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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

Alan García y la historia

Alan García ha muerto. El hecho más impactante de la política peruana en este siglo parece inverosímil. No solo se trata de las teorías de conspiración que ponen en duda el suicidio del dos veces expresidente, acaecido semanas atrás. La presencia del líder aprista permanece, pues se sigue hablando de él aún después de su fallecimiento.

Luego de este trágico episodio, varios relatos comenzaron a correr en paralelo. El primero tiene que ver con la simbolización que pretendieron dar sus seguidores a esa decisión. Jorge del Castillo, Mauricio Mulder y Javier Velásquez, sus defensores acérrimos (el primero desde los años noventa y los otros dos en este siglo), intentaron comparar este hecho con el martirologio que sufrieron los apristas entre las décadas de 1930 y 1950. Manifestaron que el suicidio del exmandatario era "un acto de honor" ante una supuesta persecución encabezada por el presidente Martín Vizcarra, los fiscales del caso Lava Jato y hasta del periodista Gustavo Gorriti, como si estos hubieran jalado el gatillo que acabó con su vida.

Pese a ese discurso, ya había evidencias de que pocos le daban crédito. Una prueba es que el entierro del expresidente no fue en olor a multitud, como lo fueron los de Victor Raúl Haya de la Torre y Juan Velasco Alvarado. A esto se agrega que entre los presentes estaban unos cuantos curiosos. Otro detalle es que, salvo sus hijos, la mayoría de los militantes que participaban del cortejo fúnebre pasan de los 45 o 50 años. No existe futuro en el aprismo sin juventud. Y sin jóvenes que lo reivindiquen, la continuación de su legado es complicada.

Una segunda idea que surgió luego de la trágica muerte de García es que esta fue su último acto de escapismo. La última encuesta del Instituto de Estudios Peruanos lo confirma: el 83% considera que el expresidente se suicidó ante el avance de las investigaciones del caso Lava Jato. La mayoría cree que con su suicidio, García evitó que lo vean enmarrocado y conducido hacia una prisión, al sentirse acorralado ante las evidencias de haber recibido coimas de Odebrecht a cambio de obras, utilizando testaferros e intermediarios. Y especialmente, impedir que haya un proceso que demuestre su culpabilidad como ocurrió con Alberto Fujimori.

Pero la tercera idea, que ha calado más en los sectores populares, es que García habría fingido su muerte para escaparse a otro lugar, como se ha dicho durante años de Elvis Presley y recientemente de Michael Jackson. Han circulado en la Internet supuestas fotografías que demostrarían que el cuerpo conducido al Hospital Casimiro Ulloa no era el del líder aprista. En YouTube se han difundido vídeos de hasta media hora de duración explicando el tema. Muchos usuarios de las redes sociales creen en esas teorías. No toman en cuenta que más de un centenar de personas, entre los fiscales y policías que fueron a detenerlo preventivamente, los efectivos de Criminalística que verificaron las huellas del suicidio, los médicos que lo operaron y los funcionarios del Ministerio de Salud que acudieron a recoger información del suceso, además de periodistas, políticos y curiosos que tuvieron información de primera mano, se tendría que haber prestado para esa supuesta farsa.

Nada de esto los convence. Porque en el imaginario popular, García era el todopoderoso que hacía y deshacía. Se asiló en Colombia en los años noventa ante la persecución fujimorista. Volvió a ser elegido presidente pese al caos generado en su primer gobierno. Siempre quedaba limpio de las investigaciones luego de su segundo mandato, gracias a fiscales y jueces sospechosos de ser sus alfiles. Algo tendría que hacer luego de su frustrado intento de asilo en la embajada uruguaya. Abona a todo este recuerdo y al descreimiento de su muerte que alguno de sus colaboradores publique desde su cuenta de Twitter cuando Jorge Barata declaraba. García está vivo. Nunca le pasa nada. Solo se esconde.

Y he aquí el problema para el fallecido expresidente, quien estaba obsesionado con pasar a la historia. El recuerdo que tiene para la mayoría de la población es el de un personaje que inauguró un estilo maquiavélico de hacer política, que continuaron Fujimori y Vladimiro Montesinos. Políticos como Haya, Bedoya, Belaunde o Barrantes, con sus diferencias, mantuvieron ciertos códigos. Su imagen no es positiva, a pesar de que algunos opinantes y periodistas han querido pintarlo como un político de la altura de los anteriormente citados. Fue el presidente que pudo cambiar la historia enfrentándose a la derecha, pero acabó abrazado a ésta. Esa imagen final, sumada a la ineficiencia y corrupción de sus gobiernos, es la que queda. La historia no solo la escriben los historiadores en los libros: la memoria popular también suma. En ella García no quedó instalado de buena forma. Y más con las últimas revelaciones desde Brasil.