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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

Basta de héroes

América Latina no es Suiza ni Inglaterra. Ante la gran desigualdad que han vivido desde la independencia, los pueblos latinoamericanos han apostado por líderes que tracen caminos de justicia social en lugar de propuestas de republicanismo institucional. Getúlio Vargas, Juan Domingo Perón, Salvador Allende, José María Velasco Ibarra y Fidel Castro fueron los caudillos latinoamericanos más importantes del siglo XX. Y en lo que va del XXI, gobiernos progresistas o de izquierda, como los encabezados por Lula da Silva, Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Evo Morales y Rafael Correa; y luego Cristina Fernández, Dilma Rousseff y Michelle Bachelet, han continuado con esa tradición.

En el Perú del siglo XX, Victor Raúl Haya de la Torre, Fernando Belaunde y Alfonso Barrantes encabezaron proyectos políticos que a su vez dieron fuerza a sus liderazgos. Todos ellos tuvieron gran apoyo popular y buscaron solucionar los grandes problemas del país, como los líderes latinoamericanos de antaño y del presente.

Sin embargo, los peruanos del siglo XXI hemos apostado por ídolos antifujimoristas sin proyecto político de cambio. Si alguno de ellos lo tenía, lo abandonó apenas llegó al poder. Luego de ello, se buscó refugio en exfujimoristas, lo que evidencia un gran vacío político, pues solo se busca la desaparición del fujimorismo y no del modelo que encarnó. No conformes con la veneración de ídolos de barro, ahora se buscan héroes, al estilo de Avengers y Game of Thrones. Y todos levantados por los medios de comunicación.

Existen dos razones para este fenómeno. Una es política y la otra es cultural. La primera se basa en la prédica antipartidos de fines de los años ochenta, bandera recogida exitosamente por Alberto Fujimori y que ahora se refuerza con el vacío discurso de “todos son iguales”. La segunda tiene que ver con lo manifestado por Adolfo Pérez Esquivel, premio Nobel de la Paz en plena dictadura argentina, quien decía que cerca del 90% de las películas que vemos los latinoamericanos proceden de Hollywood, y que eso ha influido en nuestra idiosincrasia. En el caso de los peruanos, parece que padecemos de inmadurez para procesar ese tipo de ficción. Nos hemos acostumbrado a que un héroe que nos salve del mal. Ayer debían salvarnos del fujimorismo. Hoy deben acabar con la corrupción de Lava Jato.

Fujimori fue el primer héroe sin proyecto. La mayoría de los peruanos le dio su respaldo dos veces para que nos “salve” del caos económico y del terrorismo. En ese contexto, Benedicto Jiménez y Marco Miyashiro se convirtieron en lo mismo gracias a su papel en la captura de Abimael Guzmán. El primero estuvo un tiempo en prisión por su vinculación con Rodolfo Orellana y el otro acabó en los brazos del fujimorismo. Años después, José Ugaz fue el super procurador que contribuyó a la caída de la dictadura de los noventa. Ahora nos enteramos que al mismo tiempo era -sigue siendo- abogado de una conocida corporación telefónica que ocultó información a favor de Keiko Fujimori.

En tiempos de Lava Jato, de nuevo tenemos héroes en la fiscalía, en el Poder Judicial y hasta en la policía. José Domingo Pérez y Richard Concepción Carhuancho han visto sus rostros estampados en camisetas. El mayor Fredy Ordinola ha sido comparado con Superman, luego de abrirse la camisa para mostrar su chaleco antibalas al congresista Jorge del Castillo. En las redes sociales les han compuesto canciones de amor y hasta les han creado memes. George Forsyth, alcalde de La Victoria, es presentado por los medios de comunicación como el John Wayne peruano.

El problema es que, como ha advertido en Twitter el periodista César Romero, parece repetirse un círculo vicioso, en el que se levantan héroes sin proyecto político, con los que se experimenta luego el mismo drama. Ya lo vivimos luego de la caída de Fujimori y Montesinos: los héroes que los combatieron terminaron siendo iguales. Y los que llegaron desde el sistema judicial y la policía finalizaron casi al lado de los que persiguieron. Lo mismo podría pasar luego que la tormenta de Lava Jato se calme.

Es importante combatir la corrupción, no solo para que no haya impunidad, sino para demostrar el fracaso de la transición post dictadura: vivimos un fujimorismo sin Fujimori. Pero las alternativas a las que adhiere cierto sector de la ciudadanía pueden resultar remedios peores que la enfermedad. Con ese discurso, Jair Bolsonaro fue elegido presidente en Brasil. Así terminamos con Fujimori luego de la crisis de fines de los años ochenta. Si la idea es una salida progresista y con justicia social, los héroes sin proyecto no son la solución. Y menos si provienen de instituciones que por lo general son guardianas del orden establecido. Se necesita una ciudadanía organizada alrededor de proyectos políticos que den respuestas integrales a las necesidades de las mayorías. Y no solo con pastillas para aliviar una enfermedad que puede hacer metástasis.