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Una publicación de la asociación SER

Bicameralidad: puntos del debate

La idea de volver a la bicameralidad, como una manera de mejorar el (paupérrimo) nivel de nuestro Congreso es en principio muy buena. Para lograr ese objetivo y hacerlo adecuadamente, es importante abrir un debate al respecto. No son pocos los elementos que definen la calidad de una propuesta de reforma.

Comencemos por la propuesta de elección del Senado y la Cámara de Diputados, que merece un debate de fondo por las implicancias que conlleva el pasar a “micro distritos” que, en la práctica, sería adoptar el sistema binominal. Alejado de la tradición latinoamericana (y mayoritaria en Europa), el sistema binominal fue establecido en Chile al final del gobierno de Pinochet, siendo descartado en ese país el 2013, luego de un arduo debate. Es urgente abrir la discusión sobre los efectos que podría tener en el Perú (y que, en Chile, un país menos diverso que el nuestro, llevó abandonarlo). Adoptar el sistema binominal nos alejaría de la tradición de representación proporcional de la región. Hay toda una lógica detrás y ello merece un debate sustantivo.

Un segundo tema es la propuesta de la igualdad en las listas entre mujeres y hombres (50/50). Un asunto que viene siendo discutido por lo menos hace 15 años en el Congreso, y que el actual siendo mayoritariamente conservador, no parece dispuesto a darle curso. Para quienes se oponen con el argumento que “decide resultados”, habría que precisar que con un sistema de voto preferencial eso no ocurrirá. Es más, sin éste tampoco se garantiza una elección equitativa. Incluso, un caso radical como Costa Rica que tiene un sistema paritario, estableció el mandato de posición alternado, y la consecuencia fue que el porcentaje de mujeres se redujo significativamente. En suma, es un mecanismo afirmativo para las listas, que trata de brindar igualdad de oportunidades, dejando siempre la decisión final en manos de la ciudadanía (y dejando un margen de maniobra a los que definen las listas). Es bueno señalar que la propuesta presidencial es consecuente con el compromiso anunciado de avanzar en la igualdad entre mujeres y hombres, como base para encarar la violencia de género y diversas discriminaciones.

Un tercer tema es el tamaño del Congreso y el rechazo ciudadano a incrementar su gasto. Reclamo que resulta lógico, si tomamos en cuenta el pobre desempeño del Poder Legislativo, además de las sombras de tráfico de influencias y relación con casos de corrupción.

Sin embargo, esta resistencia a aumentar el tamaño y gasto del Congreso parece colisionar con la necesidad de mejorar la representación nacional. Como bien ha recordado Rafael Roncagliolo en La República, tenemos un número de representantes muy por debajo del tamaño de nuestra población (Roncagliolo calcula que el actual, de 130 congresistas, sería acorde con una población de 2 millones, cuando somos 15 veces más). Los más afectados son, los que “no alcanzan” a ser representados. Si a este número, tan bajo, le restamos aún más (30), para conformar un Senado, el efecto en la calidad de la representación no sería precisamente positiva.

Entonces, ¿qué hacer? En realidad, sí es posible reducir costos y aumentar el número de representantes. Este Congreso, inflado en gastos, sobre todo concentrados en personal innecesario y beneficios a favor de cada congresista –producto de una lógica no partidaria, sino individualista y clientelista-, es producto de cambios que vienen desde el gobierno de Fujimori y que continuaron en las siguientes gestiones del legislativo.

La Asociación Civil Transparencia ha actualizado los costos de un despacho congresal: aparte del sueldo del legislador, tiene rubros adicionales (pago por función congresal; gastos de semana de representación cuyas cuentas no rinde) y hasta 7 personas a su cargo: 2 asesores, 1 coordinador, 2 técnicos, 1 auxiliar y 1 asistente. En total, cada despacho cuesta más de 60,000 soles cada mes. Los congresistas que son parte de la mesa directiva tienen, además, otros beneficios: movilidad, chofer, gasolina y seguridad.

Esto ha hecho que, paradójicamente, este Congreso de 130 representantes sea mucho más costoso que cuando teníamos dos cámaras (1980-1992). Por ello si queremos pasar a la bicameralidad, sería importante realizar una reingeniería del Congreso. No sólo porque la mayoría de esos asesores suelen ser allegados del congresista o “aportantes” de campaña, generando una red de clientelismo, sino porque su bajo nivel no sólo no asegura un trabajo legislativo de calidad, sino que priva al Congreso de fondos para reforzar la labor de comisiones y bancadas.  Si se sigue esta misma estructura, el Senado probablemente caerá en las mismas deficiencias. Y, de paso, recibirá las mismas críticas ciudadanas. Entonces, sí es posible ampliar el número de congresistas, a fin de crear un Senado, gastando menos que el actual Congreso y, de paso, mejorando su desempeño.

En suma, hay temas de fondo para el debate. Esperemos que este se pueda dar, no sólo sobre los mecanismos, sino sus implicancias de fondo para la calidad de la representación.

 

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Alicia Del Águila: Socióloga, analista política y de género.