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Una publicación de la asociación SER
Educadora, Ex Directora de la Dirección General de Educación Intercutural Bilingüe y Rural (MINEDU) y Exviceministra de Interculturalidad.

Alternativas para el “buen vivir” en la Amazonía

Foto:  © Luisenrrique Becerra / Noticias SER

 

Artículo coescrito con José Álvarez Alonso[1]

Hace unos 30 años las comunidades del río Tahuayo, en Loreto, tomaron la decisión histórica de proteger sus cochas y sus bosques del saqueo de los pescadores y cazadores ilegales. “Antes la gente decía que no hay que mezquinar, que hay para todos; pero ya no es así, ahora ya no tenemos ni para nuestros hijos”, nos comentó una vez un dirigente de esas comunidades. Después de muchas gestiones y confrontaciones con extractores ilegales y con la burocracia estatal, lograron crear una Reserva Comunal Regional, que luego sería reconocida como el Área de Conservación Regional Tamshiyacu -Tahuayo. Una figura legal que permitió controlar y manejar sus recursos. Hoy estas comunidades disfrutan de gran abundancia de recursos de flora y fauna, han mejorado su seguridad alimentaria y pueden comercializar algunos productos. El área también es un destino turístico reconocido y genera importantes ingresos para las comunidades.

Este, lamentablemente, no es un caso común en la Amazonía peruana. Los pobladores dispusieron por miles de años de alimentos que les daba la naturaleza, especialmente carnes de animales, peces y diversos frutos del bosque. En la actualidad, luego de siglo y medio de explotación poco sostenible de los recursos, para abastecer la demanda de los mercados, muchos de estos casi han desaparecido, o son tan escasos que ya no representan una fuente relevante de alimentación para las comunidades.

Hoy la población indígena de la Amazonía presenta las más altas tasas de desnutrición crónica infantil y anemia.  La desnutrición afecta al 55.3% de los niños indígenas, en comparación con el 15.8% de la población no indígena, y los índices de anemia infantil son también similares (MIDIS 2018).

En las últimas cuatro décadas han sido múltiples los proyectos de desarrollo impulsados en la Amazonía, en su mayoría ajenos a la cultura de los pobladores, los mismos que han fracasado debido a su escasa pertinencia cultual y otros factores limitantes como el tipo de suelos, las altas temperaturas y humedad, lluvias frecuentes, entre otros. El escenario socioambiental de la Amazonía actualmente difiere mucho del modelo de vida basado en la cosmovisión indígena del “buen vivir” o “vida plena”, que implica vivir en armonía con las personas de la comunidad y con la naturaleza.

Sin embargo, hay comunidades, como las del río Tahuayo, que de manera organizada han podido revertir los efectos de la degradación de su medio y han recuperado recursos silvestres vitales para su subsistencia.

Los bionegocios, con base en insumos del bosque en pie, son una excelente oportunidad para un desarrollo sostenible, inclusivo y pertinente culturalmente para las comunidades amazónicas. Estos incluyen actividades de recolección, producción, procesamiento y comercialización de los diversos productos derivados del bosque, cuidando que sean sostenibles; y representan una alternativa para que jóvenes emprendedores encuentren en sus comunidades un futuro más acorde con la visión de “vida plena” que propugna el movimiento indígena.

En los últimos años algunos líderes y lideresas indígenas han empezado a proponer alternativas a partir de los productos de la naturaleza, afirmando que “sin economía indígena no hay autonomía indígena”. Cabe destacar que la economía indígena no sólo significa la generación de ingresos para las familias, sino la seguridad y soberanía alimentarias, un tema de máxima urgencia para las comunidades.

Recientemente, una gran empresa peruana ha colocado en el mercado, con mucho éxito, bebidas naturales de camu camu y de aguaje, dos de las frutas amazónicas más abundantes y apreciadas por su exquisito sabor y riqueza en vitaminas y otros micronutrientes. Los frutos son comprados a comunidades indígenas de Loreto y Ucayali que los cosechan sosteniblemente, en algunos casos dentro de áreas protegidas. Es un ejemplo de “bionegocio” o “negocio verde” que beneficia a las comunidades, a los consumidores, a las empresas y al planeta, porque ayuda a conservar los bosques amazónicos y a mitigar el cambio climático.

La articulación de las comunidades indígenas con el mercado es un tema polémico que  implica ciertos riesgos. Muchas comunidades están vinculadas con el  mercado desde hace muchos años, en condiciones desiguales y poco justas, y están sufriendo los impactos más negativos de la globalización. Es importante que ellas puedan disponer de las herramientas adecuadas para enfrentar esta relación en mejores condiciones, y se les brinde todo el apoyo para que esta articulación sea lo más provechosa posible, como ya lo es para algunas comunidades que han logrado organizarse.

Para que una estrategia de manejo de los recursos o un proyecto de desarrollo en la Amazonía tengan éxito, se debe combinar la experiencia y sabiduría ancestral de sus pobladores con las innovaciones del mundo moderno. Se requiere entonces un tratamiento intercultural, que permita un balance entre la valoración y uso de los conocimientos y prácticas de la cultura propia y el uso de nuevas tecnologías que respeten y se sustenten en dichas prácticas.

Nuestra Amazonia enfrenta graves consecuencias por la degradación ambiental y el cambio climático, por lo que hoy más que nunca se requieren políticas y compromisos de diversos organismos de cooperación y la empresa privada para promover una nueva cultura entre los consumidores, orientada hacia el consumo de productos orgánicos y que provienen de bosques manejados por las comunidades de manera sostenible y conservando su cultura. Esa es la nueva tendencia en el consumo y lo que se anuncia como la “tercera revolución industrial”, en la que la biotecnología y la bioeconomía serán las privilegiadas.

Las comunidades amazónicas tienen hoy una oportunidad histórica que no tuvieron en el pasado: hoy pueden impulsar un desarrollo más acorde con su visión del  “buen vivir”, conservando sus bosques y cochas sanos y productivos, y fortaleciendo sus vínculos comunitarios y valores culturales.  

 

[1] Biólogo experto en temas de biodiversidad y desarrollo sostenible.