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Una publicación de la asociación SER
Periodista y escritor. Con interés en la política y la cultura

Bryce a los ochenta por la senda de Ribeyro

Hace un par de semanas, Alfredo Bryce Echenique cumplió ochenta años. Por esos días, ha anunciado que su próximo libro, Permiso para retirarme, será el último que escriba. “Siento que ya he escrito demasiado, que ya he cumplido con la sociedad”, manifestó en una entrevista en la víspera de su onomástico.

Para muchos de sus lectores, es una noticia triste. En la última Feria Ricardo Palma, el reconocido escritor peruano estuvo firmando libros a decenas de sus seguidores. Estos no solo esperaban la publicación ya anunciada para mayo próximo; sino que aguardaban ver a un Bryce vigente, acaso permanente, en el otoño de la vida.

Lo cierto es que, escriba o no escriba, Bryce siempre estará vigente. No solamente porque tiene un público fiel, sino porque el mensaje de su obra, mezcla de humor con crítica social, tiene actualidad. Un mundo para Julius, su primera y gran novela, ilustra la “burbuja” en que vivía y vive la alta sociedad peruana. A pesar de haber pasado casi cinco décadas, con cambios políticos y sociales de por medio, esta “burbuja” no solo se mantiene, sino que ahora asoma con más soberbia.

Bryce también es consciente de que su obra permanecerá incluso cuando él ya no esté. Novelas como Tantas veces Pedro o La vida exagerada de Martín Romaña ya son clásicos de la literatura peruana. Otras más recientes, como El huerto de mi amada, también asoman en la nómina. Al mismo tiempo, a Bryce no le ha preocupado mantenerse en la “órbita” literaria, ni ha buscado premios ni un círculo que le rinda pleitesía. En ese sentido, ha seguido fielmente el camino de su entrañable amigo Julio Ramón Ribeyro, con quien compartió acaso la senda del fracaso como virtud. Incluso recibió el Premio Juan Rulfo (hoy Premio FIL de Literatura en Lenguas Romances) en representación del autor de La palabra del mudo, cuando este último ya estaba gravemente enfermo a finales de 1994.

Por coincidencia, Bryce recibiría ese mismo premio dieciocho años después. “Yo hice de Julio Ramón Ribeyro (en esa ocasión), así que me entrené para ahora recibirlo”, mencionó el escritor cuando supo la noticia de su obtención, que también han gozado el chileno Nicanor Parra, el argentino Juan Gelman y el portugués António Lobo Antunes.

Sin necesidad de tantas luces y reflectores, Bryce ha sabido brillar con luz propia, desde que publicó en 1968 Huerto cerrado, libro de cuentos cuyo título fue sugerido por Ribeyro. Al respecto, Luis Alberto Sánchez, allá por 1980 con motivo de una reedición de Un mundo para Julius, decía que el escritor “es uno de los maestros indiscutibles de la nueva narrativa peruana apenas a los cuarenta años”. Destacaba que el estilo de Bryce oscilaba entre lo proustiano y lo freudiano “por las intercalaciones que hace sin perder el rumbo general, el predominio que tiene la subconsciencia y el mundo interior y por esa lucha entre la vigilia y el sueño”; y que “utiliza los temas peruanos sin ser un criollista, pero también mucho de lo europeo”.

Ese estilo es el que ha mantenido Bryce durante cincuenta años de carrera literaria, en el que revela su humor fino, el sarcasmo y la crítica a la propia clase social de la que provenía. Ese estilo fue el que, personalmente, conocí cuando tuve en mis manos a los doce años Dos señoras conversan, primer libro que leí en serio, que incluye relatos como Un sapo en el desierto y Los grandes hombres son así y también asá.

Bryce se ha mantenido en sus trece a lo largo de su vida. No ha buscado la fama ni los reconocimientos, que han llegado solos. Como su amigo (y acaso mentor) Ribeyro, diez años mayor que él, ha buscado retratar a los personajes que siempre quedan segundos, ya sea pese a que tenían todo para ganar o porque no tienen nada que perder. Alfredo Bryce Echenique ha seguido esa senda y se retira, porque sabe que no significa el final.