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Una publicación de la asociación SER

Buscando la historia

Al llegar solo recuerdo haber corrido por todos los rincones buscándola,
tenía que estar en alguna parte,
yo solo llegué y empecé a buscarla

 

Julio empezó embriagado de una Copa América que, más allá de sus pormenores o por mayores, nos dejó la imagen de un equipo nacional diverso, con bastantes afros, con una forma de juego que quizás mi generación no había visto, pero lxs mayores reconocieron como el juego de Perú, con la pelota al suelo, hábil, elegante, bonito y con gol. Entonces descubrimos, ahí, frente a las pantallas y siguiendo la pelotita, el reflejo de lo que nos pertenece y tantas veces ha sido narrado por retazos, desde lo que otros quieren.

El fútbol me gusta; siempre me ha gustado. Me gustan las lógicas irracionales que desborda entre sus amantes, pero me gusta más ese momento en que nos une desde la diferencia, reafirmándonos la entrega, la identificación y la colectividad de identidades que se entregan tras un gol, ese que acelera nuestros corazones y que, sonado el pitazo final, empezaremos a olvidar con el paso de los minutos. ¿Y con qué nos quedamos, acabados los 90 minutos de tensión? ¿Con qué nos quedamos, acabado el torneo? Los jugadores vuelven a sus casas. Un buen grupo de ellos vive fuera del país. Y nosotrxs, volvemos a las noticias de muertes y farándulas armadas para entretener la mirada. Entre estas noticias, estas imágenes del país, surge una duda: ¿Dónde están los y las afroperuanas?

Así como hemos crecido con una imagen de un Perú derrotado y derrotable, en el fútbol y con menor o incluso nula atención en otros deportes y deportistas, mantenemos la atención en las imágenes y reflejos de lo que otrxs quieren que seamos, que sintamos como identidad colectiva y homogenizada. Desde estas imágenes se empiezan a desvanecer las voces y los cuerpos de mujeres y las diversidades étnicas culturales que entretejen la historia nacional.

 

Y debo confesar que no era ni por mí,
era más bien por los niños, se lo había prometido,
les había dicho que al llegar se las entregaría
y solo entonces se enterarían de colores, de sueños, de muertes,
si no era ni siquiera por mí,
después de todo les pertenecía desde siempre,
desde el principio
y solo habían ido conociéndola en porciones,
en retazos, en breves bocados de angustia.

 

Estamos en julio y las calles se empiezan a exaltar de una peruanidad de banderas y escarapelas, de comida y música que muchas veces celebraremos y de la que nos apropiamos sin siquiera detenernos a pensar en todas las manos, en todo el conocimiento que existe, se acumula y transmite en cada uno de esos bocados. Las historias vuelven a ocultarse, ya no sólo en lo que vemos, sino también en lo que olemos, saboreamos, escuchamos o bailamos.

Llega julio y pienso en esa peruanidad única y que sólo admite fragmentos subalternos de sí.  Inmediatamente pienso en las peruanidades que vamos resignificando desde nuestros idiomas, nuestros cuerpos y territorios, desde nuestras resistencias, diversas, aparentemente silenciosas, esas que nos enfrentan poco a poco a las formas en que aprendimos; las resistencias que nos incitan a desaprender la igualdad que suprime; la peruanidad que reprime y violenta a la diversidad individual y colectiva, la que inciviliza. Se mantiene la duda: ¿dónde están los y las afroperuanas?

solo recuerdo haber corrido por todos los rincones, buscándola,
como quien desesperadamente busca reafirmar su existencia,
como quién lleva un dolor en el pasado y se resiste a transmitirlo.

 

Pero es julio y aquí estamos las afronegras, para desafiar ese nombre europeo y masculino, con un día que revitaliza la lucha de cada uno de nuestros días, la identidad, y las impuestas otredades, mujer y afronegra, afronegra y mujer, dos subalternidades de la historia, que quienes la han escrito han legitimado para dominar. Dos identidades y muchas más, en una sola corporalidad; más de dos identidades desde las cuales discursar, actuar, resistir y transmitir dignidad, nacida de la indignación que se genera y transmite generación tras generación, amamantando o trabajando, luchando y narrando.

Es difícil encontrar las diferencias sin los reflejos, sin las diversidades de tonos, de voces, ojos, cabellos, pero se hace más difícil querer lo que no se quiere en público, y son las mujeres, madres, tías, primas, hermanas o abuelas, afronegras, esas que desde los espacios tantas veces señalados como opresores, el hogar y la familia, han resistido y transmitido memorias y conocimientos; señaladas, tantas veces, como menos mujeres. Entre sus generaciones se han ido desafiando, en un largo proceso, nuevas feminidades trabajadoras y afectuosas, andariegas y de sus casas; trabajadoras para otras casas, docentes o doctoras, sabias y curanderas, transmisoras y narradoras de memorias e historias familiares, locales, nacionales y diaspóricas, para dialogar, cuestiona, resistir y aportar a nuevas historias. Para acompañar los pasos y sueños, niños y niñas nuevas, de afrodescendientes renovadas y nuevas peruanidades, de nueva voz.

Pero finalmente habló
y la historia,
esa maldita que se nos ocultó por tanto tiempo, habló,
a partir de entonces,
ya no somos los mismos,
ya podemos amarnos y sonreír, y vivir,
con voces mucho más ciertas,
con mucha más certeza[1]

 


[1]Shirley Campbell. “Buscando la historia”

Imagen: La Prensa