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Una publicación de la asociación SER

Banalidad del perdón

«No debemos quedarnos en el pasado», «hay que reconciliarnos y mirar hacia adelante», «la reconciliación es necesaria para avanzar», «ya basta de odiar», «tenemos que perdonar y ya es momento de pasar la página» son frases que ha dirigido un sector de simpatizantes del indultado ex presidente Alberto Fujimori hacia los familiares de sus víctimas, y a quienes han expresado su desacuerdo con esa gracia presidencial.

Aquellas frases nos dan una idea para acercarnos a entender el concepto de perdón que maneja un sector importante de nuestro país, gobernantes incluidos: que perdonar es una cuestión que puede ser exigible y debe manifestarse casi inmediatamente. De lo contrario, si no se otorga cuando ha sido demandado lleva a la descalificación de quien no lo da, convirtiéndolo en un permanente rencoroso o víctima del odio.

Hannah Arendt en La condición humana afirma que el perdón «actúa de nuevo y de forma inesperada, no condicionada por el acto que la provocó y por lo tanto libre de sus consecuencias». Así, no podemos demandar un gesto de perdón como si fuese un proceso mecánico o automático, predecible o reactivo, que sucederá porque “garantiza la gobernabilidad” o “porque ya es momento de pasar la página”. Nada más errado.

Las violaciones de los derechos humanos, el asesinato de un familiar, la estafa como política de Estado o el simple cinismo del gobernante de turno son hechos que requieren ser examinados a partir de un proceso complejo de comprensión de aquellos que lo perpetraron. Y para esto es necesario un proceso de rememoración y  recuerdo constante.

Y para esto es necesario un constante ejercicio de memoria colectiva. Porque, como también diría Arendt «no podemos dominar el pasado en la medida en que no podemos hacer como si no hubiera acontecido». Por lo tanto, perdonar no debe significar olvidar. 

Sabemos que recordar el mal que se ha hecho es un proceso doloroso, vergonzante y bastante incómodo. No solo para quienes lo cometieron, sino también para las propias víctimas de una injusticia o arbitrariedad. No obstante, no olvidar es una dinámica permanente que nos puede impedir cometer los mismos errores o que procuremos «corregir el mal hecho» que, como dice Arendt, «no es lo mismo que corregir el mal».

La extensa y difícil historia de nuestro país tiene como tarea pendiente corregir muchos males que generados por el Estado, así como entre los propios ciudadanos. El racismo, la marginación, la exclusión social son fenómenos que aún no han sido superados. Son parte de nuestro día a día y requieren recordarlos, no para lamernos las heridas o como si fuésemos unos “resentidos sociales”, sino para aceptar que no hemos sabido reconocer que hemos sido capaces de ofender o dañar la dignidad del otro, de aquel que llamamos conciudadano peruano.

Por eso, cuesta comprender y aceptar que existan discursos que procuran forzar el perdón y de ahí la reconciliación quedando así como un chantaje político o como moneda de cambio para lograr una pretendida estabilidad política sin tomar en cuenta que no hay nada más irritante que obligar a hacer cosas a quienes no han sido reparados por el mal ocasionado. Menos si el que exige el perdón no ha pedido esto con convicción, sino como una estrategia de impunidad revestida de cinismo. 

Y cuesta entender y aceptar que existan políticos que mediante decreto pretendan presionar a ciudadanos para que perdonen sin que el Estado haya pedido perdón y procurado reconciliar. De esta forma se banaliza el perdón por parte de quien debería tenerla como una oportunidad de superar situaciones dolorosas y así mejorar la convivencia social. Más bien la convierte en una tarea unilateral, responsabilizando así en gran medida a las víctimas. Y esto, para nuestra sociedad, debe ser inaceptable.