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Una publicación de la asociación SER
Psicólogo con maestría en Sociología.

Algunas mujeres se abrazan

Foto: Perú21

La polémica desatada en el ambiente político, a raíz del abrazo que se dieron las congresistas Marisa Glave de la izquierda, y Luz Salgado de la mayoría fujimorista, es otra manifestación del choque de trenes al que estamos asistiendo y que se ha agudizado con la  propuesta de reforma constitucional para recortar el mandato presidencial y congresal.

A tirios y troyanos, que están en el ajo de la política, así como a no pocas feministas, les disgustó el gesto de celebración de dos adversarias por la aprobación de la reforma legal que ordena que las listas de candidatos a cargos públicos irán con no menos del 40 % de mujeres en su composición[1]. Y si agregamos a la que se sumó al abrazo, la vicepresidenta Mercedes Araoz, y luego su falta de entusiasmo para aplaudir la propuesta presidencial en el insólito final de su discurso ante el Congreso, tendremos el cuadro completo del drama político que nos aqueja.

Los observadores extranjeros no entienden los enredos y peleas de los peruanos. Todos –incluyendo a las izquierdas- esperaban que el gobierno de PPK fuera una corporación bien avenida con el fujimorismo, que hiciera rendir más ganancias al “modelo” junto al “chorreo” en planes de electrificación rural y agua y desagüe para todos los barrios marginales. Pero la inexplicable guerra política desatada por la perdedora nos ha llevado por la montaña rusa de la pelea con su hermano, el indulto, la vacancia de PPK, el referéndum, hasta la propuesta de Vizcarra, que puede no funcionar, lo que traería más crisis. Polarización potenciada por las revelaciones de las coimas y “aportes” de Odebrecht, y las de la banda de los Cuellos Blancos, que llevó al apresamiento de varios expresidentes y al suicidio de otro.

Un extranjero no se explica cómo el Estado y las instituciones funcionan en el Perú con esa guerra intestina entre políticos, que llevan a decisiones erróneas[2] sin que se vislumbre la forja de una nueva alternativa, que no sea la ilusión pasajera de un nuevo caudillito.

Si el error inicial de los fujimoristas fue querer gobernar paralelamente desde el parlamento y no pactar, el más grave ha sido no saber diferenciarse de los corruptos de sus filas. En cambio, el error de las izquierdas en el Congreso y fuera de él, es no haber comprendido que la contradicción principal se da entre corruptos y decentes en la política, como lo había señalado en el 2010 Lourdes Flores cuando zanjó con Kouri, hoy preso. Ese error les impide hacer aliados y acumular fuerzas en un gran frente que sea alternativa real en la crisis.

Mientras las tribunas quieren ver sangre en la arena, cansadas del desgastante empate político que viene desde hace tres años, a las señoras de los abrazos les parece que hay que poner paños fríos y tomar las cosas con más calma para mirar las consecuencias de las decisiones que se hagan en las próximas semanas. Este desencuentro entre las tribunas y los actores resulta más inverosímil porque se da en medio de sinceros llamados a la concordia nacional, que para algunos han resultado más falsos que botiquín de combi.

¿Quién le pone el cascabel al gato y le hace entender a la mayoría fujimorista –ahora reunificada y todopoderosa- que debe “dar un paso al costado”, (con perdón del cliché), para probar que sus intenciones democráticas son verdaderas y no quiere aferrarse al cargo para blindarse de acusaciones fiscales?

Tal es el grado de crispación en uno y otro lado que, al que muestra algún grado de sensatez dialogante, es inmediatamente tildado de tibio, cuando no desertor y hasta de traidor. Los recalcitrantes han lanzado una cruzada contra Vizcarra y están tratando de convencer a la mayoría para declarar la vacancia presidencial [3], con lo cual, de formalizarse, pasaríamos a una fase en la que los negocios en curso (incluidos los políticos) tendrían un pronóstico reservado.

