivos no se encuentren científicamente catalogados y mientras no nos sea posible conocer gran parte del archivo de las Indias, que se encuentra en España” (p. iii).

El trabajo de Encinas se basaba en materiales disponibles entonces en la Biblioteca Nacional de Lima.  Según la bibliografía que cita al final del folleto (p. 29), utilizó tres legajos de “Papeles varios del Coloniaje”, un informe de 1667 de la Audiencia al Virrey Lemos, dos impresos del siglo XVII (de P. García Ovalle y D. Baeza), un libro del siglo XVIII (de A. de Ulloa), dos libros de viajeros del siglo XIX (Squier y Castelnau), tres obras peruanas de historia también del siglo XIX (Lorente, Odriozola y Mendiburu), y dos publicaciones periódicas de inicios del siglo XX (el ‘Boletín de la Academia de la Historia’ de Madrid y el ‘Boletín de la Sociedad Geográfica’ de Lima).  Catorce fuentes de distinta calidad y confiabilidad.

El pedido de Encinas, de investigar en España y producir “una historia erudita sobre la materia” (p. iii), lo cumplieron en las décadas de 1930 y 1940 tres de los más importantes historiadores peruanos del siglo XX, que publicaron sendas biografías del Virrey Lemos: Jorge Basadre en 1945 (y 1948), Guillermo Lohmann en 1946, y el padre Rubén Vargas Ugarte, S.J., en 1965.  Con una base documental más amplia, estas investigaciones permitieron refinar el conocimiento histórico sobre la llamada “Rebelión de los hermanos Salcedo” en la mina de Laicacota, aunque no produjeron información directa sobre la fundación de la ciudad.

Los cálculos de fechas hechos por Encinas en 1918, en base a la limitada información documental de que dispuso, resultaron equivocados.  Según los datos de Basadre y Lohmann, el Virrey Lemos no estuvo en Puno el 4 de noviembre de 1668.  Así lo hizo notar otro destacado intelectual puneño, Vladimiro Bermejo [n.1908-m.1987], en su ‘Breve historia de la fundación de Puno’ (Puno: Los Andes, 1971).  El tema, aunque pueda parecer de menor cuantía, sigue inquietando a los puneños en pleno siglo XXI.

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“Temeroso el Virrey de que la subsistencia del pueblo de Laiccaccota fuera siempre un aliciente para la gente aventurera y aún para los amigos de Salcedo, que en su mayor parte se habían refugiado en las poblaciones vecinas, mandó destruír el pueblo de Laiccaccota.  Al día siguiente de haberse cumplido la sentencia, centenares de españoles é indios se dirigieron á Laiccaccota, que estaba desierto; sus habitantes habían fugado ó estaban en las cárceles de Puno; el trabajo de las minas [se] había paralizado durante el proceso; los moradores de los ingenios estaban ahuyentados por temor de encontrarse complicados; un profundo silencio reinaba en el antiguo asiento, donde días antes había ostentado el brillo de sus riquezas.  Llegaron allí los soldados y secuaces del Virrey y comenzaron á derribar las casas, prévio un espantoso saqueo.  La operación duró cinco días; solo quedaron en pié dos templos y algunas chozas cercanas á las minas”. [pp. 22-23]

“El regreso de estos demoledores de Laiccaccota era fantástico: el que mas y el que menos traía diversos objetos de plata, metales aun no pulidos, herramientas de trabajo, muebles, semovientes, animales; era algo así como el éxodo de un pueblo maldito.

“Las imágenes que se encontraron en Laiccaccota fueron traídas en procesión con acompañamiento del Virrey y de su séquito; dichas imágenes quedaron depositadas en una pequeña capilla, que se encontraba en la plazoleta del pueblo de Puno, donde se había radicado el Virrey.

“Era necesario reemplazar aquel pueblo destruido: señalar otro que fuese el asiento de las autoridades, que lejos del oro debían conservar la paz en estas regiones.  Fijose para ello, el Virrey, en el pueblo de Puno, y así lo anunció en un bando que hizo pregonar en 3 de Noviembre de 1668.

“El 4 del mismo mes, día de San Carlos Borromeo, después de una solemne misa en la Iglesia del pueblo, declaró el Virrey, que el pueblo de Puno sería en lo sucesivo la capital de la provincia de Paucarcolla, y que en homenaje de Carlos II, el Hechizado, Rey de España, llevaría el nombre de San Carlos de Puno, poniendo la Iglesia bajo la advocación de San Carlos Borromeo, confirmándole luego el título de Villa.

“En esta forma, bajo los auspicios de un proceso sangriento é injusto, se transformó la pequeña aldea de Puno en la capital de una región del Virreinato de la Nueva Castilla.

“Verdadera fundación no hubo en el sentido extricto [sic] de la palabra: fué simplemente una traslación de sede por motivos políticos”. [p. 23]

“La ruidosa sublevación de los mineros de Laiccaccota y su sangrienta pacificación, dieron nombradía al Conde de Lemos, y le atribuyeron la fundación de la Villa, que mas tarde había de ostentar el título de la muy noble y heróica ciudad de Puno”. [pp. 23-24]

“El verdadero origen de Puno, está en las disposiciones que el Virrey Toledo dió [en 1570] para las reducciones de indios que tenía el propósito de traerlos á centros mas ó menos poblados.  Uno de estos centros ocupa la región en que hoy se encuentra situado Puno”. [p. 24]

 

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¡Feliz Día de Puno!

 

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