Si bien la propuesta presidencial muestra la voluntad política de responder al clamor ciudadano que exige renovación y que se manifestará en la calle, es voluntarismo bienintencionado porque supone una mayoría que no existe y no deja de mostrar varios problemas: En primer lugar, hasta el 31 de julio, el Congreso no ha emitido las autógrafas de las reformas aprobadas y no se sabe si serán observadas por el Ejecutivo y cuándo serán promulgadas como leyes.

Segundo: No sabemos cuál será la actitud de la mayoría fujimorista reconstituida ni cuál fue la negociación entre sus facciones que llevó a la reunificación mostrada en la elección de Pedro Olaechea.[4] Tampoco sabemos cuál será la actitud de éste, que no pertenece al núcleo del fujimorismo. Ya vimos que el viraje de Salaverry el año pasado sorprendió a todos. En cualquier caso, no se tendrá resultados para fines de agosto, con lo cual los plazos electorales sufrirán mella. Técnicamente, desde su convocatoria, se necesitan, al menos 90 días, para organizar el referéndum y 120 días las elecciones generales, desde que se tengan los resultados oficiales del primero. Además, habría una previsible segunda vuelta.

Tercero: las tres consultas electorales hechas en nueve meses tendrían que hacerse con las reglas de juego anteriores a las reformas aprobadas, salvo la de la paridad y alternancia. Por ejemplo, no podrían realizarse las Primarias de los partidos organizadas por el Estado. Y en las anteriores, como en las nuevas reglas de juego, se permite que el dinero sucio y anónimo financie campañas electorales.

Pese a todo, hay que apostar por una salida que beneficie a la nación. Ya lo dijo Monseñor Carlos Castillo en su homilía del 28 de julio: “Resulta indispensable que todos nuestros actuales líderes tengan y tengamos la capacidad de poner al Perú por encima de los propios intereses, incluso los legítimos. Y nuestra sociedad civil, y sin duda la Iglesia, está llamada a mantenerse firme frente a quienes se resistan ante lo que es una demanda abrumadora de la patria.” [5]

Uno no puede dejar de aprobar el talante de las señoras del abrazo y su consejo de sosegarnos y llegar a acuerdos, antes de que nos arrepintamos -dirigentes y ciudadanos- de nuestros actos.

 

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[1] Glave ha explicado que Rosa Bartra, atendiendo los reclamos de Arimborgo, Beteta y las del grupo CMHNTM, propuso que la cuota del 40% sólo se exigiera en las elecciones internas de los partidos, lo cual era un retroceso respecto de la ley actual, propuesta por Salgado y aprobada en 1997. Ha explicado  que convenció a Salgado, Aramayo, Torres y Letona, como a varios de la izquierda, de transar en la propuesta gradualista y ganaron la votación cuando la creía perdida. De ahí su júbilo y el abrazo. Pero no es un entusiasmo ingenuo. En efecto, en los 15 distritos electorales que eligen entre 2 y 6 congresistas, la mitad de los candidatos serán mujeres, por la sencilla razón de que si un partido quiere poner dos en una lista de seis, ellas sólo serían el 33% y no el 40% como mínimo que exige la ley. Y aunque matemáticamente el 40% de 130 candidatos de una lista sean 52, en la práctica serán 56, en el peor de los partidos machistas.

[2] Steven Levitsky, profesor de la Universidad de Harvard, se jala los pelos con la norma que prohíbe la reelección de alcaldes y congresistas. En ninguna parte del mundo sucede eso.

[3] Muy interesantes al respecto las respuestas que da la vicepresidenta en una entrevista reciente. Verlas en https://elcomercio.pe/politica/mercedes-araoz-pueblo-eligio-llegar-2021-ejecutivo-legislativo-noticia-ecpm-660533

[4] Aunque con el método autoritario de obligarlos a hacer público su voto

[5] https://www.arzobispadodelima.org/2019/07/28/misa-y-te-deum-por-el-198o-aniversario-patrio-homilia/